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Los rituales del agua y del vino

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Los rituales del agua y del vino

Caravaca vive la próxima semana las Fiestas de la Vera Cruz enraizadas en el medievo

26.04.13 - 21:15 -
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Los rituales del agua y del vino
Vista panorámica de Caravaca de la Cruz, con el Castillo y el Santuario coronando la ciudad

La leyenda precede a las fiestas grandes de Caravaca, las Fiestas de la Vera Cruz. Una leyenda tan bella como irreal que remonta el origen de estas celebraciones al sitio que sufrieron los cristianos de manos de los árabes en el Castillo. Sin capacidad para vencerlos tras las murallas, contaminaron las aguas y unos intrépitos caballeros consiguieron burlar el cerco y subir vino al Castillo que, bendecido con la Vera Cruz, consiguió curar a los pobladores de la villa.

Aunque sin base real -confiesa Diego Marín, caravaqueño experto en la historia medieval de esta ciudad-, esta leyenda ha corrido como la pólvora y en muchos textos se sigue contando hoy en día como germen de estas fiestas. No obstante, el origen de las celebraciones se remonta al medievo, antes de la reconquista de Granada. De hecho, uno de los actos centrales de la festividad, el Baño o Bendición del Agua tiene su origen en 1384 y ya en documentos de 1530 hay testimonios escritos sobre esta celebración que atrae a miles de turistas todos los años y que llena de color Caravaca.

Estas fiestas están ligadas, no obstante, al agua y al vino (un producto que se prodigó en Caravaca hasta que la filoxera acabó con todas las cepas). El paseo empieza por ello en El Templete, una construcción de estilo barroco iniciada en la segunda mitad del siglo XVIII y terminada en 1801, que ha sido escenario, al menos desde el siglo XIV, del Baño o Bendición del Agua.

Este acto -cuenta Diego Marín- tenía como finalidad dotar a las aguas de la propiedad de matar a la langosta, cuyas plagas lo arrasaban todo hasta el siglo XX. Es el 3 de mayo, día de la Vera Cruz, y es el origen de las fiestas de moros y cristianos, puesto que en tiempos en que las escaramuzas eran frecuentes y la vida se desarrollaba intramuros, una guardia armada escoltaba la Vera Cruz para evitar que los almogáraves aprovecharan la bendición para robarla, atacar o secuestrar a los que se aventuraban a salir a esta tierra de nadie. Este día, por la tarde y tras la procesión, en la Cuesta de la Cruz (20.20 h.) se representa el Parlamento entre el rey cristiano y el sultán moro y, después, realizan un simulacro de combate, antes de que se produzca el Baño de la Cruz (21.00 h.). Una representación que adoptó su forma actual en el siglo XIX.

También El Templete -junto al que pueden visitar la Casa de Sebastián Erice y O'Shea Muso (hoy casa de cultura), levantada en el siglo XIX sobre parte del Convento de los Jerónimos, y también la iglesia parroquial de la Purísima Concepción, arquitectura religiosa popular del siglo XVI con su artesonado mudéjar sobre columnas dóricas- centra el inicio de la actividad en el día grande de las fiestas (el 2 de mayo), el de los Caballos del Vino. Esta parte de la fiesta está ligada al elixir de dioses con el que los pobladores de Caravaca pagaban su diezmo a la Orden de Santiago y que subían hasta el Castillo para que se bendijera -origen de las actuales carreras-.

Sesenta peñas caballistas participan siguiendo gran parte del ritual, acompañados, eso sí, también de los bandos moros y cristianos. «Mantienen la bandera, con la que antaño se indicaba la bodega de la que procedía el vino, aunque ya no se llevan los pellejos con el vino, que antiguamente iban protegidos por colchas bordadas (origen de los mantos, muñequeras, pecho petral y el resto de elementos del enjaezamiento que cada año bordan con primor para cada una de las peñas)», ilustra Diego Marín.

Ya vestidos con sus mejores galas, tras la misa, los Caballos del Vino realizan su primera carrera del día por la Calle del Hoyo (9.30 h.) e inician un desfile que recorrerá las calles con más sabor del casco histórico caravaqueño (plaza de los Caballos del Vino, calle Canalejas, Vidrieras, Gregorio Javier, plaza del Arco...) y hasta donde merece la pena acercarse para disfrutar más a fondo de esta fiesta. Si, en el ajo, se asoma por la estrecha calle Nueva, verá al fondo la estampa del Castillo y el Santuario.

De igual forma, los bandos moros y cristianos recorren a partir de las 12 del mediodía la ciudad y, aunque pasan por la Gran Vía, los caravaqueños recomiendan acercarse a la calle Mayor para verlos, «una calle con más personalidad que la Gran Vía». Finalmente, el alcalde entrega la tortada de flores a la Vera Cruz en nombre del pueblo. «Antes -cuenta Diego Marín- la tortada la elaboraban las monjas del Convento de las Carmelitas, fundado por San Juan de la Cruz en el año 1586, pero en 2003, con las bendiciones del Obispado y del Ayuntamiento, pasó a manos privadas para transformarse en hotel», recuerda Marín, aunque todavía se encuentra cerrado a cal y canto, puesto que la crisis truncó los planes. Esto tiene revueltos a los caravaqueños, que en las últimas semanas han colocado carteles reivindicando que se abra al público para que pueda ser visitado.

La ofrenda floral tiene lugar en la esquina de la muerte -llamada así por la calavera esculpida en el chaflán de la iglesia del Salvador que da a la plaza del Arco-, lugar donde se encontraba la puerta de acceso a la villa amurallada. Tras este acto, la bendición del vino y las flores por la Vera Cruz marca el inicio de las carreras de los Caballos del Vino, que concentran a caravaqueños y turistas en la Cuesta del Castillo para disfrutar de uno de los momentos más esperados del año y para lo que los caballistas de las sesenta peñas se entrenan y preparan durante todo el año.

No pierda la oportunidad de acceder al interior de la iglesia de El Salvador, donde estaba la vicaría de la Orden de Santiago y que se empezó a construir en 1540, aunque se quedó a medio -como muestra el último arranque de la arcada, que quedó inconcluso-, aunque sigue siendo majestuosa, con sus altísimas bóvedas sustentadas sobre nervios góticos de crucería y el retablo de su altar mayor, procedente de la iglesia de los Jesuitas.

Hay otra cita ineludible para el visitante que quiera empaparse del espíritu de estas fiestas y es la carrera a pelo, previa al concurso de caballos a pelo, que se celebra el 1 de mayo en la plaza de los Caballos del Vino. Las peñas corren con sus caballos sin enjaezar, con solo dos mozos, cuando van de camino al barrio del Hoyo, una zona en la que tradicionalmente todos tenían su cuadra con caballos de labranza, que luego participaban en la carrera. Hoy los caballos, que ya no trabajan el campo, se entrenan todo el año con los caballistas para batir marcas y la carrera del día 1, por la cuesta de las Quinielas (c/ Gregorio Javier), es la más salvaje e informal. En ella, los mozos hacen alarde de la potencia de sus monturas y los equinos se desbocan con frecuencia. Luego, cuando se elije al mejor caballo, caravaqueños y visitantes aprovechan para admirar los enjaezamientos que los caballos vestirán al día siguiente y que están expuestos en varios locales del pueblo.

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Detalle de la aldaba de una de las puertas de las casonas de Caravaca.
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Uno de los mantos bordados con los que vistieron a un Caballo del Vino, que actualmente se encuentra expuesto en el Museo de la Fiesta