La Verdad

Perín, tierra de leyenda

Ramón García habla con el cronista en presencia de Lázaro Ortega, de frente.
Ramón García habla con el cronista en presencia de Lázaro Ortega, de frente. / JAVIER LORENTE

Fantástica excursión la que diseñó José Antonio Martínez 'El Cachimanero', de la asociación Cartagena de mi Alma, sobre los campos y montes de Perín, verdes y fragantes de romero y tomillo. Se sumaron la Liga Rural, la Federación vecinal, la Concejalía de Turismo, con su concejala, Obdulia Gómez, al frente y el 'súper concejal' Francisco Aznar. Como hilo narrativo el rastro de una historia con aroma de leyenda, la santa de Los Balbastres, un caserío hoy desaparecido. Fue nuestro conductor Ramón García Agüera, un perinero residente en Torreciega, a donde le llevó el trabajo en la Española de Zinc. Antes de establecerse en dicho barrio pedaleaba a diario 35 kilómetros para trabajar en la empresa. Una noche a las 11, cuando regresaba, descubrió por la zona donde se emplaza hoy la gasolinera Buenos Aires, que no era una aparición fantasmal, como contaba la gente, sino Pedro Jimeno Espejo. Se trataba de un vecino que ejerció como fiscal en un campo de concentración cuando la guerra civil. Permaneció escondido 30 años en su domicilio, aprovechando la oscuridad de la noche para estirar las piernas. Un caso de topo en nuestra tierra.

Amante de los versos, Ramón nos relata su vida en el libro 'Mi vida por Perín y Torreciega'. ¿Qué tendrá la poesía? La necesitan el culto y el iletrado, el académico y quien poco pisó la escuela. Todos recurren quizá por su musicalidad grata al oído, una sonoridad mágica que realza y eleva lo que cuenta. Cada vez conocemos a más personas sencillas que la vienen escribiendo desde siempre, lo que no nos extraña nada en tierra de trovos y trovetes. Su padre más de una copla improvisó con la cuadrilla perinera, en los años primeros del XX. Lo explica Ramón en su obra, la prosa se aviene mal para contar toda su vida. Todo queda retratado como la Navidad de 2008: «La Noche Buena en Perín/ me sentí como un monarca/ cuando vino la cuadrilla/ para cantar en mi casa». No faltan los adagios picantones de antaño en reuniones del mocerío, ni la nostalgia de las casas de los amigos que se van cerrando en el pueblo porque ya mayores se van con sus hijos a Murcia o Cartagena. Echa en falta los buenos ratos de conversación cercenada, aunque Ramón es optimista. Le dice a su amigo Antonio García: «Cuando seamos vecinos/en casa del campo santo/ allí tendremos más tiempo/ por si nos quedara algo». De niño cortejaba a la que sería su mujer, regalándole higos secos que llevaba en el bolsillo. Su hermana mayor lo descubrió, dándole unos azotes: «No está la cosa para regalar».

Hace unos años Ramón fue noticia en 'La Verdad', oponiéndose con una recogida de firmas a que tumbaran la chimenea de 50 metros de altura, símbolo del desarrollismo industrial de Cartagena en los 60. Una fábrica que alimentó muchas bocas y enfermó muchos pulmones, pero «si yo tuviera poder como Sansón en el pelo, cogería la chimenea y la elevaría al cielo».

La niña santa

Ramón García reivindicó en la salida etnográfica del pasado domingo, ante las citadas autoridades, a las que sumamos a Isa Andreu, vicepresidenta de la Junta Vecinal de Perín, la construcción de un mirador en la Morra del Palmeral. Hablamos de una de las mejoras vistas de nuestra comarca, donde se erigiría un monumento a la niña que elevó sus manos al cielo.

Ramón y el joven Lázaro Ortega Martínez nos relataron la historia de la santa de Los Balbastres, recóndito paraje. Una niña moradora del lugar, llamada Antonia García, halló entre palmitos la desaparecida imagen, desde hacía un año, de la Virgen de la Luz, venerada en la ermita del Cañar. Corría el año 1876 y aquel episodio la coronó de gracias celestiales, en opinión de sus vecinos. Su madre falleció un Viernes Santo, por ello subía a la cima más cercana, la Morra del Palmeral, cuyo pico identificó con el cielo mismo, donde moraba su madre. Su ilusión era ascender para jugar con ella, a la que consideraba una santa por morir el mismo día que Jesucristo. La leyenda crecía, más cuando cundió que aquel Viernes Santo de 1876 la niña ascendería a los cielos desde el monte. Llegaron gentes pudientes de Cartagena, Murcia y hasta de Lorca, buscando sanación de sus males y dinero para su bolsillo. Conocedores de la historia, se la callaban para ser únicos beneficiarios del reparto de gracias que esperaban. Llegado el ansiado momento, la niña no ascendió pero si se le escuchó decir: «Hola mamá, hoy es el día que de mi te alejaste, pero como cada día aquí subo y noto el viento, como si de tus manos una caricia recibiera». Cuentan que algunos la abuchearon, decepcionados por no cumplir sus expectativas personales. Las abuelas lo contaban a sus nietos como enseñanza moral contra el egoísmo que sólo busca poder y riqueza.