Un bote artesanal por medio mundo

Los ingleses Gail Nit y Neil Hawkesford, en el Yatch Port del Muelle de Alfonso XII, con el catamarán 'Gleda' al fondo. / Pablo Sánchez / AGM

Dos ingleses hacen parada en el puerto y relatan su aventura en el catamarán 'Gleda', construido en madera por ellos en un granero

RUBÉN SERRANOCartagena

Pasea a lo largo y ancho de la marina deportiva Yacht Port, en el Muelle de Alfonso XII, en bañador y sandalias, y una de sus aficiones es salir a correr por Cala Cortina. La vida de Neil Hawkerford ya nada tiene que ver con la que dejó atrás en Birmingham, hace ahora tres años. Este inglés de 60 años tenía un trabajo estable en la construcción, cobraba «un buen sueldo, suficiente para llevar una vida normal, pero que era altamente estresante». Amante de la navegación desde que era niño, Hawkerford renunció a llevar esa vida, lo dejó todo y, en 2006, empezó a construir un barco de madera. Ahora, después de recorrer medio mundo, ha escrito un libro recopilando sus aventuras. Lleva un año atracado en el puerto de Cartagena y en los próximos meses iniciará un viaje por la Polinesia.

«Tienes que estar muy loco para hacer esto. Llevo una vida muy tranquila, recibo una pequeña pensión y, para mi sorpresa, el libro me ha traído unos beneficios y todos los meses recibo un dinero de Amazon», la compañía estadounidense de comercio electrónico. Hawkerford utilizó 90 láminas de madera contrachapada, 675 kilos de madera de pino, 450 de resina de epoxi, 100 de endurecedor, 100 metros de láminas de vidrio y pintura para construir el catamarán 'Gleda', una embarcación que consta de dos cabinas individuales, un puesto de navegación, una cocina, un aseo y dos dispensas para guardar el equipaje.

Cinco mil horas de trabajo

«Siempre soñé con tener un barco. Si quería uno, estaba claro que económicamente no me lo iba a poder permitir. Tenía que construirlo yo mismo, y eso hice. En 2006 corté la primera pieza de madera. En total me llevó ocho años y unas cinco mil horas de trabajo», recuerda Hawkerford. A través de su página web, este inglés cuenta sus aventuras a bordo del catamarán, desde los viajes por Portugal hasta su primera procesión de Semana Santa, la visita a las minas de La Unión o los conciertos de La Mar de Músicas. «Mi idea es transmitir al resto del mundo este estilo de vida. Nunca pensé que acabaría viviendo en un barco, y que estaría en Cartagena casi un año. Si hay algo que de verdad quieres hacer y realmente te lo propones, siempre encontrarás una forma de hacerlo. Yo lo he conseguido y no me arrepiento de lo que hice», relata.

Hawkerford no se separa en ningún momento de su carpeta, donde guarda los planos de James Wharrem, «un diseñador de barcos inglés que ideó diferentes modelos de madera». Gracias a estos documentos, que indican «las pautas básicas para un aficionado», el 'Gleda' se hizo realidad siguiendo el modelo 'Tiki 38', de los que «apenas hay un centenar en todo el mundo. Wharrem publicó este libro hace más treinta años y , con empeño, la gente con pocos recursos puede construir un bote seguro y con el que navegar con total normalidad».

Adentrarse en esta aventura fue «más complicado» para Gail Nit, la mujer de Hawkesford. «Cuando nos conocimos, él había empezado a construir el barco. Me dijo cuál era su idea y no lo tomé en serio, pensaba que nunca lo iba a conseguir. Me costó mucho separarme de mi familia, aunque la veo tres veces al año, porque yo era una mujer muy casera y que era muy feliz en el trabajo», en el departamento de recursos humanos y atención al cliente de una empresa.

«Me preguntan si soy feliz»

La primera vez que regresaron a Inglaterra, el hermano de Nit le preguntó si era feliz en su nueva vida. «Al principio se hizo muy duro estar lejos de casa, incluso a veces echas de menos salir de compras, tener varios pares de zapatos de tacón y unos cuantos bolsos, pero soy mucho más feliz en el barco», sostiene con una sonrisa. A bordo del 'Gleda', el matrimonio no dispone de agua potable ni ducha (algo que sí encuentran en las marinas deportivas), y usan un baño ecológico. «En invierno, vemos al resto de barcos con calefacción y llenos de comodidades. No me gustan las ciudades, pero debo reconocer que Cartagena es una ciudad con mucha actividad e historia. Nos encanta».

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