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04.07.09 -
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El palacete Ponce: de los orígenes... ¿al final?
JOSÉ IBARROLA
Con su derribo, desaparecerá también una de las últimas huellas fehacientes de la Murcia que fue y cuya herencia urbana hemos conseguido esquilmar a conciencia
Aquellos condenados al paredón que, conociendo lo inapelable de su sentencia ignoran, sin embargo, la fecha fatídica, sufren día a día una degradante aniquilación moral que les motiva a desear enfrentarse cuanto antes al pelotón de fusilamiento. Asimismo, la ciudadanía murciana nativa y el ciudadanío foráneo -dotados de una mínima conciencia estética-, experimentan una sensación mezcla de tristeza, vergüenza y rechazo contra los jerifaltes y encargados de velar por el maltrecho patrimonio municipal, cuando contemplan en el espléndido paseo del Malecón, el deterioro imparable y estremecedor del vetusto edificio señorial, conocido como palacete Ponce o la casa que sirviera de morada al insigne periodista y escritor Jara Carrillo. Yuxtapuesta a la anterior, surge la conciencia evidente de que es preciso adoptar una solución definitiva: si no es factible rehabilitarlo -y algunas voces autorizadas así lo señalan- habría que derribarlo (y reconstruirlo); aunque tal vez sea éste el objetivo último perseguido por los consentidores de su ruina.
Me atreví en un comentario previo (10-XI-2008) a censurar -suavemente y sin malicia- la inacción y desidia de los variados y bien retribuidos responsables locales, autonómicos, nacionales y, quizá también eurocomunitarios. Hasta donde alcanzo a saber, seguimos sin noticias de tan ocupada grey. Venturosamente, empero, a mi llamada reclamando el auxilio de alguna persona que conociera la historia del inmueble, ha acudido José Ramón Ponce, descendiente de la primigenia familia que lo levantó y habitó hasta su venta definitiva. Gracias a su amabilidad, he hilvanado esta breve glosa sobre sus orígenes y, ahora que presumiblemente estamos cerca de ver su final, tal vez pueda servir a modo de epitafio.
El caserón fue erigido hacia 1925 por Pascual Ponce (abuelo del cronista), quien construyó en la parte inferior una fábrica de hilatura de pescar, usando como materia prima los gusanos de seda, industria de tradición floreciente en Murcia: producían la famosa hijuela murciana, fuerte y resistente, obtenida a partir del intestino de los gusanos durante su metamorfosis desde larva a adulto. En su tiempo, la empresa contaba con más de 150 operarios por la gran demanda de hijuela, ya fuera como sedal para anzuelos o como sutura quirúrgica. El descubrimiento del nylon y las fibras sintéticas arruinó el negocio, reconvertido en fábrica de artículos de pesca, principalmente cañas de bambú con todos sus accesorios: anzuelos, carretes, boyas, etc.; el proceso industrial era más modesto y también las necesidades de plantilla (50 obreros).
De nuevo, los avances tecnológicos dieron al traste con la rentabilidad, las modernas cañas japonesas de fibra (aclaro que mis conocimientos y habilidades en el arte de pesquerías son casi nulos) obligaron a otra reorientación de la actividad empresarial, que pasó a fabricar directamente algún tipo de caña hecha con material más económico hasta mediados de 1970. Fue aquél un tiempo que los murcianos de edad madura evocan con nostalgia feliz, por el placer inigualable de los baños refrescantes y las plácidas jornadas de pesca en el Segura; surcado entonces por multitud de piraguas que remontaban la corriente hacia la Contraparada. Sin olvidar los bailes sociales y modestos saraos que se montaban en el extinto club de Remo. Pero volvamos a la cruda realidad. En su última etapa fue utilizado como almacén y tienda para la venta minoritaria de artículos pesqueros, cerrando definitivamente hacia 1995, cuando la familia propietaria vendió el inmueble.
Pascual Ponce, el fundador, destinó la parte superior del caserón a residencia familiar, distribuyendo cada uno de los pisos en dos viviendas independientes, que reservó para él y sus hijos; siendo la primera casa en Murcia que dispuso de agua corriente. Precisamente, como una de las estancias quedó libre, fue alquilada a Jara Carrillo, quien nunca llegó a ser propietario y parece que gozó de cierta munificencia por parte de su casero a la hora de abonar el alquiler; seguramente el señor Ponce se sentía profundamente orgulloso y bien pagado por contar con tan ilustre huésped como inquilino. Por cierto, la denominación «Palacete Ponce» parece que no figuró nunca en la historiografía original del edificio y es relativamente reciente (tres o cuatro años), siendo debida a alguien (desconozco la identidad) que diseñó un entretenido juego en Internet, consistente en identificar y poner nombre a monumentos y paisajes anónimos de la exultante geografía regional.
Si en verdad somos la memoria de los que fueron, cuando en las frescas mañanas de primavera vuelvan a contemplar el espectro ruinoso del otrora orgulloso palacete, recuerden esta modesta historia. Con su derribo, desaparecerá también una de las últimas huellas fehacientes de la Murcia que fue y cuya herencia urbana hemos conseguido esquilmar a conciencia. Recuerden que entre esos muros vivió y murió un hombre singular, con quien Murcia tiene una deuda impagable por su compromiso con esta tierra y sus gentes… porque gracias a las gestiones del ilustre director de El Liberal, hoy tenemos Universidad, Conservatorio o por sus muchos desvelos en lograr la canalización del Taibilla. Hoy, que con tanta fatuidad se blasona de murcianía, es difícil comprender la ingratitud y el maltrato que sus paisanos hemos dado a su casa. Si lo tienen a bien, a modo de homenaje evoquen haciendo suyos estos hondos versos de Jara Carrillo: «Yo soy de ese pueblo, que sufre y que calla/Mi voz es la suya, sus penas las mías/Mi llanto sus lágrimas…».
Nota. Este artículo está dedicado con agradecimiento a José Ramón Ponce, a su familia actual y, especialmente, a sus antecesores.


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