Carta bruselense

PRIMERA PLANA

Hay viento en las velas, dice Juncker. El Ejecutivo comunitario quiere aprovechar los 16 meses que le restan a la actual Comisión y al Parlamento Europeo para, una vez reparado el tejado, añadir nuevos pisos a la casa europea

Alberto Aguirre de Cárcer
ALBERTO AGUIRRE DE CÁRCER

El tiempo meteorológico estaba esta semana en Bruselas más seco y templado de lo habitual. Más o menos como el clima político, según pude constatar. Pese a los riesgos que se otean en el horizonte, en el centro de decisión de la UE no se vivía un noviembre tan apacible desde hacía años. La crisis griega, el ‘Brexit’ con su posible efecto dominó y el drama humanitario de la inmigración siria pusieron varias veces a los 28 al borde del abismo en pasados otoños. Sin embargo, fallaron los pronósticos de los interesados agoreros de habla inglesa. Hoy la economía griega está en crecimiento, los populismos y la ultraderecha antieuropea no vencieron en Francia y Holanda, y la pérdida de vidas en el Mediterráneo se redujo drásticamente. Con Trump, Putin y Jinping como imprevisibles líderes internacionales, el papel estabilizador de la UE se ha reforzado y el Ejecutivo europeo se apresta, con cierta confianza, a aplicar la hoja de ruta que Juncker anunció el 13 de septiembre en su discurso sobre el estado de una UE que vive el quinto año de recuperación económica, con la tasa de desempleo más baja de los últimos nueve años y creciendo por encima de EE UU en los dos últimos. Hay viento en las velas europeas, dice Juncker, y el Ejecutivo comunitario quiere aprovecharlo en los 16 meses que le restan a la actual Comisión, el Consejo y el Parlamento Europeo. Una vez comenzado a reparar el tejado, la Comisión quiere aprovechar que ya no llueve torrencialmente para añadir «nuevos pisos a la casa europea».

¿Dónde están hoy las incógnitas? Estos días preocupa Alemania. Merkel no ha podido formar Gobierno por la negativa de sus posibles socios y existe riesgo de nuevas elecciones, aunque los más optimistas creen que habrá finalmente acuerdo porque los reacios sufrirían el castigo de las urnas. Un parón imprevisto e indeseado, justo ahora que el joven Macron está dispuesto a dar un fuerte empujón europeísta desde el Elíseo. También inquieta la resolución del órdago independentista en Cataluña. La labor diplomática española ha surtido efecto. Puigdemont es hoy un invisible fantasma en Bruselas, al que han abandonado los medios locales y hasta los nacionalistas de extrema derecha, por el riesgo de que llegue a alterar los frágiles equilibrios internos en un país estructuralmente dividido. Sin embargo, la crisis catalana no se da ni mucho menos por cerrada y se contiene el aliento a la espera del resultado de las elecciones catalanas del 21-D. También hay interrogantes sobre la negociación del ‘Brexit’. La UE se mantiene firme frente a una debilitada Theresa May y no aceptará que Reino Unido se marche sin pagar las facturas pendientes. Bruselas exige 60.000 millones y los británicos, de decir que no pagarán nada, ahora aceptarían abonar 40.000 millones. El problema es qué hacer con la frontera entre Irlanda y el territorio norirlandés. El Reino Unido quiere blindar férreamente sus fronteras excepto allí y no está claro qué opinarán muchos países miembros de la UE. Pese a todas esas zonas de sombra, se respira optimismo en la Comisión Europea, un poco harta, por cierto, de que «se nacionalicen los éxitos y se europeícen los fracasos» por parte de los gobiernos de los 28. No son pocas las iniciativas pactadas por la Comisión y el europarlamento paradas por el Consejo, como varias directivas sobre conciliación laboral y familiar e igualdad. Dicho eso, la reciente aprobación del llamado ‘pilar de derechos sociales’ muestra la voluntad del Ejecutivo comunitario de intentar reactivar el motor de convergencia social para que las reformas económicas vayan acompañadas de mejores condiciones de trabajo y más protección. A España, que con 200.000 millones es el país más beneficiado históricamente por los fondos de cohesión, pronto le superará Polonia como país receptor. Y aunque ya no habrá mucho más dinero para infraestructuras (en materia hidrológica Bruselas apuesta solo por el control de la demanda), a España no le ha ido mal con el fondo de garantía juvenil y podrá beneficiarse de esa nueva apuesta por lo medioambiental y por lo social, el talón de Aquiles de la UE en los años de la crisis. Y es que la política de austeridad de la etapa Barroso condujo a la recuperación económica, pero a costa de más precariedad y desigualdad.

En el variopinto Parlamento también se percibe ebullición. Muchos eurodiputados tienen la vista puesta en las europeas de 2019, mientras miran de reojo la propuesta de Macron, apoyada por Juncker, de crear listas transnacionales para recuperar la confianza en las instituciones. Esa medida, crucial para una campaña verdaderamente europea, penaliza a quienes entran en las listas por componendas en sus partidos nacionales. Ahora les obligaría, además, a hacer campaña en varios países, algunos sin saber más idiomas que el propio. De ahí que los más mediocres tiemblen con la mera idea. La campaña institucional en el Parlamento para esos comicios ha quedado en manos del vicepresidente Valcárcel, ahora responsable de comunicación de la Cámara, por encargo del presidente Tajani. Allí estuvo también esta semana la Plataforma Pro Soterramiento ante el Comité de Peticiones, de donde salió con esperanzas en su lucha contra la llegada provisional del AVE en superficie. Estando en Bruselas, y sin entrar a valorar la posición actual de la Plataforma, me vino a la memoria la escena final de Alatriste, cuando éste y sus diezmados compañeros responden en la batalla de Rocroi al ofrecimiento de una rendición con honores: «Decid al señor duque de Enghien que agradecemos sus palabras, pero este es un tercio español». En este caso, murciano, para más señas.

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