Un cartagenero, héroe en Malakoff

Cuadro que reproduce la batalla en tierras de Crimea.

LUIS MIGUEL PÉREZ ADÁN. HISTORIADOR Y DOCUMENTALISTA

Si les hablo de Malakoff, me estoy refiriendo a la batalla que lleva su mismo nombre, durante la guerra de Crimea, en la que los ejércitos de Francia y Rusia se enfrentaron en el asedio a Sebastopol el 7 de septiembre de 1855.

La victoria se decantó del lado francés, no sin antes derramar mucha sangre, una verdadera carnicería humana en una de las batallas más cruentas que se vivieron en el siglo XIX. Esta victoria aliada permitió la captura de Sebastopol, ganando la guerra de Crimea los aliados occidentales (Reino Unido, Francia, el Imperio Otomano y Piamonte-Cerdeña).

Y como curiosidad añadida conocemos que el soldado (un zuavo francés) Eugène Libaut fue el primero en clavar la bandera francesa en la cumbre del reducto principal ruso denominado Malakoff.

Todo esto nos conduce a nuestro protagonista: el bravo soldado francés que culmino la batalla tenía como coronel de su regimiento al cartagenero Francisco Martínez Sánchez, quien fue el artífice directo de esta conquista que a la postre fue determinante en la victoria francesa.

Francisco Martínez Sánchez nació en Cartagena el 27 de octubre de 1812 en la calle Santa Florentina hijo de un chatarrero conocido como Martínez 'el del hierro', el negocio familiar se convirtió en floreciente hasta el punto que permitió al chatarrero enviar a su hijo Francisco a estudiar Derecho en la Universidad de Valencia, pero fatídicamente la epidemia de cólera de 1834 truncó sus estudios. Al fallecer sus padres tuvo que regresar a Cartagena.

Lo que se encontró a su retorno no fue una suculenta herencia, sino que halló a sus hermanos menores recogidos en la Casa de Misericordia y una ruina absoluta que atribuyó a los turbios manejos del socio de su padre.

En este estado de cosas decidió hacerse cargo de los asuntos familiares, pero sus ansias de venganza hacia el causante de su ruina y la de sus hermanos lo llevó a lograr una posición que le facilitara y allanara el camino de la represalia.

Encaminó sus pasos a la corte del Pretendiente al trono de España, Don Carlos, allí hizo carrera militar en las sucesivas Guerras Carlistas, alcanzando el grado de teniente coronel y comisario de guerra. Tras el abrazo de Vergara, no quiso reintegrarse en el Ejército Español, marchando hacia París y enrolándose en la Legión Extranjera. En Argelia y como capitán, combate en la expedición del General Bugeaud, en la que gana una estrella de Oficial de la Legión de Honor.

Tras varias campañas menores es enviado en 1854 a la Guerra de Crimea al mando de un batallón de Zuavos, nombre que se les dio a ciertos regimientos de infantería en el ejército francés a partir del año 1830. Originarios de Argelia, tanto el nombre como el uniforme distintivo de los zuavos se extendió por las fuerzas armadas de Estados Unidos de América, Estados Pontificios, España, Brasil y el Imperio Otomano.

Protagonista en todas las grandes batallas de los aliados camino de Sebastopol, llegó a Malekoff, emplazamiento donde los rusos resistieron heroicamente.

Un día es llamado a la tienda de la plana mayor del asalto, allí el general en jefe M. Pellisiar mira al cartagenero mientras señala la torre Malekoff de la muralla, y le dice:

- «¿Coronel, os atrevéis a subir allí con vuestros zuavos?»

- «Mi General, os serví en Argelia, me conocéis y yo os conozco y sabéis la respuesta».

A media tarde, en vanguardia Martínez con sus zuavos, consiguen llegar a la posición, recibiendo un balazo en la frente y ordenando que uno de sus soldados colocara la bandera francesa en lo alto; Malekoff había sido tomado y Sebastopol también.

El día de la victoria, Martínez desfila por los Campos Elíseos frente a una enfervorecida población parisina, siendo nombrado Gran Oficial de la Legión Extranjera.

Renunciando a la nacionalidad española y casado con una dama inglesa, llegaría al grado de general de división, algo poco frecuente para una persona no nacida en territorio francés.

Murió nuestro paisano en París en el año 1873 y, desde luego, sin haberse vengado de su enemigo en Cartagena, pero para la historia y, por qué no, para alguna novela o película cinematográfica nos queda su interesante vida.

En 1925, Antonio Puig Campillo escribió en la revista 'Cartagena Ilustrada' una glosa sobre este cartagenero ilustre en la que se podía leer: «Ni su cerebro ni su corazón que ilustraron el nombre del general Martínez, conquistaron cosa alguna en la tierra que mereció sus cuna. ¡Cómo ha de ser! Pero, fue héroe; Monroy, dijo: La tumba de los héroes es gloria y ella, nadie podrá quitársela, por innúmeras que sean las almas pequeñas».

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