Quien fuera ayer al campus de Espinardo se enfrentó a un verdadero examen de paciencia. El motivo de la cita era otro examen, el de las oposiciones al Servicio Murciano de Salud, que ofrecía 368 plazas de auxiliar administrativo para unos 20.400 aspirantes inscritos, aunque al final se presentaron alrededor de la mitad, 10.708. A una plaza por cada 30 aspirantes, aproximadamente. La prueba teórica en sí no fue difícil, según los testimonios recogidos por este periódico. De hecho, muchos opositores salían del examen con la sensación de «estar arrepentido por no haber estudiado un poco más, con lo sencillo que parecía», según explicó Teresa Fernández, del grupo de acceso libre.
Al parecer, la hora que tenían los aspirantes para responder a las 75 preguntas planteadas -custodiadas durante varios días como si fueran lingotes de oro, aunque ayer acabaran en la basura poco después del mediodía- fue lo más plácido de toda la mañana. La jornada se avecinaba difícil por el volumen de vehículos que debían acceder al recinto universitario que, para más inri, tiene sus carreteras levantadas por las obras del tranvía. Por eso, y desde primera hora, Policía Local y Guardia Civil controlaron los accesos al campus de Espinardo para garantizar que todos los participantes en las pruebas llegaran a sus correspondientes pupitres. La entrada, pese al dispositivo y la llegada escalonada de los aspirantes, se había convertido a las 9 de la mañana en un concierto de acelerones, frenazos y pitidos. El embotellamiento en los accesos y en el vial que circunda el campus provocó que los tribunales -que estaban permanente conectados con la Guardia Civil- decidieran aplazar 15 minutos el inicio del examen, lo que ayudó a que «nadie se quedara sin entrar», según confirmó el director general de Recursos Humanos del SMS, Pablo Alarcón.
«Qué barbaridad»
Pero tras llegar al campus, hacer el examen y comentar con los compañeros las posibilidades reales de aprobar, quedaba lo más difícil. Al menos, para aquellos que dejaron sus coches en los aparcamientos del recinto de la Universidad de Murcia. La frase de un conductor lo reflejaba a la perfección: «¡Qué barbaridad!». De media, estos conductores tuvieron que esperar -literalmente clavados en el sitio- algo más de una hora hasta que el colapso se fue reduciendo poco a poco. Alarcón lo explicaba asegurando que «todo el mundo ha salido del examen a la misma hora y ya sabíamos que esto podía pasar. La salida ha sido muy complicada». Las caras de los opositores eran un poema. Después de meses estudiando, del madrugón, del atasco de entrada y del examen, tuvieron que estar una hora atrapados sin poder llegar a sus casas. ¿Qué más se puede pedir?