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Mazarrón, visto con otros ojos

Excursión con toda la 'troupe'

Mazarrón, visto con otros ojos

Todo lo que hay que contemplar, entre el mar y la mina, en esta villa que cumple 440 años, guiados por el fotógrafo Juan Sánchez Calventus

24.05.12 - 10:37 -
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Animados por el buen tiempo, ponemos rumbo a Mazarrón, en plenas celebraciones por el 440 aniversario de su fundación como villa. Y buscamos otros ojos, que no son los nuestros, con los que mirar, y descubrir, este municipio nacido entre el mar y la mina. El fotógrafo y técnico municipal Juan Sánchez Calventus (alma ‘mater’ del certamen Fotogenio; más de mil inscritos en su última edición) acepta el reto. Y nos regala varias de sus mejores instantáneas para guiarnos por los rincones que no hay que dejar de ver cuando se alcanzan estas tierras a las que Felipe II otorgó la independencia de Lorca el 1 de agosto de 1572.
Un mar cristalino
Un Mediterráneo aún puro y sin masificar se asoma a los diecisiete kilómetros de calas vírgenes que jalonan la costa mazarronera desde el Rincón de Bolnuevo hasta Parazuelos. Visitar Mazarrón y no acercarse a conocer esta franja marítima debería ser pecado. Desde el poblado de pescadores de Bolnuevo hay que seguir la carretera hasta la subida de Puntabela; allí, si el día está claro, obtendrá una de las mejores vistas de este paraíso salado, refrescante y cristalino. Puede recorrer el camino en coche, pero es estrecho, de tierra y con tramos llenos de socavones. Las distintas calas están señalizadas, así que solo tiene que elegir la que más le guste. Si piensa pasar el día con la familia, no olvidé llevar algún tentempié porque la civilización queda lejos. Dos de los mejores baños (aviso: varias de las calas están consideradas como nudistas) se toman en la Grúa (el fondo es de piedra, así que no olvide los escarpines y las gafas de bucear) y Percheles (aquí es mejor llegar desde Cañada de Gallego, en la carretera de Águilas), con forma de media luna, arena dorada y palmeras de postal. Un consejo: de vuelta, no olvide hacerse una fotografía junto a las erosiones de Bolnuevo, unas rocas arcillosas modeladas caprichosamente por el viento. También puede realizar otra parada en la torre de los Caballos, junto a la ermita de la Virgen del Milagro, un puesto vigía construido en el siglo XVI para defender la villa de los ataques de los piratas berberiscos y que hoy se ha habilitado como un pequeño museo.
Un barco para la historia
La playa de La Isla, al otro lado del faro del Puerto de Mazarrón, atesora un barco con 3.000 años de historia. Esta embarcación fenicia se hundió cerca de la costa, aún no se sabe por qué, para reaparecer hace tres décadas, cuando la arena se retiró por un cambio en las corrientes marinas. La barcaza, que ha desvelado algunos de los secretos de la navegación de esta civilización de Tiro, permanece a buen recaudo guardada en un arcón metálico en el fondo del mar. Así que no está a la vista, pero, a pie de playa, un centro de interpretación (abre los sábados por la mañana y por la tarde y los domingos solo en horario matinal) enseña al público los detalles de este yacimiento arqueológico. Muy cerca de allí, se conserva una fábrica de salazones de época romana, también convertida en museo. En la mista puerta, arranca el moderno puerto deportivo, que se une al paseo marítimo para acoger una amplia oferta de restaurantes, bares de copas y tiendas. Parada obligatoria para recuperar fuerzas.
Un paisaje de otro mundo
Fenicios y romanos llegaron a Mazarrón atraídos por la plata que afloraba en estas tierras. Esa riqueza hace tiempo que se agotó, pera ahora las explotaciones tienen otro encanto. Los tres cotos del pueblo están protegidos como bien de interés cultural, por su interesante arquitectura industrial en mitad de un paisaje que parece de otro planeta, debido a los tonos cromáticos que destilan los restos de mineral. Pozos, chimeneas, castilletes, lavaderos y fábricas forman un conjunto abandonado y silencioso, como si aquí ya hubiera llegado el fin del mundo. El coto minero más accesible es el de San Cristóbal-Los Perules, a la entrada del pueblo por la carretera de Murcia. Pero no es un lugar muy seguro, y menos si va con niños, debido a la gran cantidad de galerías que hay en el terreno. Lo mejor es que si desea subir, pida consejo en la oficina de turismo (teléfono 968 594 426) donde organizan rutas guiadas. Otra muestra de esa riqueza puede contemplarse en el corazón de la villa. El edifico de las Casas Consistoriales, monumento nacional acondicionado como sala de exposiciones, se levantó en 1889 como reflejo de la época dorada que vivía el pueblo gracias a la minería. Así que no se ahorró en detalles: papeles pintados en las paredes, cortinas de terciopelo en las ventanas, tarima de roble en el suelo y mobiliario de madera maciza traído de Barcelona en barco. Eran otros tiempos, que todavía hoy asombran.
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