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L os que tenemos una edad recordamos que, en materia económica, la obsesión de Suárez, primero, y de González, después, era la productividad: que España ascendiera a la primera división dependía de que fuera competitiva y para ello la productividad era la clave. No es que Suárez, González y sus ministros pensaran que los españolitos éramos unos vaguetes (que tampoco digo yo que no). Sí pensaban que los motores de nuestra economía no podían seguir siendo la extracción de carbón, la producción de acero común, la construcción de cascos de buques y la destrucción de la costa para un turismo barato de sol y playa. Se trataba, por citar una de las frases favoritas de González, de que España no perdiera el tren de la tercera revolución industrial. Y para ello hacía falta un buen sistema educativo y de investigación y la reconversión de una industria obsoleta en una puntera basada en el diseño y las nuevas tecnologías.
A Suárez y González les tocó una época de vacas flacas, pero ya en el tardofelipismo empezó lo que dio en llamarse la «cultura del pelotazo»; o sea, el auge de una economía basada en inversiones básicamente especulativas orientadas a obtener una gran rentabilidad a muy corto plazo; inversiones, además, cuya rentabilidad dependía muy a menudo de decisiones administrativas, con las secuelas de corrupción que ello generaba.
Vinieron los tiempos felices de Aznar y Zapatero. España crecía por encima de la media europea y el pleno empleo, de ser una utopía, pasó a ser un objetivo realista. A pesar de todo, expertos y no tan expertos de todas las tendencias políticas advertían a quien quisiera escucharlos que nuestra economía era un gigante con los pies de barro. Los supuestos pilares de la nueva economía española brillaban por su ausencia. El sistema educativo tenía unas tasas de fracaso y abandono escolar escandalosas, seguíamos sin ser una potencia investigadora y el motor de nuestro crecimiento era, como se decía castizamente, el ladrillo. La destrucción de la costa se reanudó con nuevos bríos, favorecida por unos poderes públicos sumidos en una corrupción rampante. Y, si esto era cierto en toda España, en la Región de Murcia batíamos todos los récords, para satisfacción de nuestros gobernantes regionales y locales.
Hasta que llegó la crisis y, con ella, el topetazo con la cruda realidad de que en España se destruía empleo a un ritmo vertiginoso y se alcanzaban unas cifras de paro sin parangón con nuestros vecinos. Y es que la obsesión por la productividad, esa palabra mágica que constituía nuestro gran reto colectivo, desapareció de las preocupaciones de unos responsables políticos ebrios de triunfalismo y unos agentes económicos irresponsables. Sólo así se explica que durante una década larga ningún gobierno, ni del PP ni del PSOE, ni nacional ni regional, tomara medidas ante unos datos que deberían haber hecho saltar todas las alarmas. Me limitaré a citar dos. Uno, que el empleo crecía muy por encima del producto interior bruto; o sea, que la productividad no sólo no aumentaba, sino que descendía. Otro, que aumentaba el número de personas con titulación superior empleadas, pero no el de personas con titulación superior empleadas en trabajos que correspondieran a su cualificación profesional; o sea, que nuestra economía no demandaba mano de obra cualificada.
Recuerdo a este respecto que una persona que ocupa un cargo político en nuestra administración regional y de cuyo nombre no quiero acordarme no tuvo empacho en decir que las altas tasas de abandono escolar temprano de la Región eran una buena noticia porque eso indicaba que había mucho empleo. Eso es lo que yo llamo visión de futuro. Pero lo malo no es que un cargo público pueda decir semejante disparate y quedarse tan ufano. Es que, visto lo visto, no era ningún bicho raro.
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