Este verano hemos estado de vacaciones en Turingia, una región de la Alemania central, llena de bosques, prados, castillos palaciegos y pequeñas ciudades llenas de historia. Aparte de sus estupendas y renombradas salchichas, esta zona es tenida como la cuna de la cultura alemana, pues por allí anduvieron, entre otros personajes célebres, Lutero, J. S. Bach, Goethe, Schiller, Mendelssohn y Wagner. Hemos ido con frecuencia a Eisenach, que estaba a unos veinte kilómetros de nuestra casa. Es una ciudad muy agradable y armoniosa que encierra, junto a otros monumentos, la casa natal de Bach, la vivienda en que Lutero tradujo la Biblia al alemán, y el imponente castillo de Wartburg, donde vivió Santa Isabel, Reina de Hungría, y en el que, más tarde, se inspiró Wagner para escribir su ópera Tannhäuser. De la casa en que nació Bach, parcialmente destruida por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, tan sólo quedan algunas habitaciones, que han sido englobadas en un ultramoderno edificio, de estilo moneado. Lo que perdura permite, al menos, la emoción de evocar al Juan Sebastián chiquillo, que, dejándose la vista, copiaba en secreto partituras a la luz de la luna. También pudimos escuchar, en Arnstadt, el órgano donde tocaba el Maestro y, sobre todo, asistir a un concierto, con música de Bach y Mendelssohn, en la mismísima iglesia de Santo Tomás de Leipzig, interpretado por el formidable coro de niños, ahora mucho más formales y disciplinados que en tiempos del genial Cantor, quien se quejaba de que eran algo rebeldes y gamberros.
No tuve tiempo, y bien que lo sentí, para visitar la pequeña ciudad de Cöthen, cercana a Halle, donde Juan Sebastián pasó unos años felices, bajo la protección del príncipe Leopoldo de Anhalt. Allí se casó con la encantadora Ana Magdalena, tras haber enviudado de Bárbara, su primera esposa y nacieron varios de sus numerosos hijos. En la pequeña corte de Cöthen no se interpretaba música vocal litúrgica, sino instrumental, pues el príncipe era un entusiasta del violín y ello permitió al Maestro desarrollar su genialidad en esta faceta de la creación musical. De esta época proceden los tres deliciosos conciertos para violín y orquesta, pero también las densas y enigmáticas sonatas y partitas para violín solo.
Ahora, cuando el otoño comienza a presentarle batalla al largo y abrasador verano, y los melómanos esperamos ansiosos el inicio de la temporada de conciertos, nos encontramos con que el próximo viernes día 8 tendrá lugar el primer evento de Pro-Música, en el que la Orquesta de Cámara de Berlín hará sonar, entre otras obras, el conocido Concierto para violín y orquesta nº 1, en la menor, de J.S. Bach.
Los Conciertos para violín y orquesta representan el Bach más amable y risueño, el más asequible para quienes desean iniciarse en su música, pero todavía encuentran dificultades para descubrir las inalcanzables cimas y los insondables abismos cósmicos que nos proponen otras creaciones. Sin embargo, a poco que se persista en la audición de estos conciertos, se va descubriendo cómo, por debajo de sus apacibles desarrollos melódicos, italianizantes y hasta, digámoslo así, vivaldianos, fluye, hondamente soterrada, una tensión, misteriosa y magnífica, que, a través de un rigor matemático, parece querer desvelarnos los más sublimes arcanos de la esistencia. En las transcripciones para clavecín que el mismo Bach realizó de estos conciertos, al cambiarse el dulce discurrir del canto violinístico, por la rígida sequedad del teclado, aflora más patente esa inquietante y maravillosa sensación de inmensidad, que siempre encierran los pentagramas de Bach.