La cosa está candela

Tal vez un día nuestra sociedad se haga mayor y entienda que la violencia es un parche y no una solución, que la educación es la prevención de la misma

Nacho Ruiz
NACHO RUIZ

Amo andar América. La vida me lleva siempre allá por trabajo y cuando puedo viajar por placer también. Cada vez que puedo me planto y me sumerjo en su bellísimo castellano, preguntándome qué ha hecho a los españoles pensar que somos superiores a los guatemaltecos o los colombianos. Miro todo con curiosidad y me enamoro de ciudades y relatos de todo tipo. América es el gran relato al fin y al cabo con una intensa carga de drama.

El jueves de la semana pasada me quedé estupefacto ante un panel en el Museo de la Policía en Bogotá. En él aparecen fotografías de los 10 grandes inventores de armas de fuego: Browning, Wilhelm Mauser, Luger, Bergmann, Simth-Dorrien, Patton, Mason, Peter Paul Mauser, Wesson y Samuel Colt. De su trabajo y entrega son consecuencia no menos de un billón de muertos. No creo que se pueda cuantificar en estos dos siglos cuántos han caído tiroteados, cada día deben morir 1.000 o 2.000 así. Desde la aparición del revolver tal vez dos billones, tres. No sé. Hace poco Kepa Garraza me explicaba la teoría de que no podemos sufrir ante un número por encima de los 200 muertos, lo que constituye una tribu. La idea imposible de dos billones no nos genera más que curiosidad, una cierta idea de grandeza aterradora y por lo tanto sublime. No empatizamos con una montaña de muertos que cubriría continentes.

A veces tengo la sensación de que añoramos la violencia. Nuestros abuelos nunca hubiesen llegado a eso. Todos habían perdido a alguien o habían sido heridos, o torturados o simplemente habían visto morir a cientos. La violencia en la ficción era primordialmente a través del western, tan lejano en el tiempo y el espacio. Creo que la proximidad de nuestra guerra hizo que este género primase sobre la oleada bélica triunfalista americana que llegó después de la IIWW. Afortunadamente estamos demasiado lejos de la violencia hoy en España, por eso jugamos peligrosamente a desear venganzas tremendas contra líderes nacionalistas, por eso algunos fascistas se lanzan a la calle con bates, cadenas y banderas. Si eso es ser español yo soy otra cosa.

En Colombia la violencia está más cerca en el tiempo pero la sociedad se regenera admirablemente. El país ofrece un potencial que no he visto en ningún otro sitio. El futuro es colombiano. Una prueba de que la violencia se aleja rápidamente de esa sociedad moderna, democrática y joven es el evento de Halloween en un hotel de Medellín. Allí, por lo que cuesta un cotillón de gala, podías cenar con Popeye, uno de los sicarios de Pablo Escobar y reciente autor de un libro basura sobre las hazañas del rey de los narcos. Es una visión turística de la violencia.

Como turista fui a aquel museo en el que los objetos de los criminales reciben culto de gringos y curiosos, un museo en el que eché de menos a Kalashnikov, un museo en el dolor se ha convertido en zafia pornografía simbolista. Lo extraño es que en pequeñas dosis todos hemos sufrido la violencia. A todos nos han pegado alguna vez, a mí me apuñaló en la pierna un tipo para quitarme un reloj Casio de 5.000 pesetas cuando era un crío. Me gustaba aquel reloj, por eso lo defendí. Error. Qué extraña forma de ser la nuestra cuando, después de sufrir, buscamos el motivo del sufrimiento en la ficción en vez de responder a la violencia con la melancolía adorniana.

Abandonamos el museo del horror policial colombiano para pasar al Museo de Arte Moderno de Bogotá. Allí tenía lugar una ‘preview’ de la exposición de Los Carpinteros ‘La cosa está candela’. Es fabulosa. Hay una avioneta real llena de flechas en la parte baja. Remite a la defensa infructuosa de los indígenas contra el mundo de hoy que les sobrevuela. En uno de los países que comparte la Amazonia esta pieza tiene un sentido muy rotundo. Paseábamos las salas cuando llegamos a un grupo en el que había un coleccionista chileno amigo. Lo primero que nos dijo fue: «Espero que la cosa esté mejor en Murcia». Fue un choque y nos quedamos en fuera de juego ¿A qué te refieres, Carlos? pregunté y la respuesta fue que las televisiones de América Latina habían estado retransmitiendo durante varios días las cargas policiales a los manifestantes pro soterramiento junto a los sucesos del 1-O en Cataluña. Nuevamente esa irresistible atracción de la violencia, pero en esta ocasión para colocarnos en los noticieros de Televisa o Radio Caracol.

Tal vez un día nuestra sociedad se haga mayor y entienda que la violencia es un parche y no una solución, que la educación es la prevención de la misma y que no debemos pensar que es un juego, que los muertos son muertos, no actores. Tal vez un día entendamos que la violencia es el fin de nuestra sociedad, el fracaso de todos.

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