Félix de Azara fue un militar ilustrado destinado por Carlos III al Paraguay para fijar los límites territoriales con la corona portuguesa. La delegación del país vecino, sin demasiado interés en el acuerdo, demoró cuanto pudo su arribada a la zona en litigio mientras expandían sus dominios de forma subrepticia. Entre tanto nuestro buen oficial recibió la orden de aguardar a sus interlocutores sin hacer nada. Ocioso y sin infraestructura con la que solazar su espíritu inquieto resolvió por su cuenta estudiar la deslumbrante naturaleza virgen a su alrededor. Pese a tenerlo prohibido, a escondidas de los administradores reales, catalogó la flora y la fauna del lugar mereciendo sus atinadas indagaciones el aplauso unánime de los naturalistas más destacados de la época. Considerado precursor de Darwin, que se apoya en sus datos y lo cita en distintas ocasiones, su figura merece ser reivindicada, pronto a finalizar el bicentenario dedicado a conmemorar la aparición del 'Origen de las especies'. Más aún ahora que las iniciativas de instrucción espontáneas parecen estar mal vistas por los estamentos oficiales de la enseñanza.
Para el estudioso de cualquier disciplina, el velo que guarda sus secretos se desprende imperceptible, con parsimonia, fruto de avances y retrocesos. Rara vez goza de la posibilidad de analizar hechos accidentales que permiten un salto importante para descifrar un enigma. Desaprovechar tales oportunidades, puede que fugaces, supone una desidia difícil de entender. Pobre futuro les aguarda, pongo por caso a los médicos residentes mientras cursan su especialidad si se atienen estrictamente a las tareas encomendadas, limitándose a cumplir con un número determinado de enfermos asignados ya sean estos cuatro, seis o una docena y desdeñaran acceder a conocer las manifestaciones de otros problemas, a cargo de otros colegas cercanos o declinaran contemplar cómo evoluciona un proceso porque tuviera lugar fuera de su horario establecido. Al igual que a los amantes de la arqueología, a los que se supone ardientes en deseos de acceder a contemplar y estudiar cualquier vestigio recién descubierto, por nimio que pudiera parecer, sobre todo si su acceso es fácil, cercano y directo.
Apatía e indolencia, rémoras instauradas en demasiadas mentalidades ceñidas a cumplir el expediente. Con excusas para justificarlo del tenor de a mí no me toca, eso corresponde a otro departamento, o nadie me ha preguntado. Coartadas para mediocres. Toda actividad llevada a cabo por el hombre y más si es de raíz intelectual, ya sea construir ingenios espaciales o trasplantar hígados, aunque aplicable también por supuesto a esparcir semillas o recoger desechos, necesita del aliño de unas gotas, aunque sean pocas, de interés, de pasión, aunque no formen parte del temario de examen. Tanto para alcanzar los resultados apetecidos como por la propia satisfacción que depara el trabajo bien hecho en una sensación que debe alcanzar cotas excelsas en aquellos que perseveran por vericuetos incómodos para despejar interrogantes que no casan con el programa establecido. Y una de las misiones de los maestros, si no la principal, es estimular el interés de sus alumnos. Cuando se acomete cualquier actividad la entrega sin trabas es esencial. Lo demás es rutina sin perspectivas. Parálisis del espíritu que arrastra a la mental en su caída por el precipicio de la nadería.