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Elena Quiñones procura no alargarse en las explicaciones. No habla al tuntún sino que va ponderando la respuesta. En ocasiones, pocas, refuerza su argumentación ayudándose con la mano izquierda y en alguna expresión, rara vez, esgrime en el aire las dos manos como queriendo acotar con exactitud la idea que quiere transmitir. En las paredes no más de cinco enmarcaciones, cuatro de ellas dibujos con texto y la restante, sólo texto manuscrito: un trovo que le dedicó Paco Rabal en 1994.
-Soy muy posibilista, y nunca digo «nunca jamás». Pero no. Ahora no entra dentro de mis expectativas.
-¿Qué recuerdo tiene de aquellos dos años?
-Muy bueno. Lo que pasa es que me cogió en un momento malo. Por una crisis importante, no tanto como esta, pero sí una crisis de liquidez. Pero fue una experiencia interesante. Se puso en marcha casi toda la infraestructura cultural que hay ahora en la Región de Murcia. Entre ella el Auditorio.
-Fu candidata a rectora en las últimas elecciones. ¿Qué tal fue esa experiencia?
-Todas las experiencias sirven ¿no? Pero esa fue muy enriquecedora. Yo aconsejaría que más personas se atrevieran a hacer un tránsito de ese tipo.
-¿Se llevó algún tipo de decepción por el resultado?
-Noooo [duda un poco]. No es que esperase el resultado numérico que se dio, pero yo sabía que en el momento en que se presentase otra candidatura y tuviera unos planteamientos parecidos a los nuestros, y dirigidos a personas de determinadas características, pues estábamos dividiendo el voto. Eso estaba claro.
-¿Podría detallar esas determinadas características?
-[Piensa] Puesss digamos que el planteamiento de nuestra candidatura era un cambio de estructuras. La Universidad de Murcia es una Institución enorme desde el punto de vista cuantitativo y como empresa, que tiene que hacer frente a un proceso como el de Bolonia, que conlleva no sólo un cambio en la forma y en los contenidos, sino también en las mentalidades. Y ahí sí que sabía que yo podía aportar algo a mi Universidad.
-Entonces no le supuso ninguna frustración…
-Siempre hay una carga de desilusión cuando uno no consigue los objetivos, pero, bueno, cuando concurres a unas elecciones puedes ganar o perder y por tanto hay que estar preparado para ambos resultados. Yo desde luego estaba preparada.
-¿Cómo es su vida desde entonces?
-Una vida bastante productiva. Ahora me dedico a investigar y dar clases, lo que hace cualquier profesor universitario. Y más ahora en el momento difícil en el que estamos…
-¿Difícil?
Sí, por lo de Bolonia. Implica nuevas maneras de acercarse a la docencia y a la investigación.
-¿Usted está a favor o en contra?
-Como todo proceso tiene ventajas e inconvenientes. La ventaja es enfrentar al alumno con lo que va a ser la realidad laboral.
-¿Inconveniente?
-Todos estos procesos implican mayores recursos y llevar adelante un cambio de esta envergadura con un presupuesto cero, la verdad es que es muy problemático. A nosotros también se nos exige que investiguemos, claro.
-A propósito de investigación. He leído en Internet que tiene patentada una cosa que se llama Conciencia Fiscal. ¿De qué va eso?
-Es un método de estudio psicosociológico y económico de la sociedad española. Algo parecido al CIS, enfocado a la conciencia fiscal. Se refiere a las relaciones que establece el ciudadano con Hacienda y la Agencia Tributaria.
-Ahora estamos en época de declaración de la renta ¿qué puede adelantar?
-En los resultados de nuestros estudios siempre aparece un fraude fiscal importante y una justificación de ese fraude dependiendo de la profesión y del nivel económico. Los jóvenes y los profesionales cualificados que dependen de un sueldo son los que mayor conciencia fiscal tienen. Los más proclives a cumplir con sus obligaciones fiscales. El nivel educativo influye. A mayor nivel educativo mayor conciencia.
-¿Y quiénes están a la cola?
-Los que menos, generalmente, las amas de casa, las personas de la tercera edad y los profesionales liberales que no están sujetos a sueldo.
-Da respeto relacionarse con un psicólogo ¿Hay que ponerse en guardia para hablar con ustedes?
-[Ríe] Somos psicólogos no adivinos.
-¿Pero usted analiza los hechos o psicoanaliza a las personas con las que habla?
-Yo analizo los hechos [se ha puesto seria]. El psicoanálisis utiliza una metodología diferente y unos procedimientos distintos que necesitan un aprendizaje y una dedicación especiales. Nosotros somos muy buenos explicando por qué ocurren las cosas. Es decir, después de que han pasado. Un poco como los economistas ¿eh?
-Lo que de nuevo nos lleva a la crisis…
-De la crisis se sale con optimismo y planificación, pero también con más investigación y mayor formación, aunque a veces estas cuestiones no se tienen en cuenta. Por el lado educativo ningún esfuerzo es vano y ahí deberíamos concentrar todo nuestro empeño. La Psicología, que sabe de todo, sabe también de la psicología del cliente y de kla psicología de la mentira, que se está viendo en función de los políticos fundamentalmente.
-A ver, a ver, explíqueme, por favor, eso de la psicología de la mentira.
-[Ríe] El profesor Selva establece una relación sobre la realidad. Explican la realidad pero no es que la realidad sea así. Dependiendo de su ideología, cada uno percibirá, contará e interpretará la realidasd de determinada manera.
-¿Porque los políticos la cuentan siempre de forma parcial?
-Los filósofos clásicos dicen que la realidad es imposible de conocer porque lo que tenemos delante es pura apariencia. Sería ingenuidad creer que la realidad política es tal y como nos la cuentan.
-Pero ¿no es exigible que nos acerquen lo más posible a la realidad objetiva?
-Yo no aseguraría que se intente mentir en la política sino que se revalorizan determinados aspectos de la realidad, que son los que convienen a los fines que interesan al político de turno.
-Ignorando los otros aspectos que no convienen…
-Sí. Pero esa es una mala forma de construir un discurso. Porque también los clásicos te dicen que para convencer, para hacer un verdadero discurso persuasivo tienes que enumerar y describir las posiciones antagonistas, las cuales no podemos desdeñar de antemano. Hacer referencia a los argumentos de los oponentes da más fuerza al discurso porque puedes minimizarlos y compararlos con los argumentos propios que, naturalmente, salen ganando. Y por lo tanto es mal político el que ignore los razonamientos contrarios.
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