LA LUPA DE IBARRA
No hay duda posible. El sábado por la tarde, en el nuevo estadio que aloja al Real Murcia, el inquilino fue mejor que el visitante y mereció una victoria por la que luchó, sin especial fortuna, a lo largo del encuentro. Tras encajar un gol, y durante todo el resto del partido, el equipo de Campos superó de largo al de Alcaraz, lo que, siendo verdad, en modo alguno es grandioso.
Y no lo es porque la plantilla andaluza, hombre a hombre, pertenece a un tramo más bajo del escalafón y ofrece una mediocridad que, hasta ahora, se había concretado en una serie de viajes sin fruto. Y lo es, asimismo, porque careció de la mínima ambición exigible.
Se adelantó en el marcador porque a uno de sus hombres se le ocurrió girar en el centro del área murciana -donde sigue habiendo más facilidades que buenos propósitos- y disparar a la media vuelta, con tan buena fortuna (para él, claro) que el balón pegó en el pie de alguien, hizo una cabriola y se burló de Elía, depositándose suavemente en el redil.
Una vez más (esto ya es una costumbre) al Real Murcia al que se atribuyen aspiraciones de ascenso, tenía que luchar contra corriente, contra resultado y casi contra todo, aunque a favor de un público que sigue dando mucho más de lo que recibe, y de un juego mucho mejor que el de las jornadas precedentes porque esta vez (por lesiones o por decisiones) en la alineación estaban los que saben jugar al fútbol, los que saben darle al balón, los que son capaces de ejercer el ataque, desde el reconocido Luque (que marca diferencias) hasta el deseado Aquino (en importante línea de recuperación) que demostraron, junto a Chando (con vocación rematadora), que tienen sitio en el equipo que aún no ha concretado cuál es su formación más sólida.
Porque el centro del campo sigue siendo endeble y juega muy atrasado, porque la defensa da facilidades y porque los puntas o casi puntas, tienen pocas ocasiones claras, a pesar de los muchos balones que se metiron en el área, o porque no tienen fortuna.
Desde un disparo al travesaño hasta un penalti fallido, al Murcia se le ofrecieron ocasiones sobradas, más espectaculares en el segundo período, cuando Alcaraz entregó generosamente el dominio del campo a quien quisiera tomarlo.
Una vez más se dieron las condiciones precisas para que se pueda echar la culpa a la mala suerte, para que se dijera que el Murcia es mejor que su adversario y para que se pudiera hablar de merecimientos. Y una vez más, las condiciones no sirvieron, ser mejor resultó inútil y los méritos no trajeron la victoria. El sexto empate certificaba una renta paupérrima y un lugar de la tabla donde el pedigrí vale muy poco.
Si lo del Cartagena es sorprendente y su ventaja sobre el Murcia, un privilegio y un goce añadido para sus seguidores, a mí me preocupa lo del Murcia, que no va a contar conmigo a la hora de las excusas o de echar la culpa al empedrado.
El movimiento se demuestra, andando. Y las aspiraciones deportivas, ganando, verbo que el Real Murcia no ha conjugado ni una sola vez en siete partidos.
Los objetivos de la liga no se ganan con palabras ni con buenos propósitos. No sólo el ascenso, (en el que no creo), sino la conservación de la categoría precisan de triunfos.
Y este Real Murcia de nuestros pesares, no sabe lo que es eso. Hay que tener paciencia, dicen unos. Esperemos, piden otros. Es cierto que también dormitaba Homero. Pero no jugó ninguna liga.