La Verdad

Con la ciencia sí se juega

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Alumnos del IES Floridablanca hacen explosionar burbujas de hidrógeno. / J.C./ AGM

  • Miles de escolares 'investigan' con 'chuches' cristalizadas y el ADN del tomate en El Malecón. Universidades, institutos, organismos, hospitales y empresas visten de fiesta la investigación hasta el domingo para divulgar sus proyectos entre los niños y adolescentes

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Los ojos de Iván se abren como platos cuando la burbuja de hidrógeno creada con jabón y salfumán explosiona. «¡Cómo mola!, ¿lo puedo prender yo?». Sí puede. En la Semana de la Ciencia y la Tecnología SeCyT 15, los chavales pueden hacerlo casi todo. Una experimentación de primera mano a la que tienen acceso en contadas ocasiones, y que en apenas una mañana da sus frutos: si a primera hora llegaban expectantes ante la perspectiva de pasar una mañana fuera del aula, a mediodía, decenas de ellos querían ser físicos, químicos, informáticos... «Yo es que no sabía que la ciencia era esto; en clase es mucho más aburrido», comentaba Mar, alumna de primero de la ESO del colegio Narval de Cartagena, después de diseccionar un ojo (de conejo) con la curiosidad innata de los niños acerca del funcionamiento de las cosas y del mundo que les rodea.

Descubrir al asesino siguiendo la secuencia del ADN de un tomate, elaborar palomitas con nitrógeno líquido, programar un robot capaz de cuadrar el cubo de Rubik, fabricar nieve artificial, simular un volcán con lava, explotar globos con láser, e incluso armarse como IronMan mediante una aplicación que capta e integra en tiempo real los movimientos humanos en un entorno virtual. Juegos a simple vista, ciencia pura y dura en realidad, pero vestida de fiesta para acercarla a los escolares y tratar de despertar, donde duerma, su vocación científica.

Y sus sueños, que en la imaginación de Isa Ballester, alumna del colegio de La Milagrosa de Totana, pasan por disfrutar de un 'skate park' en la puerta de casa. Ayer le dieron la oportunidad de hacerlo realidad en el taller de urbanismo y edificación planteado por la Universidad Politécnica de Cartagena, que permitía a los escolares diseñar una porción de ciudad sobre las vías del tren ya, imaginariamente, soterradas en Santiago el Mayor (Murcia).

A Gonzalo, estudiante de tercero de la ESO en el Juan XXIII, le tira más el CSI, y ayer disfrutó de lo lindo en el taller de Criminología de la Universidad Católica recreando el escenario de un delito y revelado huellas dactilares y muestras óseas. «Creo que he aprendido más en una mañana que en todo lo que llevamos de trimestre en el colegio», comentaba ya agotado, pero barruntando la idea de volver este fin de semana para participar en el taller de robótica. El mismo en el que Ivan y sus dos compañeros del colegio La Inmaculada de Cartagena fueron capaces -«después de varios fracasos estrepitosos, que todo hay que decirlo»-, de programar un robot de piezas de Lego capaz de cargar objetos. «Lo que mola es hacerlo tú mismo, llegar al final por tus propios medios, aunque te equivoques cien veces como nos ha pasado a nosotros y tengas que repetirlo cien veces», reflexionaba ya superada la prueba.

Entre las hordas de escolares -solo ayer visitaron la feria un centenar de colegios, y nada menos que 9.000 chavales, los más pequeños de Primaria trataban de hacerse un hueco en el taller de cristalización de 'chuches', de la Universidad de Murcia y se manchaban las manos encantados en el taller de escultura.

El esfuerzo de divulgación de los científicos de las tres universidades murcianas, organismos como el CSIC, la Aemet, el Imida o el Ceeim, será hasta mañana tan extenuante como la curiosidad de los escolares, agolpados ante unos expositores cada año más rompedores. «Merece la pena. Aprenden muchísimo, son esponjas y disfrutan. Al mismo tiempo, esto obliga de alguna manera a los investigadores a ponerse las pilas y a 'vender' su trabajo a un público muy exigente», comentaba satisfecho Antonio González, director de la Fundación Séneca, impulsora de la macroexposición, que este año, además de ocupar 13.000 metros cuadrados habilitados en el jardín de El Malecón de Murcia, se ha extendido hasta el Arsenal Militar, Museo Naval y Teatro Romano de Cartagena. Y los científicos, agotados por momentos, pero también satisfechos de ver las caras de asombro de los chiquillos ante sus trabajos. «¿De qué sirve que nos dejemos la piel en el laboratorio si nadie se entera?», planteaba, en mitad del trajín, Lola Pardo, del Servicio de apoyo a la Investigación de la UMU.