'La Casa de la Loma'

José Sánchez, Diego Jiménez y Francisco García, durante la presentación del libro./J. Lorente
José Sánchez, Diego Jiménez y Francisco García, durante la presentación del libro. / J. Lorente

JOSÉ SÁNCHEZ CONESA

Conocí a Diego Jiménez García cuando escribía mi libro 'Historia del movimiento vecinal de Cartagena y comarca'. Resultaba una obviedad que lo entrevistase pues presidió la Federación de Asociaciones de Vecinos entre los años 1893 y 1987. Años combativos en los que los dirigentes vecinales se encerraban en el despacho del alcalde socialista Juan Martínez Simón, en señal de protesta. Una vida de militancia desde sus inicios en el barrio de Vista Alegre y en la HOAC, su paso por el sindicato de enseñanza Sterm, Izquierda Unida, su labor promotora de la Asociación para la Memoria Histórica de Murcia o recientemente el Ateneo Republicano. Hace un tiempo se jubiló, dejando atrás la enseñanza de la historia en el instituto de Blanca.

Diego me propuso presentar un libro, junto a su primo Francisco García García, dedicado a su madre, Ana García, de la extensa familia de los Popos. No lo dudé. El texto se titula 'La Casa de la Loma', el hogar donde su madre fue feliz de niña, en los campos de La Aparecida. En la portada vemos el molino del Pollo en Pozo Estrecho y en sus páginas interiores otras imágenes sugerentes como la ruinosa torre fuerte Oviedo o torre Chichao, cercana a La Puebla. Otra reproduce la fachada de la casa paterna de su madre, con poyetes, o los campos de cultivos de lechugas que han arrasado la idílica casa de la loma. Todo ello nos lleva a reflexionar, a propósito del Plan General Ordenación Urbana, que el urbanismo suele olvidar el grave problema de la pérdida del patrimonio arquitectónico rural, lo que convierte a nuestros pueblos en entidades de población sin identidad, con unos cascos urbanos anodinos y sin atractivo para residentes y visitantes.

Otras imágenes contextualizan lo que pasaba en Cartagena, como la visita de Alfonso XIII, acompañado del alcalde Alfonso Torres. En otras páginas un matón llamado El Chipé o la concentración a favor del Frente Popular, frente a la iglesia de San Diego. Mientras tanto su madre vivía en el campo ajena a todos aquellos avatares urbanos pues rara vez llegaban noticias de la ciudad, salvo sus estruendosos sonidos, como la explosión del acorazado Jaime I en el puerto de Cartagena o la potente luz de los inquietantes refractores que delataban a los aviones fascistas y nazis que bombardeaban la ciudad. Las gentes del agro construían refugios como medida preventiva, aunque el objetivo de las fuerzas aéreas era la ciudad y sus instalaciones militares.

Ella no se enteró que la República creó 7.000 plazas de maestro, ni supo de la existencia de la primera Universidad Popular (hasta que aprendió a leer y a escribir con ella en su barriada de Vista Alegre, a mediados los años 80). Nunca oyó hablar de Carmen Conde, ni se leían periódicos en su casa. Tan cerca y tan lejos. El desconocimiento entre la ciudad y el campo era evidente como si las murallas, en otro tiempo físicas, continuaran su existencia en las mentes de unos y de otros.

Mientras su padre y algunos hermanos sacaban piedras del suelo a base de pico y marro, trabajo mal pagado, con las que edificar las Cuatrocientas de Cartagena, o barriada Cuatro Santos, siendo su número exacto de 404 viviendas, inauguradas en 1944.

La España rural de Delibes

Pero todo este proceso de creación literaria comenzó con el escrito de Ana García 'Mi familia y yo', manuscrito que da pie a numerosas conversaciones que Diego sostiene con su progenitora, y que plasma en el texto finalmente publicado. El hijo adopta una posición que es contrapunto dialéctico de la que sostenía su madre. Ella trabajaba sin descanso padeciendo la historia, sin mayor análisis ni perspectiva pues la explotación laboral formaba parte de la naturaleza de las cosas, la normalidad en una familia campesina despolitizada. En efecto, gran parte de la población consideraba la vida como un valle de lágrimas, a la manera tradicional católica, cifrando su esperanza en la vida eterna que les reservaría el cielo. Se resignaban con el destino que les había tocado vivir, sin buscar un posible cambio personal o una transformación social.

La ciencia histórica ha sido ajena a la vida cotidiana, densa y rutinaria, aquella en la que parece que no pasa nada. Pero esa es la materia fundamental de la que está hecha nuestra propia vida, el gran trasfondo de la historia, la intrahistoria de la que hablaba Unamuno. Tanto es así que comenzó a desarrollarse una nueva historia preguntándose por esa cotidianidad, las relaciones de hombre y mujeres entre sí y con el medio que los envolvía, el entorno natural, las herramientas, el mundo del trabajo, la alimentación, las diversiones, las mentalidades. Meritoria es la historia de la familia que el profesor de la UMU Francisco Chacón viene desarrollando pues no olvidemos que llega a constituir, como en el caso que nos ocupa, una unidad de producción, de consumo y de reproducción ideológica.

En 'La Casa de la Loma' hay episodios que recuerdan a la España rural de Miguel Delibes y leemos poesía, escrita por ella misma, por eso era llamada la trovera de Vista Alegre. Hay experiencias que solo pueden expresarse en verso, nunca en prosa. Quizá por su musicalidad que le otorga a la palabra trascendencia, solemnidad, magia, vuelo.

Ana, perseverante, adquirió el don de la palabra escrita que se fija para siempre, dejando memoria. Trató de explicarse su propia vida y de explicarla a los demás porque todos necesitamos elaborar el reto de nuestra propia vida. La palabra, que nos constituye en humanos, hace ahora que Ana siga entre nosotros.

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