No hay mejor publicidad para una administración de Lotería que el haber repartido un premio. Y si es el Gordo, mejor que mejor. Aunque sea el del Niño.
Hace tres años, cientos de empleados de la CAM vieron como sus cuentas corrientes aumentaban en varios miles de euros cuando el número 60657 se convirtió en el primer premio del sorteo del Niño de la Lotería Nacional. «Ese año estuvo muy repartida, ya que se vendió en participaciones», asegura Fuensanta Aupí, propietaria de la Administración de Lotería de Las Torres de Cotillas Virgen de La Salceda.
En esa ocasión, 100 millones de euros de la Lotería de El Niño dispararon las ventas de dicha Administración y año tras año el número aumenta. «La gente no suele hacer publicidad si gana en la Lotería, ya que no están los tiempos para ir haciendo publicidad del dinero que tienes, aunque la gente sí sabe que aquí hemos dado varios premios importantes», afirma Apuí.
Ayer lunes fueron muchos los vecinos que se acercaron hasta la Administración para comprar los últimos décimos para aumentar las posibilidades de recibir un dinero extra. «Lo que caiga es bienvenido, y si no, pues a esperar al Niño», declaraba una cliente. Según la propietaria del establecimiento, el día de la Lotería es el que viven con más ilusión de todo el año, ya que dar algún premio «es la mayor alegría que podemos tener», concluye.
En el 2002, Alcantarilla se convirtió por unas horas en el centro de todas las miradas. Allí, la administración número 4, bautizada por La Bruja por su regente, Luis Peláez, acababa de saltar a todos los teletipos por repartir el Gordo a través del número 08103. Eso sí, poco después, el propio Peláez reconocía que la mayor parte del premio había volado a Granada y Almería, de donde son originarios él y su esposa. Eso sí, en la Región se quedaron casi 40 millones de euros.
Pese a esa lluvia, sólo un afortunado dio la cara. El ecuatoriano Norman Manfredo brindó con cava y cambió de casa. Su mujer María dejó de trabajar en el campo y el décimo acabó en una oficina de La Caixa. Poco después, Norman hizo las maletas y desapareció, probablemente para iniciar una nueva vida en su Ecuador natal. El resto del dinero siguió un silencioso recorrido, como atestigua el hecho de que apenas diez décimos acabaron en un banco de la localidad.