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Respeto entre rejas

La mitad de los internos de Fontcalent participan en un programa que ha hecho caer el nivel de conflictos y mejorado la vida carcelaria

11.12.11 - 09:39 -
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Hace 10 años, en el Centro Penitenciario de Mansilla de las Mulas, en León, se llevó a cabo una iniciativa con los internos que mejoró de manera notable la vida carcelaria e hizo descender radicalmente el grado de conflictividad en su interior. El éxito de la experiencia hizo que se extendiera a otras prisiones castellano leonesas, y, de manera progresiva, a las de toda España. Fue el origen de los llamados Módulos de Respeto y Convivencia, cuyo programa de intervención se encuentra implantado ya en los más de 70 centros penitenciarios de España, y en él participan en torno a 13.000 internos. En la prisión alicantina de Fontcalent lleva funcionando desde diciembre de 2009 con un grado de satisfacción, según su director, Enrique Valdivieso, «exageradamente positivo».
Este programa se desarrolla dentro de la cárcel en varios módulos, pero con diferentes grados de exigencia. En el Módulo de Respeto y Convivencia propiamente dicho, que corresponde al número 3 de los existentes, hay 108 internos, y es donde se desarrolla el programa en su máximo nivel de exigencia. Pero, fuera de este módulo, el programa también se desarrolla en el de mujeres - donde hay 80 internas-, en el Centro de Inserción Social -que aloja a los internos en situación de semilibertad por haber cumplido ya gran parte de la pena-, y en el Módulo 4, donde están los presos que, mediante un contrato laboral, trabajan dentro del centro penitenciario en la cocina, en la lavandería, o en labores de mantenimiento, entre otros destinos. «En total, de los 980 internos, el 50% se han acogido voluntariamente a este modelo de convivencia», asegura el director de Fontcalent.
El ingreso en el Módulo 3, máximo paradigma del Programa de Respeto y Convivencia, es voluntario. Siempre hay lista de espera. Cuando un interno es trasladado a la prisión, se le informa de la posibilidad de integrarse en él. Para ello ha de firmar un contrato en el que se compromete al cumplimiento de todas las normas de conducta que rigen el módulo, y que son bastante más estrictas que en otros. Básicamente consisten en desarrollar tres actividades al día, y alcanzar un nivel de higiene personal, orden y limpieza superior al resto de pabellones, según explica el educador de responsable de este módulo, Fernando Muñoz. Queda, además, terminantemente prohibido cualquier acto de violencia física, verbal o gestual, así como la posesión y el consumo de drogas. Saltarse las normas es motivo de expulsión.
De las tres actividades que están obligados a realizar diariamente, una ha de ser de carácter educativo. Los maestros evalúan el nivel de estudios del interno, y en función de su preparación, se les integra en el aula que más se adecua a sus necesidades. «En la práctica funcionan como una Escuela Permanente de Adultos. Se imparten clases que van desde la alfabetización, hasta cursos preparatorios para el acceso a la universidad», explica. Las dos restantes actividades que tienen la obligación de desarrollar las eligen entre un amplio abanico de posibilidades: informática, inglés, español para extranjeros, mecanografía, manualidades, pintura, deporte, música, teatro o baile, entre otras. En muchos casos son los propios internos los que ejercen de maestros compartiendo con los demás sus propios conocimientos o habilidades. Con su colaboración se ha organizado, por ejemplo, un taller para dejar de fumar, clases de guitarra, pintura o educación física, y hasta lecciones de tauromaquia. También se imparten cursos de formación encaminados a facilitar en un futuro su inserción laboral. Las materias son variadas: albañilería, pintura, panadería o informática, entre otras. La asistencia a las diversas actividades programadas ha llevado a la dirección del centro a crear aulas donde antes había fondos de pasillo y otros espacios en desuso. «Aprovechamos hasta los últimos rincones para crear espacios donde realizar actividades porque le damos mucha importancia a la educación», relata el director de Fontcalent.
El segundo pilar principal sobre el que se sostiene el programa es la adquisición de hábitos de limpieza. «La ducha es diaria y las celdas deben estar perfectamente limpias y ordenadas, sin acumulación de enseres». Asimismo, para el mantenimiento y la limpieza de los espacios comunes, se organizan cinco grupos de tareas a cuyo frente hay un interno responsable. A cada grupo se le asigna una zona, y semanalmente van cambiando. El tipo de tarea lo eligen los propios grupos en función de la puntuación que otorgan los funcionarios cuando evalúan el estado de las celdas, la higiene personal de los internos y su implicación a la hora de participar en las actividades. Cuanto más se aplican, más posibilidades tienen de elegir el trabajo de limpieza a realizar, ya que hay unas tareas más duras que otras. «Es un incentivo, una forma de estimularlos para que se esfuercen. Y funciona. El grado de mantenimiento y limpieza ha cambiado de forma radical», afirma el educador.
Patios vacíos
Entre unas cosas y otras, apenas hay tiempo para estar ocioso. Los patios permanecen vacíos casi todo el día. Lo que se pretende, precisamente, es que los internos estén ocupados. Y lo están. Mañana y tarde. El perfil mayoritario del preso, según el director del centro penitenciario de Fontcalent, Enrique Valdivieso, tiene mucho que ver con familias desestructuradas, barrios marginales, bajos niveles económicos, fracaso escolar temprano y problemas de drogadicción que en muchas ocasiones se inician en la adolescencia. Con programas como el de Respeto y Convivencia intentan que los internos recuperen valores y hábitos que un día perdieron, o que los adquieran si nunca los tuvieron. «Nuestro principal objetivo es que cuando salgan de aquí, lo hagan en mejores condiciones que cuando entraron», afirma Valdivieso.
En el Módulo 3 no hay ni una colilla en el suelo, ni un papel. Las celdas, de paredes blancas, están limpias y recogidas. Duermen en literas dobles, y en su interior cuentan con un pequeño escritorio, unas cuantas lejas de obra, y un aseo sin paredes que está separado del resto de la estancia por un murete bajo. Su estado se revisa a diario por los funcionarios, y, según relata Enrique Valdivieso, es muy diferente al de otros módulos. «Con este programa hemos conseguido que haya muchos menos conflictos, una convivencia entre los internos mucho más adecuada, y una relación con los funcionarios completamente normalizada», asegura. El beneficio obtenido es mutuo ya que, como explica Valdivieso, a pesar de que las normas son más estrictas, sus condiciones de vida varían mucho. «Los internos viven en un entorno que les da tranquilidad, sosiego, y eso les quita mucha tensión», afirma. Además, se les permite un mayor número de horas de polideportivo, y salen más del módulo porque hay actividades que se realizan en el edificio sociocultural ubicado en una zona exterior.
Cortinas tras las rejas
Una pequeña habitación frente al economato, se ha convertido en un taller de costura. Entre otras cosas, confeccionan cortinas con las que vestir las ventanas enrejadas. Enrique Valdivieso explica que se intenta crear un ambiente que se aleje lo más posible de los «estigmas» carcelarios. En el exterior del módulo, si levantas la vista, sobre los muros hay rollos de alambrada. Y sin embargo, si no miras hacia arriba, lo que se ve a pie de calle es una plaza, jardines, y una pared alta donde se ha pintado una réplica del conocido cuadro de Dalí en el que una joven de espaldas mira el mar a través de una ventana. En otro de los extremos de la plaza, un enorme grafiti con el retrato de Miguel Hernández rinde homenaje al poeta oriolano. Todo lo hacen los internos. También la decoración de los pequeños muretes alicatados que rodean los espacios ajardinados y que simulan el estilo mediterráneo de Gaudí .
A la entrada del área sociocultural, un edificio bajo que hace las veces de escuela, hay un panel en el que destaca una cita de Séneca escrita sobre una cartulina de color claro: «Estudia no para saber algo más, sino para saber algo mejor». Por un instante, olvidas que es una cárcel. Entra la luz a través de las ventanas. Y el sol.
«Queremos romper la subcultura propia de las prisiones evitando determinadas actitudes y lenguajes, pero también algunos de sus elementos externos. Aunque sea un centro de régimen cerrado, intentamos generar entre los internos un clima de confianza, lo que no significa en absoluto falta de respeto. Aquí cada uno está en su sitio», asevera el director de Fontcalent.
Comisiones de internos
Los internos del Programa de Convivencia se implican en diferentes facetas que tienen que ver con la organización del módulo. Existe una Comisión de Acogida, encargada de recibir y orientar a los nuevos en el momento de su ingreso, una Comisión de Actividades Culturales y Deportivas, una Comisión de Ayuda Legal, que presta asistencia en materia de escritos, recursos y dudas relacionadas con cualquier ámbito de la Administración, y una Comisión de Conflictos dedicada a dirimir las diferencias que puedan producirse entre internos con el fin de evitar que el problema llegue a provocar un parte y una medida disciplinaria. Desde su constitución, según Enrique Valdivieso, todos los problemas que se han planteado lo han solucionado entre ellos sin necesidad de intervención por parte de los funcionarios.
Javier es uno de los tres miembros que componen la comisión de conflictos. Lleva más de un año formando parte de ella y explica que los casos que se producen son de escasa importancia. «Nunca van a más, porque a la mínima se lleva el tema a la comisión y se arregla», relata. Cuando se produce una disputa, el problema llega de varias maneras a los miembros de la comisión. «Normalmente lo vemos nosotros. Nos damos cuenta de la crispación, los llamamos, hablamos con ellos y acordamos una solución», explica. Otras veces son los propios internos los que acuden para solicitar la mediación, o lo hace una de las partes en conflicto. Los motivos suelen ser los propios de la convivencia diaria, pero según Javier, «no son importantes». Tener el volumen de la música alto, quejas contra algún jefe de grupo por el reparto de tareas de limpieza, o problemas de relación entre compañeros de celda, son algunos de los asuntos en los que suelen mediar. «Es importante el talante de ellos. Normalmente cuando se hablan las cosas, todo se arregla», afirma. Los miembros de la Comisión de Conflictos son elegidos por los propios internos entre quienes se presentan.
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