La Verdad

Gregorio Gómez Pina, con un ejemplar de su novela.
Gregorio Gómez Pina, con un ejemplar de su novela. / LV

«Quería recuperar para mi hija la esencia del Cabo de Palos de mi infancia»

  • Gregorio Gómez Pina. Ingeniero y autor de la novela 'Un mundo entre faros'

Gracias a una beca Fulbright, con la que estudió ingeniería oceanográfica en la Universidad de Hawai (Estados Unidos), y a un trabajo posterior sobre la gestión del litoral en ese país, conoció de cerca las costas del Pacífico y del Atlántico. Las aguas de este último océano las ha disfrutado también en Chipiona y en Cádiz, en cuya provincia llegó a ocupar la jefatura de la Demarcación de Costas del Estado. Pero Gregorio Gómez Pina (Cartagena, 1948) regresa siempre al Mediterráneo. Los veraneos de su infancia y su adolescencia en Cabo de Palos marcaron a fuego los recuerdos de este doctor ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Por eso, su afición por la Literatura y la Historia, y su afán por unir territorios y gentes le han llevado a escribir su primera novela, 'Un mundo entre faros' (Éride Ediciones).

¿Cuál es el argumento de la obra?

- Abordo una historia ficción, pero basada en mi experiencia y donde recreo un hecho histórico como fue el hundimiento del Sirio en 1906, una de mayores tragedias marítimas de las costas españolas. Abordo la vida dos generaciones de torreros, o fareros. Hablo de dos hermanos cartageneros, Juan y Ginés, que se trasladan uno a Palos y el otro a Cádiz y a Chipiona, y de cómo sus hijos heredan el oficio. Los dos primos se conocen en un viaje que marca su adolescencia y, por tanto, su vida.

¿Qué le empujó a escribir?

- Pensé en la historia al ver el parecido de los faros de Cabo de Palos y Chipiona, y darme cuenta de que mi hija, Blanca, tenía 13 años y no podía ya disfrutar de veraneos como los que yo disfruté con esa edad. Quería regresar a ese tiempo y devolver también el cariño con el que me tratan en mi tierra de adopción. Quería recuperar los veraneos clásicos de un Cabo de Palos que se perdió con la llegada de la luz eléctrica y la urbanización masiva de La Manga y del propio pueblo. Además, quería llamar la atención sobre ese nexo de unión que son los faros, para animar a las gentes de un sitio a visitar el otro. Se ha fomentado mucho el turismo de sol y playa, pero nos hemos olvidado de esta parte cultural, que tiene un valor indudable.

¿Qué hacía especiales esos años?

- Había elementos que hacían la vida menos artificial y que favorecían un trato más cercano. Recuerdo nuestra casa de la Barra, desde donde íbamos por la tardes a los montes de arena de La Manga. Al atardecer, el encendido del faro era la señal para regresar. También íbamos de excursión al Monte Blanco. Luego, de noche se hacía mucha vida en las terrazas, con los vecinos. Ahí estaba Faustino, todo un personaje.

¿Por qué incluye la tragedia del trasatlántico Sirio?

- Obviamente, me he permitido la licencia literaria de combinar la década de los 60, mi infancia, con el hundimiento del vapor italiano. Como la luz eléctrica no llegó más o menos hasta el año 69, coincidiendo con la llegada del hombre a la Luna, mi época aún mantenía ese aire clásico. Y, además de como elemento de ambientación, hablar del Sirio me servía para hacer un homenaje a los hombres del mar, a esos pescadores que arriesgaron sus vidas para rescatar a los supervivientes. Actuaron con un espíritu humanitario que era la esencia de aquel Cabo de Palos.