A quien le guste el vino y quiera conocer algo más que las cuatro etiquetas que sabe de memoria cualquier hijo de vecino, le recomiendo que se apunte a los cursos de formación que imparte el Centro de Cualificación Turística de Murcia (CCT), donde encontrará todo tipo de especialidades: que pruebe mucho vino -en catas organizadas- y que visite una bodega de la Región, donde en un par de horas, los amables bodegueros le explicarán todo el proceso del vino a las mil maravillas.
Con estas visitas uno estructura sus conocimientos para toda la vida: tipo de uva, de terreno, meses de barrica, tipo de fermentación,... Además, dar cuatro paseos por estos campos pedregosos dan un hambre atroz, que convenientemente podrá paliar en estas tierras ricas en productos.
Yo contacto con José María, de bodegas Casa Castillo. No solo porque me gusten sus vinos, sino porque sé que esta es una de las cuarenta y dos bodegas con Denominación de Origen en Jumilla, en la que han trabajado tres generaciones de bodegueros y me interesa conocer in situ la evolución que ha sufrido. Pero en realidad da un poco igual la bodega que elija, todas tienen algo interesante. Una idea que están promoviendo en Jumilla los restaurantes, comercios y bodegas es el turismo etnológico, que consiste, básicamente, en que si un grupo de amigos llama a una bodega para reservar, esta puede ofrecer la reserva de un restaurante o viceversa. «La idea es estar conectados para facilitar la visita turística a todo el mundo». Todo esto, acompañado de actuaciones musicales, teatro y demás espectáculos artísticos programados.
Reconozco que la cata en Casa Castillo la hago en ayunas. Cinco o seis sorbitos son suficientes para desear con todas mis fuerzas llegar al restaurante San Agustín, donde me espera un arroz y conejo con caracoles meloso, unas costillitas de cabrito con y sin ajetes tiernos y unas tapas especialidad de la casa, a base de croquetas de gachasmigas, pañuelitos de queso y mermelada, y unas deliciosas empanadillas de carne.
Pedro Piqueras, el propietario del local -no el presentador de informativos-, es un fiel defensor del arroz hecho a la murciana, lejos de copiar las técnicas alicantinas, donde el arroz queda seco e incluso el socarrat es casi imprescindible en sus paellas. «El nuestro siempre ha sido meloso y debe de seguir siéndolo», afirma contundentemente. Según me cuenta, el queso frito con mermelada es la forma en la que las mujeres de la zona presentaban desde hace muchos años este extendido plato, «a pesar de que en algunos locales lo hayan descubierto hace unos meses».
Tiernas costillas y crujientes aperitivos dan paso a las tradicionales peras al vino y a un arroz con leche de cabra. ¿De cabra? Sí, de cabra. Mientras voy quitándole cachitos a la pera, Pedro comienza a preparar un 'Vin tónic', que no es otra cosa que un gin tónic en donde simplemente se añade un poco de vino de Jumilla a la copa repleta de cubitos, para envinarla al tiempo que se enfría. Luego termina la copa con una ginebra que tiene una maceración de uva -de ahí lo de añadir vino-.
Terminada la velada, vuelvo a la capital por la recién estrenada autovía -a ver cuándo llega a Yecla- después de haber disfrutado de una jornada rica en conocimientos y en experiencias gastronómicas.