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Murcia

La Murcia que no vemos

Los murcianos consumían cada año toneladas de hielo de Sierra Espuña como alivio frente a los rigores del verano
31.05.09 -

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La nieve, hasta bien entrado el siglo pasado, se encerraba en Murcia. Y no bajo siete llaves, pero con tanto cuidado como si de oro se tratara. Porque disfrutar de un simple vaso de agua fresca, a no ser que fuera de una cántara, era entonces más complicado que tomarla del frigorífico, entre otras cosas porque ni existía. Encerrar la nieve consistía en recolectar el helado elemento en pozos excavados en las sierras, curiosos congeladores desde donde se extraía más tarde para acercarla a la ciudad y suavizar la calorina veraniega, preparar helados o conservar alimentos.
La demanda de nieve en Murcia llegó a ser exagerada. Así, en el verano de 1688 se consumieron en la ciudad casi cien mil kilos. Tanta afición, al margen de un incremento en el número de constipados, obligó al Ayuntamiento a regular y tutelar este comercio. Una veintena de pozos aún permanecen casi en pie como testimonio de aquella época. Y ya desde antiguo era gravado este comercio por Hacienda debido al amplio margen de beneficio de que disfrutaba.
En 1870, el Ayuntamiento esgrimió sus derechos sobre los pozos de nieve para impedir que un comerciante se dedicara a este negocio. La medida sería criticada por el diario La Paz, cuyo redactor aconsejó al Consistorio que «se ocupe más de los presupuestos que no tiene que de prohibir lo que no debe ni puede». Sólo 4 años más tarde, el Ayuntamiento indemnizaría al arrendatario de los pozos, Gregorio Meseguer, con la cantidad de 3.000 pesetas «por perjuicios con motivo de la libertad de la venta de dicho artículo».
El gran frigorífico natural de la ciudad estaba ubicado en Sierra Espuña, a unos 1.400 metros de altura, donde se repartían los pozos de nieve. Tenían forma cilíndrica, de unos 12 metros de diámetro y hasta 10 de profundidad, rematados con una cúpula similar a la que adorna los hornos morunos. En los meses de invierno se llenaban con sucesivas capas de nieve, separadas por paja o matojos, que los braceros golpeaban hasta convertir en bloques de hielo. La nieve podía aguantar varios años sin derretirse. Los relevos entre jornaleros eran frecuentes para evitar la congelación. Entonces bastaba aguardar la llegada de los nevateros que trasladaban, a lomos de mula, la preciada carga a la urbe. A cada paso de la bestia se iba fundiendo el hielo, lo que aumentaba las pérdidas en función de la distancia a recorrer.
Desde antiguo
Ya en 1724 se regularon los pozos con unas Ordenanzas que establecían los lugares donde estaba permitido recoger la nieve, «en los sitios señalados y rasos que tienen continuos a los pozos», bajo pena de «más de cien ducados y veinte mil maravedís». Además se prohibía «a los recolectores» cortar leña verde, «y si necesitaren de la seca para las cocinas en el tiempo de la recolección, hayan de pedir licencia al Concejo».
Murcia tenía tres tiendas o nevaterías dedicadas en exclusiva a la venta de nieve y ubicadas en San Pedro, la calle del Pilar y Trapería. La nevatería municipal estaba ubicada en la calle a la que dio nombre, junto al Casino de la ciudad. Además, era habitual la presencia de vendedores ambulantes y de locales donde se ofrecía lo que muchos consideraban un manjar: el agua fría, también regulada hasta en su grado de frialdad para evitar estafas.
El consumo de nieve provocaría la creación de helados que, en latitudes tan calurosas como la murciana, eran un lujo asequible y casi necesario para cualquier ciudadano. De mantecado, melocotón y avellana, crema de café y café blanco, o la popular «agua horchata» eran los productos estrella de las cartas de cafés y heladerías del siglo XIX. Entonces, como ahora, no había mejor remedio para el sofoco estival que buscar el primer fresco de la tarde empuñando un chambi.
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