D ebe de ser muy difícil. El trabajo del entrenador debe de estar al alcance de muy pocos, y por lo que se ve, es demasiado complicado para la comprensión de los meros aficionados que es lo que, en definitiva, es un servidor de ustedes, por más que almacene un montón de lustros de experiencia.
Veamos. En ocho días, el Real Murcia ha jugado tres encuentros oficiales, dos de Liga y uno de Copa. Los de Liga dentro y fuera; el de Copa, en tierra extraña. Y es curioso. La derrota, la encajó en casa. El empate y la victoria en campo adverso, sin que los partidos de uno y otro torneo hayan tenido mucho que ver entre sí.
En tierras de Castilla, el Real Murcia exhibió un equipo con numerosas variantes con respecto al que había iniciado la temporada con derrota. Y, en mi opinión, jugó uno de los mejores encuentros de los últimos años. En Soria me gustó la solidez defensiva, los criterios del centro del campo, la presión, la ocupación de las zonas, la búsqueda de espacios, la voluntad atacante y hasta determinadas acciones individuales que venían a dar respuesta positiva a mis esperanzas, como si, muy pronto, aparecieran las flores que pocos días antes había buscado entre las espinas.
Esas flores eran los jugadores recién llegados, y los oportunos relevos realizados por el técnico. Por eso me hice ciertas ilusiones y hasta me dije por los adentros que esos jugadores (los que lo habían hecho bien, mejorando la imagen del equipo y mostrando una nueva eficacia goleadora) repetirían en Anoeta.
Pero no. Resultó que volvió Capdevilla, que no se contó con Chando, que Luque estaba en el banquillo y que Aquino (que había jugado su mejor partido en mucho tiempo) tampoco contaba los cálculos del entrenador. Y, claro, como yo estoy dispuesto a proclamar, y proclamo, que José Miguel Campos sabe de esto mucho más que yo, y conoce a los jugadores y sus circunstancias mejor que nadie, y tiene unos criterios deportivos, que hay que respetar, y confía en algún jugador que a mí no me gusta, son eso, sus criterios, los que deben alimentar sus decisiones.
Como un simple aficionado que soy, no acabo de entenderlo.
Sin embargo, aunque ese equipo al que sigo con menos asiduidad, sí he entendido al Cartagena, que parece empeñado en confirmar la buena impresión que me causó el día de su debut. Si en su estreno liguero me pareció que estaba por encima de la media que viene ofreciéndonos la división de plata, frente a Rayo apresuradamente calificado como aspirante al ascenso, mostró unas virtudes de conjunto y una solidez defensiva que satisfizo las exigencia de una de las hinchadas más numerosas de cuantas ha conocido el equipo departamental desde que estreno su campo del Cartagonova.
En sus tres encuentros, el Cartagena ha cosechado otras tantas victorias, y todas sin enmendar su criterios, partiendo de supuestos diferentes. El primer partido empezó ganando en campo ajeno y buscó, primero con codicia y una miaja de arrogancia y luego con esfuerzo y hasta con dolor, la suma de los tres primeros puntos. Contra el Elche, quedó pronto en desventaja y culminó una homérica remontada. Sobre el Rayo, no sólo consagró la ventaja inicial sino que anduvo afanoso a la búsqueda de un segundo gol que certificara la superioridad de quien no está dispuesto a ir de puntillas, por el torneo.
Dos actitudes distintas. Dos criterios diferentes. Dos resultados dispares.Y, para el periodista, la observación, la expectativa, el intento de entender decisiones y acciones que se me escapan. El gran problema de los aficionados, y reitero que eso soy yo, es la impaciencia. Pero coincido con Emerson, cuando afirma que los años enseñan muchas cosas que los días desconocen. Pero no sé si me queda tiempo suficiente para terminar entendiéndolo.
LA LUPA DE IBARRA