En el actual Gobierno de la V República francesa hay un Ministerio que se denomina de «Inmigración e Identidad Nacional». Al frente del mismo está el político ex socialista Éric Besson.
El rótulo con que se denomina este Ministerio es por sí mismo muy expresivo de la idea francesa sobre la inmigración. Nadie puede acusar a Francia de haber sido hostil a los fenómenos migratorios. Nuestro vecino del norte cuenta con una larga tradición de hospitalidad. Desde hace cientos de años ha sido país de acogida y refugio de políticos exiliados y gentes perseguidas en sus propios países. Y también ha abierto sus puertas a la inmigración socio-económica, como sabemos muy bien los españoles, ya que muchos de nuestros compatriotas se fueron a Francia en las décadas de los 50 y 60 del siglo pasado, en busca de mejores condiciones económicas que le hicieran salir a sus familias de la pobreza. Y una buena parte de ellos se ha quedado allí. Sus hijos y sus nietos se han integrado perfectamente en la sociedad francesa. Y algunos están alcanzando puestos relevantes en diferentes esferas, tanto en la cultura y el deporte, como en las empresas, e incluso en la política. Nadie puede reprochar a Francia que sea un país cerrado a los movimientos migratorios. Actualmente, el 11 % de su población son inmigrantes.
Ahora bien, en relación a la inmigración el planteamiento más generalizado, no sólo entre la clase política, sino también en toda la sociedad, es que los inmigrantes deben integrarse en la nación francesa, asumiendo y respetando sus valores culturales, políticos y jurídicos. Es decir, deben hacerse ciudadanos de la República, aceptando los valores que configuran la convivencia política, social, económica y cultural, y sin tratar de conservar, perpetuar, practicar o hacer ostentación de los valores de sus culturas de origen. En Francia se dice que cuando se va a un restaurante, uno no se lleva su propia comida. Eso no quiere decir que no se respete el pluralismo cultural, que no se respete la cultura y las creencias de los inmigrantes. Lo que significa es que hay costumbres, creencias, y valores incompatibles con los principios en que se basa la convivencia en la República francesa, y que, en esa medida, no pueden ser aceptados. La ablación del clítoris, la poligamia, la subordinación de la mujer, la falta de libertad de las hijas para decidir su futuro, son muestras de sumisión de los individuos a grupos intermedios, absolutamente incompatible con la libertad e igualdad que proclamó la Revolución Francesa. De ahí que, poco más o menos, se está sosteniendo que el que quiera vivir en Francia, que asuma lo que ser francés significa, y no trate de imponer respeto a sus costumbres o valores originarios que chocan con los principios y valores de la República.
Desde estos presupuestos, el Ministro Besson ha abierto un debate social a través de Internet, invitando a todos los ciudadanos a que contesten a una difícil pregunta: ¿en qué consiste ser francés?. Como era de esperar, la participación está siendo masiva, y con respuestas para todos los gustos. Desde la izquierda francesa se está rechazando la iniciativa misma del debate, por considerar que la idea de nación está cerca del fascismo, ya que se asegura que una nación es superior a otra.
En mi opinión, la izquierda francesa se equivoca. Un debate social sobre la identidad de la nación no sólo será útil, sino muy necesario en este momento de la Historia. Se ha de tener en cuenta que aún no hemos alcanzado la supranacionalidad. La Unión Europea no puede aún sustituir a los Estados. Y el Estado es una forma de organización del poder político que se asienta sobre la realidad social de la nación. El Estado moderno es una creación cultural del Renacimiento en los países de Occidente. Se constituye en Francia, en España, en Portugal, en el Reino Unido, y más tarde en Alemania e Italia, mediante un proceso de integración social y de centralización del poder político. El Estado moderno hace desaparecer los poderes locales de carácter feudal, y libra a los hombres de la arbitrariedad. Pero el Estado necesita el sustrato de un grupo social cohesionado, unido, que es la nación. Cuando la fórmula del Estado occidental se ha tratado de exportar a territorios con población no cohesionada, con estructuras tribales, se ha fracasado, y se habla entonces de Estados «fallidos».
Por eso, porque todavía necesitamos la estructura del Estado para garantizar la libertad, la igualdad y la fraternidad, es importante que en países como Francia se abra un debate social sobre la identidad de la nación.
Por lo demás, el concepto de nación está claro. Fue acuñado en el siglo XIX, y hasta ahora no ha sido desvirtuado ni superado. Una nación es un grupo social con la suficiente cohesión como para organizarse en Estado. La clave, pues, es determinar los factores de cohesión, lo que, lógicamente, también conduce a aislar los factores contrarios, los de disgregación. Ernest Renan ya decía en el siglo XIX que la nación se cohesiona por un pasado común, por un presente compartido, y por un proyecto de futuro ilusionante. En la nación francesa concurren todos estos factores de cohesión. Tiene un pasado común impresionante, con hitos importantes, como la Revolución Francesa o el Imperio, y con figuras como Juana de Arco, Napoleón o De Gaulle, de los que sin duda pueden sentirse orgullosos. También hay hechos en el pasado de los que avergonzarse. Pero eso es el pasado común, una mezcla de grandezas y miserias, de las que han ido surgiendo esos valores que ahora configuran la vida de una de las sociedades más civilizadas, cultas y admirables del mundo.
Y también en su presente y en su futuro hay importantes factores de cohesión. En Francia hay una excelente clase dirigente, no sólo en la política, sino en lo social y en lo económico. Han demostrado, y demuestran día a día, que son capaces de proponer proyectos ilusionantes de vida en común. Se aprecia una clara vocación europeísta, pero sin renunciar al Estado francés, como si los franceses hubieran comprendido que el proceso de integración europea no es cosa que vaya a ocurrir de inmediato, ni de golpe, sino que se hará poco a poco, lentamente, creando solidaridades de hecho. Y, mientras tanto, no se puede descuidar el Estado, que es la garantía de una convivencia política en la que se respete la libertad, la igualdad y la fraternidad.
¿Sería conveniente en España abrir un debate semejante? Los españoles, a lo largo de la Historia, hemos mirado muchas veces a Francia. En ocasiones, la hemos combatido. Pero, en otros momentos, la hemos imitado. Ahora quizás sería conveniente imitarla. Nuestros políticos deberían darse cuenta de que más allá del caso Gürtell o de la crisis económica, hay vida. Y para ese futuro, para garantizar nuestra convivencia política, quizás alguien debería abrir un debate sobre la identidad de la nación española. Aunque eso significase plantear la difícil pregunta: ¿en qué consiste ser español?.