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LORCA

Exiliados a la fuerza

21.01.12 - 01:10 -
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Camino del primer aniversario de los terremotos del 11 de mayo que sacudieron a Lorca, son muchas familias todavía que aún buscan un campamento base provisional, lejos de su hogar. Aún hay edificios sin levantar y, en el mejor de los casos, sin rehabilitar.
Del éxodo de lorquinos que desembarcaron en Águilas la pasada primavera queda un último tercio, esperando a la normalidad. Una de estas historias la protagonizan Ramón Jiménez Jódar -primo del alcalde lorquino- y su mujer, Juani Albaladejo, trabajadora del hospital Rafael Méndez.
El matrimonio se refugió en la casa de su hijo en Calabardina después de saber que su edificio -situado en la calle Carlos María Barberá- tenía los pilares afectados, los tabiques hecho añicos y una pegatina amarilla que decoraba el portal.
La comunidad de vecinos ha recibido a primeros de años casi 300.000 euros para rehabilitar el edificio, y en breve empezarán las obras, a la espera de los permisos municipales. «Es algo menos de lo que pedimos, pero debemos conformarnos», asegura este jubilado y exempleado de Correos, que para agarrase a la tierra con los pies, viste cada día con su chapa de 'Lorca somos todos'.
Durante estos meses, se han instalado en una casa prefabricada de 27 metros cuadrados en un camping de Lorca, donde convive el matrimonio con un familiar dependiente y varias mascotas. Por eso, cada vez que pueden, toman rumbo a la cómoda casa aguileña. La tranquilidad de Calabardina es la mejor terapia para acostumbrarse a esta situación pero la morriña ya se hace notar en ambos. «Tenemos ganas de volver y que Lorca retome la normalidad de antes», aseguran.
Aquel 11 de mayo, mientras ejercía su derecho a la siesta, Ramón Jiménez vibró con la primera sacudida. Se levantó sobresaltado y encontró sobre el suelo las consecuencias del seísmo. Como muchos, tomó por instinto de supervivencia a su familia y bajó a la calle en busca de protección.
Allí, vivió el segundo temblor, «devastador». Abrazó a su mujer, que no pudo reprimir los gritos cuando vio una pared caer sobre un coche a escasos cinco metros. Sin embargo, en sus caras no se ve reflejado ni un atisbo de angustia, más bien alegría por poder contar aquella pesadilla colectiva. Eso sí, el susto sigue en el cuerpo. Una réplica de 2,9 grados hace unos meses fue más que suficiente para refrescar el miedo. «Estaba con el ordenador y mi mujer pegó un salto y salió corriendo por el camping».
Entre tantos sentimientos, no pueden disimular su indignación por la tardanza en llegar las ayudas prometidas. «Prometen, dicen y dicen, pero no llegan todas las ayudas necesarias y Lorca necesita mucha ayuda». Según sus previsiones, para el verano volverán a su hogar.
El 'alcalde' en Águilas
A Julio Martínez Fenor -conocido en Lorca como el 'alcalde'- no se le borra la sonrisa de la cara, pese a que su edificio de la calle Benemérita fue el primero que las autoridades decidieron demoler por los irreparables daños en su estructura. A sus 71 años, este jubilado y ahora empedernido jugador de cartas, ha tomado el camino contrario que la mayoría de jóvenes en paro: ha vuelto a casa… de su hijo, que tiene una vivienda en Calabardina, justo al lado precisamente del exalcalde Miguel Navarro.
Se pone serio cuando recuerda aquel fatídico día, en el que tuvo que dormir en uno de los campamentos instalados por Cruz Roja. «Es lo más gordo que he vivido nunca. La primera noche dormí en una silla, con una manta. Fue un caos».
Entre todos sus recuerdos, se fija en un momento. Julio caminaba por las calles de Lorca, en mitad del barullo, cuando varios agentes de la Guardia Civil se acercaron para pedirle con desesperación que se desplazaran por mitad de la vía por la posibilidad de un nuevo temblor y nuevos desprendimientos. «Fue espantoso y los lorquinos nunca olvidaremos ese día».
Entre vino y partida, pasa los días en Águilas, a la espera de que empiecen las obras de su nuevo edificio. Los vecinos ya han empezado a cobrar las ayudas, y ahora están esperando que el Ayuntamiento dé luz verde al inicio de la construcción. Como todos estos forzados exiliados, tiene ganas de volver a Lorca. Sus amigos aguileños, también. «Llévatelo de aquí», bromean. Ha veraneado 30 años en la pedanía aguileña, y en este tiempo ha hecho una buena colla de amigos. «Después de todo, no puedo quejarme de mi situación».
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