La Verdad

El submarino alemán U-35 entra a puerto

El sumergible alemán frente al faro de Curra, adentrándose en la dársena de Cartagena.
El sumergible alemán frente al faro de Curra, adentrándose en la dársena de Cartagena.
  • El sumergible pasó 23 horas en la ciudad para realizar varias misiones, poniendo en peligro la neutralidad de España en la I Guerra Mundial

Coincidiendo con el centenario del comienzo de la I Guerra Mundial, presentamos hoy en esta sección una serie de fotografías de un indudable interés histórico por la importancia que en su día tuvo la presencia de un submarino alemán en aguas de nuestra bahía.

El 21 de junio de 1916 el semáforo de Galeras informaba a primera hora de la mañana de que un submarino alemán estaba entrando en el puerto. Los cartageneros curiosos pudieron confirmar pocos minutos después en su dársena la presencia del mismo, que, según se decía, llegaba con averías y requería la reparación en dique. ¿En qué circunstancias se producía la arribada de este buque beligerante al puerto cartagenero?

El submarino U-35 era uno de los buques más modernos de la Marina de Guerra alemana. Con 64,7 metros de eslora, desplazaba 685 toneladas en superficie y 878 en inmersión. Estaba armado con 4 tubos lanzatorpedos (dos a proa y dos a popa) y 6 torpedos de respeto, así como dos cañones de 88 milímetros y 300 granadas. Disponía de un aparato motor compuesto por dos motores diésel Germania de 6 cilindros y 1.850 caballos de potencia, así como otros dos eléctricos de 1.200 caballos pudiendo desarrollar 16,4 nudos en superficie y 9,7 en inmersión. La autonomía era de 8.700 millas a 8 nudos en superficie y 80 a 5 nudos en inmersión. Su dotación la componían 35 hombres.

Al mando de este U-Boat se encontraba el comandante Lothar Von- Arnauld de La Periére, insigne marino que ostenta, hoy día, el récord de hundimientos realizado por un solo submarino en cualquier conflicto conocido.

El sumergible, que no presentaba avería alguna ni requería ningún tipo de reparación, como se comentó, llegaba frente a la bocana del puerto cartagenero el 21 de junio hacia las cuatro y media de la mañana. Von Arnauld era un hábil marino, y no tuvo problemas en penetrar en la rada para buscar inmediatamente el costado del buque alemán 'Roma', internado allí desde el 6 de agosto de 1914, como se muestra en estas fotografías.

Para las cinco y media de la mañana los germanos habían tenido tiempo de sobra para transbordarle su peculiar cargamento de medicinas y avituallarse de fruta, verdura fresca, agua y lubricante de su compatriota, algo terminantemente prohibido por las reglas internacionales en los puertos neutrales.

Una vez pertrechado su buque, el comandante alemán telegrafiaba a la Embajada dándole cuenta de la llegada, y, con las primeras luces del día comienza el programa oficial de la visita.

En su informe de la misión, Lothard Von Arnauld indica que solicitó de los mandos españoles la máxima seguridad para su buque, ya que en las noches anteriores a su llegada se habían observado actividades sospechosas de súbditos franceses e ingleses en la ciudad, y para que el mismo pudiera ser adecuadamente contemplado. No en vano, gran parte de su misión era propagandística.

La primera visita, hacia las once de la mañana, la realizan al comandante general del apostadero, vicealmirante Miguel Márquez de Prado, continuando con el gobernador militar, comandante de marina, general jefe del arsenal y el alcalde.

A primeras horas de la tarde las autoridades locales devuelven la visita, encabezadas por el alcalde de la plaza, el señor Fernández, el teniente-alcalde, señor Escudero, el ingeniero García Alíx y el cronista de la ciudad, Federico Casal, así como periodistas de otros medios informativos, que recorren los compartimientos del sumergible recibiendo toda clase de explicaciones. De este instante se conservan fotografías.

Comentó la prensa local un dato curioso sobre la oficialidad del sumergible. Los marinos alemanes, al ser abordados por la calle, habían dejado entre los admiradores españoles numerosas tarjetas con dedicatorias autografiadas del tipo: «Somos invencibles», «Aún vivimos» o «Siempre adelante». Quizá la más curiosa sea la que dejó el propio von Arnauld en el Gran Hotel, y que decía: «No somos dueños de los mares, pero paseamos por ellos».