«Como si tuviera la lepra». María Jesús Mateo sintió la misma exclusión y estigmatización que sufrían los leprosos al conocer que había perdido su puesto de trabajo por padecer psoriasis, una enfermedad de la piel que en ningún caso es contagiosa.
María Jesús trabajaba desde hace tres años en el comedor del colegio religioso La Milagrosa, en Espinardo. Este curso no ha sido contratada. La directora de la institución educativa, Sor Inmaculada, le dio una única explicación, que también ha confirmado a este periódico: la psoriasis. Para María Jesús fue un shock. «La enfermedad es una molestia pero nunca pensé que me fuera a costar el empleo». Tanto que le espetó a la religiosa: «No estamos en tiempos de la Inquisición». Por culpa de la mala noticia, las manos de esta joven de 34 años y natural de Espinardo, están especialmente irritadas estos días.
La directora del colegio reconoce que María Jesús era una trabajadora «extraordinaria, servicial y cumplidora», que «lo hacía muy bien» y que «los niños la quieren mucho». Asimismo, no recuerda haber recibido quejas de los padres a cuenta de la psoriasis de su ex empleada. Aún así, argumenta que, dado que su trabajo es dar de comer a los más pequeños, «no es conveniente» que lo haga debido a su enfermedad, que admite desconocer: «no sé si es contagiosa». Sor Inmaculada excusa su decisión en una «recomendación» de la congregación provincial de Hermanas de la Caridad, a la que pertenece la escuela, y en evitar hipotéticas sanciones de la inspección de Sanidad. Entre las peregrinas y poco caritativas razones de la religiosa, arguye que la joven, por culpa de su enfermedad, debe lavarse continuamente las manos y únicamente puede usar guantes de lana, por lo que acabaría «con los guantes mojados».
La empleada niega que no pueda utilizar guantes de látex, asegurando que fue ella quien se ofreció a trabajar con guantes como, asegura, se hace en los comedores de otros colegios por razones de higiene. Además, explica que «nunca se da de comer con las manos a los pequeños, sino con cubiertos».
Tras más de dos años en la empresa, las manos de María Jesús comenzaron a ser un problema el curso pasado, cuando, tras uno de los brotes esporádicos que caracterizan la enfermedad, la directora del colegio apreció que las tenía «rojas, rojas y con sarpullidos». Entonces, la empleada acudió a su especialista, quien le expidió «un papel» en la que le declaraba apta para cualquier trabajo.
Pese a la autorización médica, María Jesús se ha encontrado sin empleo a la vuelta del verano. En compensación, Sor Inmaculada se ha ofrecido a conseguirle un empleo en la empresa de limpieza que trabaja para el colegio, con la salvedad de que ha de desplazarse a Totana. «¿Cómo voy a ir hasta allí si no tengo vehículo?», rechaza la joven, que trabajaba en el colegio por la proximidad a su domicilio y la compatibilidad con el cuidado de sus hijos, que estudian en él.
María Jesús tendrá difícil la vía jurídica para conseguir la restitución en su empleo, dado que formalmente fue despedida en junio y cobró su finiquito, pero no por ello deja de sentirse «discriminada».