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Cuando Henry Dunant, comerciante suizo de paso por el lugar, contempló horrorizado los estragos de la reciente batalla de Solferino, una vasta extensión sembrada de cadáveres, heridos y mutilados abandonados a su suerte, se entregó con ahínco a formar un cuerpo de voluntarios para auxiliar a los damnificados en cualquier contienda. Como distintivo para ser reconocidos adoptaron una cruz de color rojo. Señal inequívoca desde entonces de ayuda, en una labor humanitaria que trasciende a los conflictos bélicos y orienta su actividad a socorrer desinteresadamente a quien lo necesite. Emblema elegido no por azar al cristalizar en la cruz la idea de entrega al prójimo desde tiempo inmemorial.
Se antoja poco afortunada la pretensión de retirar los crucifijos en nuestra sociedad para no herir susceptibilidades que pudieran sentirse agraviadas ante su exhibición. Pero los pueblos, las civilizaciones, tienen señas de identidad definidas, fraguadas con el bagaje de las generaciones precedentes, con su carga de grandeza y miseria, que son las que son y no otras, incuestionable obviedad. Sería grotesco y fruto de la ignorancia negar la influencia tanto de la naturaleza que nos rodea como de la tradición cultural heredada en la forja del carácter. En un maridaje que como las manos del alfarero modela un barro amorfo y le confiere forma e intención concretas al modelar de algún modo la carga genética. No hemos aterrizado aquí y ahora desde una remota galaxia en los confines del universo sin mácula ni contaminación. Y quiérase o no, tanto para creyentes como para los que no los son, la tradición cristiana es parte esencial del acervo cultural que nos condiciona. Rasgos de identidad suma de clima, paisaje, lengua y creaciones humanas reconocible mediante símbolos concretos. Y la cruz forma parte de esa herencia. Con una carga de significado además que simple y llanamente expresa el deseo natural, sincero, sin retórica farisea, de auxiliar al necesitado, al herido, al pobre, al débil, al indefenso, como prueba de amor a los demás. Significado que trasciende a la cuestión de si bajo su manto protector se guarecen tantas actitudes hipócritas como nos acongojan a nuestro alrededor, lo que sería materia para otro debate.
Por descontado que de este legado común forman parte por derecho propio, en una dimensión más reducida, las huellas del pasado, memoria de las culturas que nos precedieron asentadas en el solar que ahora ocupamos. Conservar, estudiar y analizar lo que haya perdurado hasta nuestros días significa disponer de jalones de incalculable valor para no deambular a tientas y a ciegas, sin raíces sólidas con las que encarar el porvenir. Preservar sin adulterarlos los restos arqueológicos que han aflorado en nuestra ciudad es sensato y afortunado. Algo no funciona como debiera cuando ha lugar a estas disputas, impensables en otras latitudes, forzadas a crear réplicas de cartón piedra para cohesionar su identidad. Polémica en la que quizás los profanos hayamos echado de menos voces autorizadas autóctonas, en teoría las mejor preparadas para salvaguardar el patrimonio común para contraponerlas con su magisterio a los negacionistas que los había. Suprimir los mimbres que sostienen nuestra esencia conduce como señala Yeats a sucumbir y acabar en la anarquía cuando los mejores carecen de convicción y los peores están llenos de apasionada intensidad.
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