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El negocio del capullo

La Murcia que no vemos

El negocio del capullo

La perdida industria de la seda permitió levantar gran parte de nuestros tesoros

23.08.09 -
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Son edificios robustos; pero en sus cimientos aún palpitan los frágiles filamentos de la seda. Durante siglos, la riqueza que supuso esta industria sirvió para financiar gran parte de la obras arquitectónicas que hoy consideramos joyas históricas. Desde el Puente Viejo y el antiguo seminario de San Fulgencio, las contribuciones a la Catedral, hasta cinco fábricas activas en pleno siglo XIX, el Contraste o los tesoros de la Cofradía del Perdón.
El negocio de la seda ocupaba en la ciudad un triángulo invisible que une en sus extremos la plaza de Castilla y los barrios de San Antón y San Miguel. Aunque ya nadie recuerda que este sector determinó la balanza comercial de la Región, de aquel esplendor eclipsado sobreviven los nombres de muchas calles. Por ejemplo, de la Seda, del Desembojo o Hilanderas, todas en San Antón. La fábrica de Castilla exportó durante el último tercio del siglo XIX toneladas de capullos de seda en bruto al puerto de Valencia y Francia. En ese mismo periodo había en Murcia otras cinco fábricas sederas que, en su mayoría, se dedicaban a la producción de hijuela.
El periodista Martínez Tornel describió a las hilanderas de esta plaza, quienes, «con los primeros claros del día, alegres y pomposas, llenas sus cabezas de jazmines, pasan de la parte del Mediodía a las fábricas de la puerta de Castilla, con un rumor tan alegre y con un paso tan ligero que parecen pájaras de las nieves cuando saltan por los sembrados ». Acaso suene el párrafo un tanto cursi en estos tiempos apresurados; pero más de un vecino se detenía ver pasar por la plaza de Castilla a aquellas «pájaras de las nieves».
El jardín de la Seda debe su nombre a las industrias que lo ocupaban, conocidas con el sobrenombre de Mayor y Menor o también como Grande y Pequeña. De los edificios sólo queda una chimenea. Cerca, el colegio José Castaño atesora en su escudo un gusano que serpentea por la chimenea, como antes trepaba el humo. O como ahora asciende al cielo la humareda de sabores exquisitos en la hostería Palacete de la Seda. Fue construida en el siglo XVII por una familia mallorquina. Con el paso del tiempo, fue bodega de vinos hasta convertirse en ahogadero de gusanos de seda, dentro de sus capullos. Aunque en la época este vocablo era tenido por malsonante y en la huerta se le llamaba capillo. Al menos, cuando la abuela estaba presente.
Los impuestos de la seda todavía dieron para estirar los gastos en obras públicas. Como sucedió con el Seminario de San Fulgencio, situado en la plaza de los Apóstoles y convertido en Escuela de Arte Dramático. El seminario, fundado en 1592, se erigió con «treinta y cinco mil y trescientas y ochenta y quatro maravedís, que valieron veinte libras y siete onzas de seda joyante, y once libras y cinco onzas de seda redonda, que se cogió de limosnas en el año de noventa y quatro». En 1718, la construcción del Puente Viejo fue posible al establecerse un gravamen de un real en cada libra de seda joyante, la buena, y «medio real en la seda redonda».
El auge del negocio pronto catapultó a la riqueza a sus promotores. Los tejedores y torcedores de seda fueron el único gremio que sacó, sin necesitar ni un maravedí de nadie, una cofradía a las calles: El Prendimiento, que cada Jueves Santo salía de San Antolín, barrio donde vivían estos artesanos. Herederos dignos de aquella tradición son los hermanos de la Cofradía del Perdón.
El Contraste, por último, concentró el pálpito del negocio sedero. Estaba en Santa Catalina, plaza mayor del siglo XVII, que acogió la proclamación de reyes, declaraciones de guerra, pregones a toque de trompeta, corridas de toros, juegos de cañas, castigos, autos de fe del Santo Oficio y sacramentales. La plaza tenía «porches de cornisas labradas de carpintería con poyos donde tomaban asiento los mercaderes y se celebraban las subastas con asistencia del corregidor». Allí estaba la lonja y la Audiencia, la casa del marqués de Espinardo y un pórtico gótico-mudéjar.
El Contraste, que revolucionó la concepción del entorno, sirvió para controlar la evasión de los gravámenes fiscales que se cometían en la compra y la venta. Una ordenanza de 1531 prescribió que «toda la seda se pese en el Contraste». La última fábrica de seda cerró sus puertas en los ochenta, dejando un legado que ya sorprendió en su día al Rey Alfonso XII, quien promulgó una ley para proteger el sector. Y hasta sentó sus reales posaderas en un corrillo de huertanos para participar en el desembojo, el proceso de retirar cuidadosamente el capullo, o capillo, de las hierbas aromáticas donde fue creado.
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