Las comidas saben mucho más «sabrosas» cuando uno ha estado al borde de la muerte. Lo certifica, tras haber saciado por fín el hambre, Pedro Carrasco, el montañero murciano rescatado en un barranco entre Teruel y Tarragona tras pasar cinco días perdido. Fue dado ayer de alta en el hospital de Mora de Ebro, donde recobró fuerzas y entró en calor.
Con el sentido del humor restablecido, este vecino de Sangonera la Verde de 31 años relató a 'La Verdad' la mezcla de valor, azar y experiencia que le permitió sobrevivir y ser rescatado. Pedro descansará unos días en casa de su hermano en Castellón antes de volver a Murcia, pero no quiso marcharse, aún a costa de aguantar la enésima nevada, sin agradecer sus esfuerzos al grupo de montaña de la Guardia Civil que lo estuvo buscando.
- ¿En qué pensaba los cinco días que estuvo atrapado por la nieve?
- Estaba centrado en no morir de frío, que ya lleva su tiempo. Pero me daba por acordarme de la tortilla y de las patatas con ajo. De los pequeños placeres que no volvería a probar si la 'palmaba'.
- ¿Cómo se perdió?
- Salí el jueves por la mañana del refugio de Ferrera hacia Beceite [el inicio y final de su travesía, que comenzó el lunes 4]. Me desvíe del sendero y encontré unos guardas forestales que me recomendaron atravesar por el barranco de Matarrañas. Fue allí donde se me echó la nieve encima y no había manera de encontrar el paso ni de volver. A las seis encontré una cueva y decidí meterme a pasar esa noche. Pero después vinieron la del viernes, el sábado y el domingo.
- ¿Por qué no salió antes?
- No paró de nevar hasta el domingo y yo sabía que empezarían a buscarme el sábado, si hacía bueno, porque mi hermano no notaría mi falta hasta el viernes [su móvil se había estropeado por la lluvia y no pudo pedir auxilio]. Con nieve hasta la cintura avanzar era pesadísimo. El sábado fui a recoger agua a un riachuelo cercano y los apenas 30 metros que recorrí me fatigaron muchísimo, como si hubiera corrido los 100 metros libres.
- ¿Con qué comida contaba?
- Lo último que comí, el jueves por la mañana, fue una barrita energética. Tenía previsto llegar a mediodía y creía que iba a ser suficiente. Lo único que tenía eran pastillas isotónicas que echaba al agua de nieve.
- ¿Conseguía dormir?
- No. El frío era tremendo, aunque la temperatura dentro del saco era aceptable, el suelo de la cueva era incómodo y la tensión y los temblores corporales me impedían dormir .
- ¿Cuándo comenzó a temer por su vida?
- Cada noche pensaba que en ésa me iba a quedar. Mi principal temor era el frío y me preocupaba por tener mudas secas para los pies y en que el interior del saco no se mojara. Si no estaba perdido.
- ¿Cómo decide salir de la cueva?
- La alternativa de morir poco a poco no me agradaba. El cuerpo va quemando etapas hasta un límite en el que no te queda más que esperar, pero tendría más posibilidades si me movía a un sitio más transitado. Había oído pasar cerca al helicóptero, pero donde estaba no me podía ver. Pasé la noche del domingo mentalizándome de que tenía que salir de ahí, concienciándome para asumir los riesgos físicos [perder los dedos de los pies o las manos por congelación] que me jugaba subiendo, desfallecido, al Matarrañas con nieve hasta la cintura. Y no tenía la certeza de que fuera a pasar un helicóptero [de hecho, uno de los que estaba destinado a buscarle fue enviado a otra operación en Huesca]. Fue una casualidad que pasara por allí al poco de subir.
[El lunes comenzó la ascensión a lo alto del Matarrañas a las diez y media y no la culminó hasta las cinco. Tardó casi siete horas en hacer los dos kilómetros que el jueves había bajado en una hora. En la cima lo rescataron].
- ¿Qué le motivó a tomar esos riesgos pese a que le flaqueaban las fuerzas?
- Mi familia y mi madre [que padece hipertensión]. Lo que más lamentaba era lo mal que lo estaría pasando, el sufrimiento que les estaba causando. Lo más desagradable era saber que los errores que había cometido les estarían causando dolor. Porque si yo muero por mi culpa, más se perdió en la guerra.
- ¿De qué se arrepiente?
- De no haber vuelto al refugio tras encontrarme a los guardas. Pequé de arriesgar en exceso, confiado en mis capacidades.
- ¿Volverá a ir solo a la montaña?
- Siempre intento ir acompañado. Esta vez nadie me pudo acompañar y tenía que preparar una marcha para volver en abril a la zona con el club alpino de la Universidad de Zaragoza.
- ¿Piensa volver al mismo sitio?
- Sí. Las montañas no son ni buenas, ni malas. No tiene sentido cogerle tirria a una porque haya tenido una mala experiencia. Es una cosa personal no achacable a lo natural. Y siempre que no me ha ido bien en una montaña, aunque nunca había estado perdido, he vuelto para reconciliarme.
- Abandonar el montañismo, ya veo que ni se lo plantea.
- Mientras tenga fuerzas haré montañismo y cuando tenga menos fuerzas haré senderismo, pero mientras las piernas aguanten iré a la montaña.