En el estudio del maestro

Salvador Torres y Ramón Espinosa, en 'El champanico cartagenero'./J. M. Rodríguez / AGM
Salvador Torres y Ramón Espinosa, en 'El champanico cartagenero'. / J. M. Rodríguez / AGM

TOMÁS MARTÍNEZ PAGÁN

¡Hay que ver, las vueltas que da la vida!... La semana pasada me di una vuelta por el barrio donde había transcurrido mi infancia, La Media Legua, cuyo nombre se debe a que es esta justo la distancia que lo separa de la Trimilenaria. En cuanto llegué, fui a saludar a un buen amigo de la infancia y, estando aparcando el vehículo, me encontré con un artista cartagenero que había aparcado justo al lado de la vivienda que fue mi casa durante bastantes años. Nos saludamos y, lo típico que se suele decir: «¿Qué haces tú por aquí?»... y es entonces cuando me entero de que mi buen amigo, Salvador Torres, tiene allí su estudio desde hace varios años. Aprovechando la coyuntura, me invita a conocerlo.

Y como la perspectiva de poder escudriñar sus entresijos me pareció de lo más apetecible, acepté inmediatamente, y ahora les contaré la grata mañana que pasé en los aposentos del maestro. El estudio lo tiene en una casa de pueblo, en plan rústico, y muy bien ambientada. Hay un bonito patio, con un cuidado jardín y su barbacoa, lo que nos permitió, en una mañana radiante de sol, tomar en el exterior dos quintos «a morro», con una lata de berberechos preparados con pimienta y limón, que estaban soberbios.

Repuestas las fuerzas, empecé a admirar la obra del maestro expuesta en las paredes: óleos, carboncillos y grabados, rodeados de cerámicas antiguas de Cartagena; e innumerables recuerdos de sus años de trabajo y sus muchas exposiciones, como los Tondos de paisajes de escenas antiguas. También me llamó mucho la atención las piezas de aluminio recortado con pintura al óleo, en especial una muy singular de Humprey Bogart, con su pipa y el faro de la Curra de fondo, basada la imagen en el rodaje de 'El halcón maltés'. Es un procedimiento muy singular, donde el boceto se recorta sobre chapa de aluminio de 4 milímetros con sierra de calar, a la que se aplica una imprimación especial para pintarla después con óleo. Se utiliza mucho en la decoración modernista, para la cual se emplean luces led, que se colocan detrás para hacer resaltar el trabajo. Espectacular.

Salvador Torres tiene en la Media Legua óleos, carboncillos, grabados y cerámicas antiguas

Salvador ha realizado exposiciones con este tipo de trabajos, como homenaje a algunos de esos maestros que le han marcado en su trayectoria profesional, como René Magritte, gran pintor surrealista belga, Giorgo de Chirico, artista italiano nacido en Grecia y fundador del movimiento Scuola Metafísica, o el insigne Edward Hopper, pintor metafísico americano famoso por sus retratos de la soledad. Entre sus exposiciones más curiosas, destaca la que hizo sobre futbolistas en 2003, basada en una colección de cromos de los años 50 y que se expuso en Murcia, en la casa Díaz Cassou, y en Palma de Mallorca.

De lo que de verdad disfruté fue del ambiente del estudio, con sus caballetes, pinceles redondos, planos, espátulas, barniz holandés, la paleta con infinidad de colores y algo que me sorprendió: un tórculo que, según me explicó Salvador, es lo que utiliza para realizar sus grabados. Se trata de una máquina compuesta por un par de rodillos que oprimen una plancha de metal llamada mesa o pletina, sobre la cual se coloca la plancha grabada y entintada debajo del papel en el que será impresa la estampa. Al accionar el mecanismo de arrastre de la máquina, los rodillos, a los cuales se les ha aplicado presión mediante unos husillos roscados situados en los extremos, permiten el paso de la tinta desde la imagen grabada al papel, dando lugar al grabado. Con cada plancha se hacen series limitadas, destruyéndose después, como comprobé al ver algunas placas inutilizadas con una cruz gigante.

Salvador nació en Cartagena en 1971 y es licenciado en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia. Su obra está a medio camino entre el pop y la figuración lírica, en una narración plástica a caballo entre la ficción y la realidad; una obra donde cada cuadro transmite una reflexión entre lo biográfico y lo onírico. En ella late una profunda ironía, que hace patente su compromiso con los temas tratados. Sus piezas emanan un halo interior al que envuelven las situaciones que, transmutadas en símbolos, quedan fijadas en un tiempo indeterminado. Tras acabar su carrera, el maestro Torres da talleres de pintura, trabaja en una galería, hace de comisario de galería y realiza un máster en museología, todo antes de su primera exposición en la galería Bambara, en el año 2000. Entre sus aficiones destacan la lectura, los largos paseos por la Trimilenaria, el buen cine y degustar una buena paella, acompañada de un buen vino tinto. Sus proyectos más inmediatos pasan por exponer en la Bienal de Caserta y en una conocida galería de Nápoles.

Una vez dimos por terminada la visita, cogimos cada uno nuestro coche para trasladarnos a la Plaza de San Francisco, donde terminamos la jornada en 'El champanico cartagenero', propiedad de Ramón Espinosa, un tinerfeño que ha vivido toda su vida en Barcelona, donde ha trabajado como decorador y hostelero, con un gran negocio de tapeo en el Barrio de las Corts, 'El Gourmet de las Corts', un buen local con exquisitos pinchos y buenos vinos, y que hace 6 años vino a Cartagena y le encantó. Junto a la cartagenera que le enamoró, decidió que algún día montaría algo en la Trimilenaria. Y hace 6 meses, en un bajo de esta Plaza, empezó su trabajo, recuperando paredes de ladrillo visto, piedra, tabaire, maderas antiguas, lozas de nuestras fábricas diversos objetos que aporta al rincón del recuerdo, creando un acogedor local, con buena bodega y una barra con laterío fino, surtidos de selectos quesos y una carta que sorprende por sus «bocadillos del almirante», con 35 bocadillos dedicados cada uno de ellos a un almirante, como el Elcano, de panceta, lomo, jamón, queso y huevo, o el Apodaca, de jamón dulce y sobrasada, o el Magallanes, de lomo con cebolla, a cual más sabroso.

Acompañando a esta selección de bocadillos, Salvador nos puso unas patatas panaderas con chistorra espectaculares, en su punto justo de aceite, como si la hubiese hecho a la brasa, regadas con un Jumilla con el que maridaban de categoría. Después, pulpo a la cartagenera, surtido de embutidos cortados perfectamente a cuchillo y un plato de cecina de León aliñado con unas gotas de aceite. Nota alta.

Terminamos con unas brasas 'Blas de Lezo', compuestas por morcilla, chistorra, panceta, longaniza y chorizo criollo, acopañadas de tomate «partío» con ventresca y un Brut Nature que un buen amigo suyo de Cataluña le embotella con la marca 'El champanico cartagenero'. Fue el acompañamiento perfecto para la tabla de quesos con que terminamos. Les recomiendo que se pasen por este local, singular por su decoración y por su calidad, trato y ubicación, en tan emblemática plaza de nuestra Trimilenaria.

Y ya que de almirantes hablamos, termino con una frase de Blas de Lezo, que viene al pelo ante tanto elemento que anda suelto por esta nuestra todavía unida España: «Una nación no se pierde porque unos la ataquen, sino porque quienes la aman no la defienden».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos