
Vistas de la huerta desde el cabezo de la Cruz, en Cabezo de Torres. Foto: Fan Manzanera.
-¿Para llegar a la ermita de San Roque?, pregunto despistado cámara de fotos en mano.
- Suba esa cuesta. No tiene pérdida. ¿Es que van a arreglarla por fin?, me pregunta un vecino, que comparte conversación al sol de invierno con otros parroquianos, confundiéndome quizás con algún técnico.
Desde luego, falta le hace. Porque el pequeño templo que corona la pedanía murciana de Algezares se mantiene en pie de milagro. Una gran grieta recorre la fachada principal, que de no ser por un puntal lo más probable es que ya se hubiera venido abajo. La atalaya donde se levanta la ermita es uno de los catorce enclaves incluidos en una red de miradores estratégicos para que los ciudadanos disfruten de las mejores estampas del paisaje que rodea la capital murciana. El proyecto para acondicionar estos balcones naturales, en el que colaboran el Ayuntamiento de Murcia y la Comunidad Autónoma, se presentó hace ahora justo un año, aunque de momento sigue atascado por falta de financiación. Aunque sin arreglar, los tres miradores más próximos a la urbe (a menos de 5 kilómetros de la capital) ofrecen excelentes vistas de la huerta y la sierra. Es otra forma de ver Murcia, eso sí, no hay que tener miedo a las alturas ni quitarle ojo a nuestros acompañantes más pequeños.
El monte de San Roque (Algezares). La ermita de San Roque ocupa una de las dos colinas que dominan la pedanía. Desde la carretera es bien visible la figura del pequeño templo, de nave única, que acogía la imagen del patrón de Algezares. La construcción data del siglo XVIII. Cerrada a cal y canto desde hace décadas, los vecinos aguardan la restauración que la salve de la ruina. Frente a la puerta, coronada por una hornacina y la típica espadaña, se abre una plazuela encementada que mira hacia la huerta (o lo que queda de ella) rasgada por el nuevo vial de la costera sur. Una valla metálica dificulta la vista a cambio de un poco de seguridad. Al oeste, la panorámica se completa con el santuario de la Virgen de la Fuensanta, y al este, las pinadas de la Cresta del Gallo que llegan hasta el barrio de la Cruz. De regreso, si la iglesia parroquial está abierta aproveche para admirar el artesonado de su techumbre. Si no, confórmese con la portada de estilo renacentista. Algezares alcanzó relevancia en el siglo XIX, cuando llegó a tener ayuntamiento propio hasta en dos periodos. En la calle principal, dedicada a Saavedra Fajardo, uno de sus vecinos más ilustres, encontrará edificios civiles de adornadas fachadas que dan fe de ese pasado poderoso.
El cabezo de la Cruz (Cabezo de Torres). El Carnaval reina hasta el domingo en Cabezo de Torres. Aproveche para divertirse con los desfiles y la sátira de las comparsas y de paso contemplar una vista única de la vega. Varios caminos conducen a la cima del cabezo de la Cruz, pero el más directo arranca en la calle Calvario. Es posible llegar casi a la cima en coche, aunque el trazado es estrecho y empinado. Así que mi recomendación es que complete el recorrido dando un paseo para fortalecer las piernas. Comprobará que aquí arriba todo tiene nombre de altura: hay un restaurante especializado en carnes a la brasa y arroces a la leña que se llama ‘Las cumbres’, y las calles, como no podía ser de otra forma, llevan denominaciones como Revolcadores (la cima más alta de la Región) y Mulhacén (3.488 metros de altura, en Sierra Nevada). A esta colina también se la conoce como la ‘montaña azul’ desde que un vecino, Diego López ‘El profeta’, le diera por pintar de ese color las piedras. Hasta los cajones que sirven de cobijo a los palomos de competición están decorados. Desde este balcón natural se obtiene una magnífica panorámica de las plantaciones de cítricos y hortalizas y de las sierras que abrazan la urbe.
El cerro de San Cayetano (Monteagudo). A los pies de la impresionante fortaleza árabe de Monteagudo, se ubica el tercer mirador urbano de esta ruta paisajística. En ese emplazamiento, se encuentra el centro de visitantes de San Cayetano (junto a la ermita del mismo nombre), levantado para dar a conocer la historia de este cerro amurallado donde se conservan restos de la calzada romana que unía Cartagena y Fortuna. La obra, que costó algo más de 2,2 millones de euros al Consorcio Murcia cruce de caminos, se terminó hace dos años, pero las instalaciones todavía no se han abierto al público. Una pena, porque la inversión hubiera servido de tirón para recuperar una zona degradada en un enclave estratégico de Murcia. Desde esta azotea se domina la huerta más productiva, que se extiende al este del municipio, y es fácil imaginarse la importancia que durante siglos mantuvo la fortaleza, a 149 metros de altura, por su ubicación fronteriza entre dos reinos. Sus muros acogieron entre otros al Rey Lobo y al monarca Alfonso X El Sabio. Hoy día campa a sus anchas el abandono.