Los anhelos que no frena el mar

Un grupo de menores inmigrantes recibe clases de español en Ankaso, uno de los centros de protección de la Comunidad, en Alguazas./Nacho García / AGM
Un grupo de menores inmigrantes recibe clases de español en Ankaso, uno de los centros de protección de la Comunidad, en Alguazas. / Nacho García / AGM

Más de medio millar de inmigrantes llegaron este año a las costas en patera en busca de un futuro que su país no les ofrece. La cifra duplica a la de hace unos años y obliga a habilitar de urgencia más recursos

Alicia Negre
ALICIA NEGREMurcia

Amadou supo desde bien pequeño que su futuro no estaría en su tierra, Guinea Bissau, junto a los suyos. «Un día mi padre me dijo 'tú no puedes seguir aquí. Tienes que salir a buscar tu vida'», recuerda con un relato apresurado y la mirada anclada en el suelo. Con solo 15 años, este adolescente, de sonrisa amplia, se embarcó en un largo viaje que lo trajo, hace un año y nueve meses, hasta las costas españolas. Un periplo cargado de sinsabores y temores que desembucha en un correcto castellano. «En Marruecos estuvimos varias semanas esperando, durmiendo en un bosque», rememora. «La Policía venía cuando nos íbamos y le pegaba fuego a las cosas. Fue un sufrimiento para mí». El viaje en patera para cruzar el Estrecho no fue mejor. «Estuvimos 24 horas en el agua, sin comida y sin gasolina», recuerda. «La gente lloraba y yo pensaba que iba a morir».

La desgarradora vivencia de Amadou ya no sorprende. El viaje que él emprendió lo inician cada día centenares de africanos. El mar no tiene fronteras. El peligro que entraña la brecha del Mediterráneo no consiguió frenar las aspiraciones de los cerca de dos mil inmigrantes irregulares que fueron sorprendidos en el último lustro tratando de alcanzar la costa murciana a bordo de una patera. Pese a la vigilancia y los acuerdos internacionales, la cifra no deja de crecer, imparable. De acuerdo con los datos que maneja la Delegación del Gobierno -que solo recogen la proporción del fenómeno que acaba siendo detectada por los efectivos de la Guardia Civil o de Salvamento Marítimo-, los 529 'sin papeles' sorprendidos el pasado año duplicaron el número registrado en 2015 y, sin embargo, la cifra ya se ha quedado pequeña. A dos meses aún de cerrar este 2017, suman ya 551 los inmigrantes que se jugaron la vida encima de una barcaza para llegar hasta Europa, la tierra prometida.

«Estuvimos 24 horas en el agua, sin comida y sin gasolina», recuerda el menor Amadou. «La gente lloraba y pensaba que iba a morir»

Esta es una arriesgada aventura que se cuela en sus pensamientos desde pequeños, que corre por las calles y se sienta a la mesa de las familias de muchos países africanos que, ante la miseria y la falta de perspectivas, ven en Europa un futuro. Una esperanza. Este es, además, un peligroso viaje que no solo afrontan los adultos. Como Amadou, más de 200 menores llegaron en patera en los últimos cinco años.

Su minoría de edad es un pasaporte de entrada. En la mayoría de las ocasiones estos adolescentes llegan a la Región solos y sin documentación o con una documentación dudosa, asegurando no haber cumplido aún los 18 años, una frontera invisible que lo cambia todo y que los libra de ingresar en los polémicos centros de internamiento (CIE). Ante la duda -y a falta de que las pruebas médicas lo confirmen- la Comunidad tiene la obligación de considerarlos como tales, de tutelarlos y de ofrecerles protección. En estos casos prima el interés del menor por encima de la infracción administrativa que supone entrar de forma irregular en el país.

El reto, sin embargo, es cada vez mayor. La Dirección General de Familia y Políticas Sociales ha pasado de atender 82 menores no acompañados en el año 2013 a 196 el pasado año, la misma cifra que ya se baraja en los diez meses de este 2017. En los últimos tiempos, la presencia preponderante de adolescentes marroquíes ha dado paso a un mayor número de argelinos, que, de acuerdo con los datos del Ejecutivo regional, ya suponen el 74% de todos los menores atendidos.

El pasado fin de semana, una nueva oleada de pateras acercó a otros 24 adolescentes hasta la Región. También este fin de semana, quizá amparados en la idea de que la crisis en Cataluña podría haber generado un desplazamiento de efectivos hacia esa comunidad y, por tanto, una mayor relajación en la vigilancia de la costa, han arribado hasta las costas murcianas 56 inmigrantes en pateras. La última, en la que viajaban nueve personas, llegó ayer mismo al puerto de Cartagena tras ser interceptada.

La Comunidad, que lleva acogiendo a menores inmigrantes desde los 90, habilitó esta semana de urgencias 25 nuevas plazas en centros para afrontar este fenómeno. «Por razones humanitarias tenemos que atender a estos menores, que suben a una patera poniendo en riesgo sus vidas en busca de una vida mejor», recalcó la consejera de Familia e Igualdad de Oportunidades, Violante Tomás.

Nacho García / AGM

Algunos de ellos, como el guineano Amadou, encontraron un hogar en Ankaso, un centro situado en Alguazas y gestionado por la Fundación Diagrama donde se ofrece residencia, formación y apoyo psicológico a estos chavales. La mayoría, explica el director del centro, Melchor Asumu, tienen entre 14 y 17 años. No hay ninguna chica. Predominan los procedentes de Argelia y Marruecos, aunque también hay chicos de países subsaharianos: Malí, Guinea Conakry, Guinea Bissau y Costa de Marfil.

Uno de los primeros pasos, remarca, es inculcarles las normas de convivencia del centro. «Es muy importante porque algunos han estado mucho tiempo en la calle y las normas que tienen son muy diferentes», explica Asumu. Otro de los frentes en los que primero trabajan los profesionales del centro es en el aprendizaje del idioma. «Cuando uno llega a un país y no entiende nada se siente aislado», afirma el director. «Les damos clases de español a saco, dos horas por la mañana y dos por la tarde».

Un año y nueve meses después de poner un pie en España, Amadou ya habla castellano con fluidez. «Yo no sabía ni una palabra», confiesa. Aficionado al boxeo, este joven cursa estudios de ESO en un instituto de Las Torres de Cotillas y aspira a forjarse un futuro para poder ayudar desde aquí a su familia. «Hablo con ellos todas las semanas», explica. «Mi madre me pregunta si me encuentro mal, pero no es así. Aquí me siento como en casa».

Ankaso es uno de los tres centros, con 43 plazas, con que cuenta la Comunidad para ofrecer protección a estos menores. Este acompañamiento, sin embargo, acaba por ley cuando los chavales cumplen la mayoría de edad. A partir de los 18 años, entran en juego las asociaciones, fundaciones y ONG que se encargan de servir de sostén a unos adolescentes que, la mayoría de las veces, aún precisan de ayuda para salir adelante.

Cruz Roja en su proceso de integración social y laboral. Mari Carmen García Ortuño, coordinadora regional del programa de inmigrantes de la ONG, explica que «el principal problema son los requerimientos legales». El permiso de residencia, crucial para optar a un puesto de trabajo de calidad, solo se puede obtener después de tres años de estancia en el país y, mientras tanto, la precariedad es prácticamente la única salida. El aprendizaje del idioma, recalca García, es otro de los campos de batalla.

Cáritas es otra de las entidades que se afana en ayudar a estos jóvenes a esbozar un futuro más prometedor. La ONG, a través de un programa que engloba a más de 300 personas -una treintena de ellas voluntarias-, cuenta con casas de acogida en Murcia, Cehegín, Jumilla y San Javier. En uno de estos pisos, en la pedanía murciana de Santo Ángel, una decena de jóvenes han formado una improvisada familia.

Ajamel es uno de ellos. A sus 19 años, este argelino ya lleva en España más de dos años. Llegó atravesando el Mediterráneo en una barcaza despedazada que a medio trayecto se quedó sin gasolina. «Estuvimos cuatro días a la deriva», recuerda con una sonrisa amarga. «Sufrí mucho». Gracias a la ayuda de la ONG, este joven venció su «timidez», aprendió a hablar español con destreza e inició unos estudios. Actualmente se forma como cocinero en la escuela de Cáritas y ha conseguido regularizar su situación en España.

Integrado en un equipo de fútbol de la pedanía murciana de La Alberca, este chaval de mirada limpia habla con soltura de sus planes de futuro. El recuerdo de su familia, sin embargo, le deja mudo. La añoranza de los suyos es uno de los pesos que estos jóvenes arrastran. Mohamed, otro de los inquilinos de este piso de Cáritas, lo sabe bien. Tiene 20 años y acaba de cumplir dos en España. El hecho de no tener permiso de residencia le impide, por el momento, viajar a su tierra a reencontrarse con su familia. «Hablo con ellos por teléfono», explica emocionado. «Espero poder ir pronto».

Tras aprender castellano y acudir al instituto, Mohamed dedica ahora sus días a formarse como electricista. Un oficio que lleva en la sangre. «En mi país trabajé mucho con mi tío, que era electricista», explica.

En la cocina de la casa, de una limpieza impoluta, Mohamed comparte desayuno con Amadou, uno de los inquilinos más jóvenes. Este guineano cumplió en enero su mayoría de edad. «Salí de mi país con 16 años y atravesé Mali, Burkina Fasso, Níger y Argelia hasta llegar a Marruecos», explica. Un viaje que, reconoce, fue «muy duro» y en el que subsistió gracias a la ayuda de la gente. El mayor de tres hermanos, Amadou tuvo claro desde pequeño que la situación de su familia le impedía seguir viviendo con ellos. «En mí país mucha gente sale para ayudar», cuenta. «Quiero quedarme aquí para estudiar, trabajar y ayudar a los míos». De momento, se afana en aprender a manejarse entre los fogones, una habilidad que espera le ayude a abrirse camino.

En su periplo, este grupo de jóvenes cuentan con la ayuda del trabajador social Salvador Martínez, técnico responsable del piso, que les ayuda a organizar las tareas de la casa, a encaminar su formación, a tramitar su documentación... Cuando entran en la vivienda, estos chicos firman un contrato que les permite respirar tranquilos durante seis meses. Martínez explica que, sin embargo, no es un plazo estricto y que este se adapta «hasta que pueden coger las riendas de su vida». Transcurridos los años, muchos de ellos regresan a las oficinas de Cáritas para hacerles partícipes de sus progresos y sus alegrías. «Es algo que nos llena mucho», subraya. «Nos emociona».

La Fundación Cepaim es otra de las organizaciones que trabaja para conseguir integrar a los inmigrantes llegados en patera. Jamila Amahjour, técnico de acogida de la asociación, explica que ahora mismo hay 45 personas alojadas en sus viviendas. La mayor demanda en los últimos años, subraya, se centra en jóvenes de entre 18 y 21 años. Es el caso de Islam Mebarek, un veinteañero argelino que llegó a España en 2012, cuando aún era menor de edad. «Estuve estudiando en mi país pero a mis padres no les llegaba el dinero», cuenta. La carencia de medios le obligó a dejar los libros, pero su hermano decidió ahorrar y, cuando juntó 250 euros, pagó a un grupo de gente para que le trajesen en patera a España. «Veníamos 25 chicos, pero solo seis éramos menores», recuerda. «Los mayores solo se quedaron 35 días y luego volvieron a Argelia». De acuerdo con los datos que maneja la Delegación del Gobierno, 205 'sin papeles' fueron repatriados el pasado año a sus países tras pasar unas semanas en el CIE de Murcia. En lo que va de año, son ya 182 los expulsados.

Otros ocupantes del CIE, sin embargo, corren una suerte diferente. Superado el plazo máximo de internamiento que recoge la ley -según el Ministerio de Interior, sesenta días-, muchos inmigrantes recobran la libertad y afrontan el reto de abrirse paso en el país sin haber regularizado aún su situación. Es el caso de Mohamed H., nombre ficticio, un argelino de 21 años que llegó a España en patera y pasó unos meses en el centro de internamiento. «En mi país no hay trabajo. No hay nada», explica con la ayuda de la técnico de acogida de Cepaim que le sirve de traductora, dado que aún no maneja el castellano. Precisamente en dar clases de español a todo trapo emplea ahora sus días. «Aún no puede hacer talleres de formación porque no tiene permiso de residencia», subraya Abdou M., que lamenta las numerosas trabas burocráticas con las que tropiezan los inmigrantes.

Ninguno de los jóvenes que protagonizan este reportaje tiene la idea de regresar, en un corto plazo, a su país. Vinieron convencidos de tomar la mejor decisión. Todos ellos aspiran a encontrar un oficio rápido que les permita ganarse el pan y, de paso, enviar un dinero que para su familia supondrá un importante impulso. El futuro, remarcan, está aquí.

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