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Aquellos dos veranos con Felipe González

REGIÓN MURCIA

Aquellos dos veranos con Felipe González

La Casa Colorada, donde veraneó el ex dirigente socialista, acoge ahora a altos ejecutivos y artistas en busca de relax e inspiración

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Mañana de verano brumosa y de calor espeso. El sol se cuela por un cielo enmarañado tiñendo el mar de un verde turquesa. Entre un bosquecillo de taráis, mimosas y eucaliptos, visible desde lo alto del Lomo de Percheles, la Casa Colorada destaca aún más. El edificio centenario a pie de playa todavía hoy sirve de referencia para los pescadores que navegan por estas aguas de la bahía mazarronera, justo en el límite con el poblado lorquino de Puntas de Calnegre. La dueña, Ángela Kutsch, mirada azul y cabellos de ondas doradas, huye de cualquier protagonismo, y no cuenta todo lo que vio. Opta por la discreción, pese a que conoce de primera mano algunos de los entresijos de la historia más reciente de la democracia. Por ejemplo, vivió en primera fila la gran victoria electoral del PSOE en el año 1982. Tanto que fue en su chalé madrileño de la calle Arturo Soria donde Felipe González supo que iba a ser presidente con una holgada mayoría, 202 diputados.
No era la primera vez que se veían. Tres meses antes de aquel encuentro en Madrid, González y su familia habían pasado una semana de vacaciones en Mazarrón. El lugar elegido fue Parazuelos, una playa virgen, en el límite con Lorca. La pareja sevillana y sus hijos se instalaron en la Casa Colorada, que el padre de Ángela, Mathías Kutsch, había comprado hacia 1967. La invitación partió de Julio Feo, asesor y amigo de González, que entonces estaba casado con Ángela Kutsch.
El paraje costero sigue como entonces. El caserón, de fachada roja y techo a cuatro aguas, tampoco ha sufrido cambios. Ángela es reacia a entrevistas y no quiere fotografías, pero accede a abrir las puertas de la Casa Colorada a La Verdad.
«Vinieron dos veranos seguidos, en 1981 y 1982. Querían descansar. Él salía a pescar con vecinos de Puntas de Calnegre y Cañada de Gallego. Éste era un sitio tranquilo y fácil de vigilar, porque sólo se puede llegar por una carretera», recuerda la propietaria de la casa. Ángela Kutsch cortó todos los puentes con el mundo de la política cuando se separó de Julio Feo, quien llegó a ser secretario general de la Presidencia entre los años 1982 y 1987. «Me borraron del mapa», cuenta Ángela todavía con cierta desazón. Aún así, dice que guarda buenos recuerdos de algunos de ellos, pero sólo pronuncia un nombre: Alfonso Guerra. «Coincidí con él en un acto y se mostró muy cariñoso conmigo».
Un momento delicado
La vivienda más famosa de Parazuelos conserva la misma mesa de billar francés en la que Felipe González jugaba en las tardes de sus veraneos mazarroneros. Quizás idear la siguiente carambola le ayudaba a liberar tensiones, ya que el país vivía un momento político delicado. No hacía mucho que había fracasado el golpe de estado del 23-F y era una incógnita cómo iban a responder algunos sectores de la sociedad si efectivamente se producía el cambio político, como así fue, con un giro a la izquierda. Puede que el paradisiaco paisaje le inspirara al líder socialista algunos de los proyectos que pondría en marcha al llegar al gobierno. Pese a que, una vez que llegó a La Moncloa, nunca más regresó a la Casa Colorada, Felipe González «se seguía acordando de Mazarrón», indica Pedro Muñoz Ballesta, alcalde socialista de la localidad costera en la década de los ochenta, quien lo visitó en varias ocasiones en Madrid cuando ya era presidente del Gobierno. Muñoz Ballesta fue uno de los dirigentes socialistas murcianos que acudió a la Casa Colorada aquellos años.
«Felipe vino a descansar con la familia. Salía a pescar, fumaba puros y jugaba al billar. Yo no sabía hacer ni una cosa ni la otra. Recuerdo que con el lebeche que siempre soplaba en aquella terraza, a mí se me apagaba el puro constantemente. Felipe me decía: 'tú has fumado poco'; y yo le contestaba 'éste es el primero, y porque me lo has dado tú'».
Se respira pura paz
La terraza a la que se refiere el ex regidor, protegida por un porche, tiene un cómodo banco esquinado, con mullidos cojines blancos, donde te acuna el murmullo de las olas. Se respira pura paz. Y la tranquilidad que entonces sedujo al dirigente socialista, es la que ahora disfrutan altos ejecutivos, funcionarios de Bruselas, artistas y escritores. Llegan a la Casa Colorada «para descansar y desconectar», indica la propietaria de la residencia. Unos necesitan relajarse, otros buscan la inspiración. La casona, con forma de cubo y unos 400 metros cuadrados, ofrece 14 plazas de alojamiento. No es un establecimiento hotelero al uso. Funciona como una «casa de amigos», según se indica en la página web (lacasacolorada.com). Así que para ver si hay habitaciones disponibles, primero hay que enviar un correo electrónico «de adhesión al grupo de amigos».
Ángela Kutsch disfruta cocinando para sus amigos platos mediterráneos. Ahora tiene otra afición: está aprendiendo a pintar. En la sala de estar que ocupa toda la primera planta de la Casa Colorada ha colocado el caballete, con vistas al Mediterráneo. Sobre el trípode de madera hay un cuadro a medio acabar con una estampa típica de Murano (Venecia). Los tonos pasteles de la obra contrastan con el azul verdoso de este mar mazarronero que inunda todo el ventanal.
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Aquellos dos veranos con Felipe González
Fachada principal de la Casa Colorada, a pie de la playa mazarronera de Parazuelos. / M. RUBIO MARTÍNEZ
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Mojón de Parazuelos, que marca el límite con Lorca. / M. R. M.
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La mesa de billar en la que jugó González. / M. R. M.