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Epitafios

02.11.09 -
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Existen distintas opciones a la hora de abordar el vano propósito de perpetuar nuestro breve paseo por este planeta, para cuando la vida nos haya dicho adiós.
Con ese objetivo, las más grandes y egregias personalidades murcianas se obstinan, reiteradamente, en descorrer cortinillas que cubren horrendas placas de bronce, recordatorias de su presidencia en cualquier acto inaugural. Una plaga. Si algún día fuese retirada tan abundante cosecha por razones estéticas, habría bronce sobrado para fundir campanas gigantescas. Don José María Muñoz, el del final del Malecón, además de su generoso donativo para las victimas de las inundaciones, también mandaba su propia estatua de bronce. Naturalmente hasta con portes pagados, no como ahora.
Hoy, festividad de los difuntos, es el día apropiado para abordar el trascendental misterio de la muerte. Ni lo intento. No invocaremos tampoco a los fantasmas que reposan en sus lechos de piedra, recitándoles aquellos desafiantes versos zorrillescos, «no me causan pavor vuestros semblantes esquivos». Ni de los aquelarres de brujas que estamos viviendo estas noches alegres de escobas voladoras, calabazas encendidas y disfraces terroríficos, durante la celebración de la fiesta anglosajona de halloween.
Tampoco hablaremos de esa otra muerte anunciada, que llega vestida de pregonera cuando se acaban los proyectos y ya no se comprende nada de lo que ocurre alrededor.
¿De qué hablaremos entonces? De los epitafios. El epitafio es costumbre que el tiempo ha ido borrando, como tantas otras cosas, aunque en el pasado alcanzaran gran esplendor.
Para redactar un buen epitafio, necesariamente, hace falta un poco de imaginación y un muerto. Si el protagonista es uno mismo, obviamente, es imprescindible estar vivo. Este humilde servidor ya tiene el suyo. Es el mismo que le pusieron al mítico bailarín Nijinski: «Que me quiten lo bailado», o este otro del filósofo Diógenes: «Al morir échenme a los lobos, ya estoy acostumbrado».
Algunos tuvieron claro que desde la tumba, la fuga y escapatoria es imposible. «De aquí si que no me escapo», dice la lápida de Harry Houdini, el gran escapista, y la de Juan Sebastian Bach, «Dejadme en paz. Desde aquí no se me ocurre ninguna fuga».
Lean estos otros. «Aquí yace Mariana, que murió treinta días antes de ser condesa». Ya es mala suerte. Es peor aquel otro, muestra de humor negro: «Te dije que estaba enfermo», o el de aquel ciudadano que resume un común sentir: «Aquí yace un portugués, muy contra su voluntad».
Las definiciones más precisas siempre vienen de la mano de grandes humoristas, como el «morirse da siempre pereza», de Jardiel, o «lo más importante de la vida es no haber muerto», de Ramón Gómez de la Serna.
Muchos de los epitafios pueden ser apócrifos, pero no es cosa de ir por todo el mundo, tumba a tumba, comprobando su veracidad. A Groucho Marx siempre se le atribuyó el de «perdonen que no me levante», y descubro ahora que en su lápida, sólo figuran el nombre, la estrella de David, y la fecha 1890 -1977. Sin embargo, sí es cierto el epitafio que escribió para su suegra: «Rip, rip, ¡hurra!».
Unos compusieron su propio epitafio con refinamiento literario y a otros se los escribieron después de muertos. El del poeta vanguardista chileno dice: «Aquí yace el poeta Vicente Huidobro. Abrid esta tumba, al fondo se ve el mar». El de Jorge Luis Borges, sintetiza: «Ya somos el olvido que seremos», mientras que Unamuno, implora: «Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo».
La intención del epitafio está clara, y es la de que subsista el recuerdo de una persona después de muerta, mientras que la Iglesia Católica patentó el antiepitafio, que sería la plegaria litúrgica «recuerda, hombre, que eres polvo, y que al polvo regresarás», señalando nuestra irreversible desaparición, al mismo tiempo que nos signan con la ceniza anunciadora del duelo final.
Otros renunciaron al epitafio, pero dejaron muy claramente expresada su última voluntad con instrucciones precisas para, posteriormente, descansar definitivamente en paz. En la Región de Murcia hay algunos casos muy notables, como el de Tomás Lorca Ruiz, vecino de La Palma, pedanía de Cartagena, más conocido como Tomasín el bien hecho. Tomasín no quería lágrimas a su muerte, por lo que amenazó a sus parientes más cercanos con aparecérseles después de muerto si incumplían su voluntad: que lo llevasen dentro del ataúd a la Bodega de La Palma, su segunda casa, Se le obedeció. Todo el pueblo le acompañó, bebiendo y brindando a su salud. La noche anterior, velando y bebiendo, también le acompañaron.
Luis Fernández, uno de los más brillantes radiofonistas que ha dado está Región, también nos dió instrucciones antes de morir. Como era tan murcianazo, sus cenizas debían aventarse en diversos lugares emblemáticos de Murcia. Fue un día huracanado. Todos quedamos impregnados de Luis. Finalmente, la urna, con leves huellas de sus restos, presidió la mesa del banquete que, en su honor, nos dimos en la taberna sanantolinera de Luis el de la Rosario. Comimos alubias con gallina, su plato favorito. Aún estamos digiriéndolo.
Colofón. La muerte es una gran impostora, y como tal debemos tratarla, protagonizando gestas como las últimamente narradas. Les deseo larga vida.
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