«¡Esto es un atraco y te voy a matar!»

Uno de los presuntos integrantes de la banda, conducido al juzgado tras ser arrestado por la Guardia Civil./Antonio Gil / AGM
Uno de los presuntos integrantes de la banda, conducido al juzgado tras ser arrestado por la Guardia Civil. / Antonio Gil / AGM

El escrito de calificación del fiscal ofrece detalles inéditos sobre la desmesurada violencia con la que, al menos durante seis meses, la 'banda de los encapuchados' cometió múltiples asaltos a casas y comercios. Catherine se liberó de las ataduras y uno de los ladrones le pisó una mano y, con un brutal golpe de azada, le partió el brazo

Ricardo Fernández
RICARDO FERNÁNDEZ

Ya tenían algo muy cercano al convencimiento, pero con ese asalto adquirieron la certeza. «Si no los atrapamos pronto -coincidieron los agentes que iban tras la pista de la violenta banda-, nos vamos a encontrar con algún muerto sobre la mesa. Es solo cuestión de tiempo que acaben matando a alguien». De hecho, si aquella noche del 30 de enero de 2016 no se llevaron por delante a Tony o a Catherine, o a ambos, fue más por la mediación del Altísimo que por falta de méritos. Porque tampoco, a sus respectivos 74 y 72 años de edad, estaban estos británicos para soportar con unas mínimas garantías de supervivencia la lluvia de golpes que les cayó encima, ni la situación de tensión y pesadilla que padecieron a lo largo de casi una hora.

El infierno se desató en torno a las 20.15 horas, cuando era ya noche cerrada. Catherine escuchó ruidos en el exterior de su vivienda, que se levanta en una apartada zona rural de Mazarrón. Abrió la puerta de la cocina y junto con la fría brisa irrumpieron seis hombres vestidos con ropas oscuras y los rostros cubiertos por pasamontañas -solo el aparente líder lo hacía con una bufanda-, que pronto dejaron sentado que sus modos no se correspondían con los de un comercial de aspiradoras.

Exhibiendo una tremenda agresividad, que se manifestaba en forma de gritos y gestos amenazantes con las armas que cada cual empuñaba -una pistola negra, un cuchillo de grandes dimensiones, varias azadas...-, lanzaron a la mujer contra el suelo y la maniataron, mientras su esposo era reducido sin contemplaciones merced a varios golpes de azadón en la cabeza.

Al presidente de Coag en Cartagena, Vicente Carrión, le atizaron tal golpe con un martillo en la espalda que, a día de hoy, si se para a pensarlo, todavía le duele

Las agresiones se sucedieron durante largos minutos, con el fin de obligarles a desvelar dónde guardaban las joyas y el dinero, y los actos intimidatorios fueron adquiriendo un cariz cada vez más preocupante, hasta el extremo de que Catherine no tardó en notar en su cabeza la fría boca de la pistola y Tony en sentir cómo el filo de un cuchillo amenazaba los desbocados pálpitos de su yugular. Uno de los delincuentes mantenía al hombre contra el suelo, con la planta del pie tan firmemente clavada en su espalda que apenas le permitía respirar. Cualquier movimiento que hiciera recibía por respuesta una sucesión de puñetazos.

Los atracadores no iban de farol. Estaban dispuestos a todo para asegurarse de que se iban a apoderar hasta del último céntimo que el matrimonio guardara en la casa. Y, por si no era suficiente con la brutalidad de la que ya habían hecho gala hasta ese momento, pronto demostraron que todavía estaban muy lejos de su límite. Así, cuando Catherine, que seguía tendida en el suelo, se liberó de las ataduras, uno de los delincuentes, sin dudar un instante, le pisó una mano y, con un salvaje golpe de azada, le fracturó el brazo.

Seguidamente, otro cogió a su esposo y trató de seccionarle un dedo con ayuda de unas tijeras. No lo logró, pero fue suficiente para acabar con cualquier resistencia que pudiera quedarle a la pareja. La banda huyó con un puñado de joyas, 2.000 euros en efectivo, una cámara de fotos y un monovolumen Mitsubishi.

Tony sufrió múltiples lesiones, incluida la fractura de dos costillas, que tardaron en sanar 45 días, mientras que su esposa tardó casi nueve meses en curarse. Por lo que respecta a las heridas que sufrieron en el alma, de esas no se recupera nadie.

Un drástico cambio de estrategia Robos con fuerza en casas

El asalto al domicilio del matrimonio británico marcó el punto álgido de violencia de esta organización, que para ese momento ya había sido bautizada popularmente como la 'banda de los encapuchados' y había conseguido extender la inquietud y el temor por un amplio área del campo de Cartagena. Quizás conscientes de que la elevada presión policial a la que ya estaban sometidos se iba a redoblar tras el brutal apaleamiento de la pareja, los delincuentes cambiaron de estrategia durante varias semanas y trocaron los robos en casas habitadas y en comercios por simples robos con fuerza.

Durante los meses de febrero y marzo y los primeros días de abril de 2016 renunciaron a seguir apaleando a sus víctimas y a la intimidación con armas de fuego y armas blancas y se limitaron a reventar puertas de domicilios y empresas, que eran minuciosamente saqueadas, pero al menos no ponían en riesgo la vida de nadie. Con ese sistema desvalijaron al menos seis viviendas en Balsapintada, Cartagena, El Albujón, Dolores de Pacheco, Los Nietos y Fuente Álamo, y saquearon en esa misma localidad un pub del que se llevaron hasta las impresoras térmicas y la máquina de tabaco.

Pero las fuerzas de seguridad, encabezadas desde un tiempo atrás por los especialistas del Grupo de Delincuencia Organizada de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil intuían que no iban a tardar en volver por sus fueros. Y eso ocurrió el 9 de abril, hacia la una de la madrugada, cuando usaron un vehículo Hyundai para golpear en marcha al Mercedes que conducía un vecino de la zona de La Palma. Cuando este salió del coche para ver qué ocurría, se encontró con cuatro encapuchados, un brutal golpe en el rostro, una pistola en la cabeza y una voz que no dejaba resquicio a segundas interpretaciones: «¡Si te mueves, te mato¡».

Conservó la vida, pero no así el coche, ni 500 euros ni un reloj Lotus, que dio por bien perdidos a cambio de mantener el pellejo intacto.

Apenas tres días más tarde, cinco encapuchados -el grupo siempre iba presuntamente liderado por Chalal E.B.- penetraron en un garito de la avenida Juan Carlos I de San Isidro de Albatera, en la Vega Baja del Segura, y dejaron limpios de polvo y paja al dueño y a los cinco clientes que habían tenido la desafortunada idea de agotar la jornada echándose un trago al galillo, como se dice por esos lares. Nadie trató de resistirse, y si a alguien le cruzó la idea por la sesera la descartó en cuanto vio los modos que gastaban los atracadores y cómo le hacían un respiradero a la escayola con un disparo al aire.

Fue el último de sus golpes, pues apenas 24 horas más tarde la Guardia Civil desencadenó la 'Operación Estibador' con la que puso término a sus peligrosas andanzas. Aunque las sospechas apuntaban a que la banda podría ser responsable de cerca de setenta asaltos a viviendas y comercios en la Región de Murcia, Alicante y Almería, finalmente la investigación judicial parece haber hallado pruebas sobradas para atribuirles quince atracos. Más que suficiente para solicitar una condena global que supera los 432 años de cárcel y que, en caso de que se demuestre su culpabilidad, permitirá que los doce encausados pasen una larga temporada a buen recaudo.

Un martillazo en las costillas «¡Esto es un atraco!»

Por el momento, a raíz del desmantelamiento de la organización delictiva, los vecinos del Campo de Cartagena llevan ya meses sin sentir cómo la inquietud se instala en sus cuerpos con la caída de la noche. Que se lo digan al presidente de Coag en la comarca, Vicente Carrión, que fue de los primeros en catar las 'ensaladas de palos' que servía a domicilio la 'banda de lo encapuchados'.

Se acababa de quedar solo en la sede de la Cooperativa Agrícola y Ganadera de Cartagena (Coagacart), hacia las ocho de la tarde del 26 de noviembre de 2015, cuando tres delincuentes con el rostro cubierto penetraron en las instalaciones de Pozo Estrecho armados con una pistola, un hacha y un martillo. «¡Esto es un atraco; te vamos a matar!», le amenazaron mientras le apuntaban con el arma a la cabeza. Y para demostrarle que no estaban de broma le asestaron tal golpe en la espalda con el martillo que el mero recuerdo, al cabo de dos años, aún le duele.

Nada muy distinto de lo que le ocurrió al dueño de una joyería de Roldán que, un mes más tarde, recibió la indeseada visita de este grupo delictivo. Los asaltantes, cinco en este caso, y como siempre encapuchados, lo lanzaron al suelo tras propinarle varios golpes con un arma en la cabeza y después de dedicaron a desvalijar a conciencia las vitrinas, la trastienda en la que se guardaban las alhajas pendientes de arreglo y hasta a las dos o tres clientas a quienes la desdicha colocó en tan mala tesitura y que también se llevaron lo suyo.

Los ladrones huyeron con varias seras repletas de joyas y dinero. En justa correspondencia, no serán pocas las víctimas que hoy les deseen que escapen del juicio con un buen capazo... de años de cárcel.

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