La catástrofe de Alumbres

Inspección del socavón ocasionado por la explosión ocurrida en la factoría de Alumbres.

A lo largo de su dilatada historia, la localidad ha tenido varios episodios trágicos relacionados con la actividad desarrollada por la fábrica de explosivos que se ubicaba en ella

LUIS MIGUEL PÉREZ ADÁNHISTORIADOR Y DOCUMENTALISTA

Según escribe Francisco Atanasio Hernández, la explotación de explosivos de Alumbres tuvo sus inicios en marzo de 1890, cuando el Ayuntamiento de Cartagena autorizó a Miguel Zapata y Ricardo W. Barrington a instalar su fábrica de Ruborita en el Coto Garrabino de la Diputación de Alumbres. Con posterioridad, fue traspasada en 1893 a Eugenio Juan Barbier, que al parecer había descubierto una forma más barata para fabricar la Ruborita. Entonces, pasó a denominarse Sociedad Franco-Española de Explosivos y Productos Químicos, con Camilo Calamarí como director de la factoría.

Durante más de un siglo, tuvo distintas denominaciones: Unión Española de Explosivos, Santa Bárbara... Esta fábrica fue el lugar de donde muchas familias de Alumbres obtuvieron sus ingresos para vivir y también para morir, en los numerosos accidentes que con víctimas hubo en ella. Hoy trataremos del ocurrido el 30 de marzo de 1926.

Sobre la una de la tarde de aquel día, se pudo escuchar en toda la Sierra Minera de Cartagena una enorme explosión. Se originó en la fábrica de explosivos, ubicada en el Garrabino, junto a Alumbres.

Inmediatamente de ocurrir el hecho, se pudo comprobar la magnitud de la catástrofe. Las instalaciones que albergaban la fábrica aparecieron hundidas y prácticamente reducidas a escombros. Los primeros vecinos en acudir al lugar del siniestro encontraron varios cadáveres completamente destrozados, así como varios heridos.

La explosión se produjo en el subterráneo, en donde se hallaba el taller de lavado de la nitroglicerina. Allí tuvo lugar el fallecimiento de todo el personal que se encontraba en el mismo. En él se hacia la operación de transvasar la nitroglicerina con cubos hechos expresamente para el caso Eran de ebonita y anillos de goma, para amortiguar cualquier choque que por imprudencia o falta de cuidado pudiera producirse. Pero algo falló aquel mediodía y el estallido fue tremendo.

Se calculó que fueron más de 400 kilos de nitroglicerina los que hicieron explosión. De la virulencia de esta tragedia da muestra el fallecimiento de varios trabajadores y numerosos heridos. Entre las víctimas se encontraban Emilio Grosal, segundo jefe de fabricación; José López, Juan Hernández, Pedro Fuentes, José Conesa, Pedro García, Juan Martínez, José Aranda y José Palazón, nueve en total, mientras que los heridos, algunos de ellos de gravedad, ascendieron a más de diez, incluyendo a mujeres que se encontraban en la fábrica en aquellos momentos.

El ingeniero director de la fábrica, Luis Malo de Molina, y el administrador Cobal, que se encontraban en sus despachos, también fueron heridos por la deflagración, al romperse todos los cristales de la fábrica.

Tal fue la virulencia que uno de los cadáveres de los infortunados obreros apareció a más de cincuenta metros del lugar de la explosión y un trozo de tubería de hierro, de cinco metros de largo y varios centímetros de diámetro, fue lanzado a más de cien metros de distancia.

Gracias a que la fábrica se encontraba enclavada en una hondonada, las consecuencias de esta catástrofe no fueron mayores. Aun así, a consecuencia de la misma, muchas familias de Alumbres quedaron sin trabajo y sin recursos.

Desde el primer momento se contó con la ayuda de las principales autoridades de Cartagena. Hasta allí se desplazaron el alcalde, Alfonso Torres, y varios concejales, en compañía de otras autoridades civiles y militares. Especial relevancia fue la ayuda prestada por los miembros de la Cruz Roja de las localidades próximas, como La Unión y El Llano del Beal, y sobre todo el primero en acudir fue el médico de Alumbres, Luciano Estrada. Éste atendió a los heridos y organizó su traslado a los distintos centros hospitalarios.

Sin duda, las condiciones de seguridad en la que los más de 95 trabajadores de esta fábrica se encontraba en 1926 no debieron de ser las más idóneas, comparándolas con las actuales, pero tampoco eran distintas a las que se tenían en cualquier otra instalación análoga en aquella época.

Ésta no fue la única explosión ocurrida en el Garrabino, ni éstas las últimas víctimas. En el cementerio de La Unión existe una parcela adquirida por esta Sociedad de Explosivos, en donde se dio sepultura a estos nueve infortunados trabajadores y a todos los que vinieron después, para poder perpetuar la memoria de estas infortunadas victimas del trabajo.

Fotos

Vídeos