La Verdad

«Por mi adicción al sexo llegué a prostituirme»

Juan, durante su conferencia.
Juan, durante su conferencia. / M. Semitiel
  • Un murciano habla sin tapujos sobre su 'sexolismo' y sobre cómo logra mantener a raya a una enfermedad que considera «todavía un tabú»

''Hola, me llamo Juan y soy sexólico, y estoy en vías de recuperación porque la lujuria me ha destrozado la vida''. Así se presenta este murciano, cuyo apellido prefiere no revelar para preservar su intimidad, en una de la conferencia de Sexólicos Anónimos celebrada en Murcia.

''Con cuatro años sufrí abusos de una mujer que me cuidaba cuando no estaban mis padres en casa. A esa edad me hice adicto a la masturbación. Me gustaba que aquella mujer jugase conmigo y tardé mucho tiempo en entender lo que había sido aquello. A los siete años yo ya no era un niño normal, descubrí en mi casa pornografía de mi padre y me hice adicto a ella. Con once tuve mis primeras relaciones con otras niñas mayores que yo. Mi padre era alcohólico. Mi madre me decía que la masturbación era pecado y que iba a ir al infierno. Por eso a los quince me fui de casa, porque me querían quitar lo único que me hacía feliz allí dentro, que era la masturbación''.

Su problema entonces no había hecho más que empezar, aunque él no lo sabía. La adicción de Juan por el sexo le llevó a poner en riesgo su vida, su trabajo, las relaciones con sus seres queridos. El sexo le llevó al alcohol, a las drogas: ''Estuve en otros programas, como Proyecto Hombre y Alcohólicos Anónimos, allí superé mi alcoholismo y la drogodependencia, pero seguía siendo adicto al sexo''. Juan trabajó para líneas eróticas e incluso llegó a vender su cuerpo, pero ''lo hice por placer, no por el dinero. También fui chulo, porque lo único que yo quería de esas mujeres era tener relaciones con ellas''.

Una persona enferma

La crudeza de sus actos no debería cegar la realidad que hay detrás de sus palabras: ''Yo era una persona enferma, con una mente enferma. Necesitaba tener relaciones diarias y continuas. Puse en riesgo mi vida entera, mi matrimonio, todo... Hasta que me di cuenta de que necesitaba ayuda'', relata. Después de haber cumplido todas sus fantasías sexuales, Juan se declara ahora como una persona ''sobria'': que no mantiene relaciones fuera del matrimonio y las que tiene con su mujer son ''sanas y libres’'.

Lo que Juan llama sexolismo, en los manuales de Psicología aparece bajo el nombre de hipersexualidad: ''Es una enfermedad mental como todas las adicciones, con los mismos patrones, en la que la persona es incapaz de controlar y evitar una conducta'', explica Jesús Valera, especialista en tratamiento de adicciones y perteneciente al Colegio de Psicólogos de Murcia.

Esta patología resulta, en ocasiones, difícil de entender en sociedad, "porque el sexo es todavía un tema tabú para muchas personas", advierte Juan. Tanto él como Valera creen que hay muchas personas adictas al sexo que no saben que lo son. ‘"Probablemente lo primero que estas personas hayan pensado de sí mismos es que son unos viciosos, asquerosos o putas en el caso de las mujeres. Se avergüenzan de sí mismos y eso les genera muchas más dificultades de reconocimiento del problema, porque la primera reacción es el miedo ante lo que van a pensar de nosotros"’, secunda el psicólogo.

La adicción al sexo se parece mucho a la adicción a la comida: no hay una sustancia externa que la provoque, como en el alcoholismo o en la drogadicción, ''pero sí hay sustancias internas que modulan el cuerpo a través de los neurotransmisores'', continúa Valera. ''Normalmente no es un trastorno que vaya solo, suele ir acompañado de problemas de personalidad, depresión u otras cosas, y tampoco sabemos qué patología se origina como consecuencia de la otra’", incide.

La solución

El psicólogo sabe que la solución a la hipersexualidad de Juan no es dejar de desear a otras personas, "porque el deseo no se puede controlar y se tendrá siempre"’. En un primer campo, habría que "identificar cierto tipo de conductas o situaciones para que no se repitan y así conseguir que las relaciones sexuales se normalicen". Conseguido esto, "lo más importante es no ceder ante ese deseo, no llevarlo a cabo", sentencia Valera.

En el programa de Sexólicos Anónimos, los adictos aprenden a no llevar a cabo ese deseo de tres maneras. "Cuando nos aborda la lujuria, lo primero que hacemos es intentar apartar ese pensamiento cuanto antes. Si no podemos, confiamos en un poder superior a nosotros que nos ayude a pararlo, a través de pequeñas oraciones o mantras que recitamos hasta que ese pensamiento deja de tener fuerza. Y si aún así no se consigue, entonces llamas y pides ayuda", explica Juan.

Pero si algo le ha ayudado a él a parar su adicción, es pensar en "el después'' de una relación. ''Siempre me digo: no olvides el después, cómo te sentirás cuando ya haya terminado la relación sexual: sucio". ''Tras las relaciones promiscuas, las mujeres hermosas estaban sucias, el local estaba sucio, ya no era todo tan bonito. Cuando salía del local, yo estaba sucio, después de haber tenido relaciones durante toda la noche, veía a los padres que llevaban al colegio a sus hijos y los míos estaban abandonados en mi casa'', hace una pausa y se emociona antes de decir: ''Nadie se imagina lo mal que se pasa. Fue muy duro''.

Superar la adicción

''Pero para salir de aquí, hay que querer. Nadie te va a ayudar si tú no reconoces que necesitas ayuda y la pides. Y normalmente eso solo sucede cuando has llegado al límite, cuando estás ya en el precipicio y has arruinado tu vida'', cuenta Juan. Por eso, cuando los adictos llegan a Sexólicos Anónimos, el primer paso es admitir "que somos impotentes ante la lujuria y que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables", reza el manifiesto del programa.

''La adicción es muy difícil de parar porque afecta a todo el ser, no solo es un aspecto físico, sino también psicológico/emocional y social/espitritual'', asegura Rafa, otro sexólico que acompaña a Juan durante la conferencia y que tuvo un pasado con graves problemas con la pornografía.

Ellos reconocen que no son profesionales psicológicos pero que, como en el programa de Alcohólicos Anónimos en el que está inspirado el de sexólicos, ''nos ayuda mucho hablar con otras personas que han pasado por lo mismo que nosotros''. Ese programa de recuperación está estructurado en doce pasos que culminan con ''la entrega a los demás, porque ayudar a los demás a superar la misma adicción que tú es muy satisfactorio'', reconoce Juan.

El programa de recuperación: Los doce pasos

Juan tuvo que llegar a Sexólicos Anónimos para poder controlar un comportamiento que se le escapaba de las manos. El programa, inspirado en el de Alcohólicos Anónimos, comenzó en California en los años 80 y en mayo de 2016 ya aglutinaba a 14.000 miembros repartidos en 1.800 grupos de trabajo por 50 países.

"Son programas de autoayuda que no indagan en lo que hay detrás de esa adicción, se basan en reconocerla y en generar estrategias de control a través de terapias de grupo, hasta que los adictos consiguen alejarse de los estímulos que les propician esa conducta", explica Valera."Como programa está muy bien, pero yo siempre aconsejo a estas personas que vayan a un especialista para entender qué hay detrás de esa patología", puntualiza.

Temas