Una casa es un espacio de recuerdos llenos de vida y habitaciones colmadas de historias. Además de llevar grabada en sus paredes las hazañas y fracasos de su familia, es un refugio contra el frío, donde se cocina, se come y se vive. Si un día llegan a su casa, donde han crecido y vivido desde antes de tener uso de razón, y le dicen que tienen que desalojar la vivienda para que la ocupen otras personas que la necesitan, ¿cómo se sentiría usted? En esta situación se encuentran Josefa y María, que viven en el número 19 de la calle Bailén en la pedanía de Espinardo.
Antes de entrar en detalles hay que reseñar, con breves pinceladas, la situación de las dos protagonistas de esta historia. María Contreras tiene 25 años, pesa 200 kilos y cuida de su madre. Apenas puede dar algunos pasos sin fatigarse. Vive a base de batidos y engorda sin cesar por un problema de tiroides. Está en lista de espera tres años para ser operada del estómago pero tiene que adelgazar al menos 10 kilos para poder entrar a quirófano.
Josefa Fernández es madre de cinco hijos, viuda y tiene 59 años. Sufre insuficiencia renal, no tiene piernas, casi todos los dias desde hace 21 años se tiene que someter a diálisis, está casi ciega y toma 21 pastillas diarias -la mayoría de las veces con agua, pues no tiene para comprar leche. Su historial médico no tiene fin. Ambas no pueden bañarse solas y viven con una pensión que no les da para llegar hasta fin de mes. Pasan hambre y comen lo que pueden, aunque deben seguir regímenes estrictos. Sólo esta descripción conmueve a cualquiera pero sólo es el principio.
La casa en la que residen es una vivienda protegida por el Ayuntamiento de Murcia. Pertenecía a un tío de María que tenía 3 hijos pequeños. Josefa y María viven en este lugar desde hace 3 años, al quedarse Josefa sin piernas. Así madre e hija cuidaban de los niños mientras el hombre trabajaba. Al morir la madre de éste, se trasladó a Cartagena a vivir con su padre y sus cinco hijos. Mientras tanto, ellas permanecen en la casa.
«Soy una 'okupa' ilegal»
La familia mostró su angustia a La Verdad por la situación en la que se encuentran. «Como no tenemos papeles, nos quieren echar de esta casa. Al no estar mi tío, soy una okupa ilegal. Si yo pudiera trabajar, y así pagar un alquiler, lo haría pero no puedo. Me demandaron hace un año y estamos esperando la carta del juicio. Antes de que se celebre éste, queremos tener una respuesta y una solución. Si nos vamos de esta casa, nos vamos a la calle», expresó María acongojada. Simultáneamente, su madre lloraba a su lado y se lamentaba de todos sus problemas.
Juana Contreras es la hermana mayor de María. Vive cerca y es la encargada de velar por la salud y seguridad de sus cinco hijos, su hermana y su madre. «No pedimos una casa grande y nueva. Sólo pedimos unespacio pequeño en bajo para ellas dos. Yo vivo en un cuarto piso sin ascensor. Si pudiera subirlas a casa, lo haría pero son muchas escaleras y mi madre tiene que ir al hospital. casi a diario. con la ambulancia», explicó Josefa con resignación.
Su abogado de oficio les dijo que «mientras que no saliera el juicio, se fuera buscando algo», comentó María. «El Ayuntamiento no nos ha dado ninguna alternativa. Nos tenemos que ir de aquí. Los de Servicios Sociales nos han dicho que, viviendo en la calle Bailén de las casas baratas, no va a venir aquí mucha gente. Le darán la casa a inmigrantes pero para que estén extranjeros viviendo en mi hogar, vivimos nosotras. Aquí, en Espinardo, hay muchas casas vacías», agregó María.
Una familia muy humilde cuya riqueza reside en su unión. «Nos apiñamos y somos todos uno. No hay trabajo ni nada. Sólo pedimos una habitación en bajo. Con una triste ayuda pagan el alquiler, agua, luz y la comida. Mi madre vive por una máquina», comentaba Josefa, la hermana mayor de María. «Entre todos nos ocupamos. Mi madre llora todos los dias. Es una situación muy grande de impotencia», concluyó Josefa. Sin duda la legalidad rige las sociedades. Sin embargo, el corazón y la solidaridad también conducen a las personas. Suerte.