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10.03.09 -

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La infancia, el edén, el primer amor y el dolor. Ana María Matute recorre aquellos lugares niños en su Paraíso inhabitado, su novela con un sentido más autobiográfico. El mundo hostil de los adultos, sus dobleces y sus normas. El cuarto oscuro que en vez de castigo se convierte en castillo en el que refugiarse. La imaginación como la más poderosa arma para adentrarse en el bosque de la vida es lo que reivindica la Matute. Sigue allí atrincherada en el resplandor de la penumbra, entre fantasmas y obsesiones: en el cuarto oscuro donde todo es posible si se desea con suficiente fuerza, como el unicornio andariego de la portada de su última novela. «¿Quién sabe realmente lo que es ficción y lo que es realidad?, parece filosofía de andar por casa, peso es así», asevera. «Yo recupero ese cuarto oscuro cada día. Pero los duendes, una vez que ya se han ido, ya no vuelven», exclama con pena.
Dice la autora de Aranmanoth que su palabra favorita es resplandor. Incluso el «resplandor de la oscuridad». «Hay -añade- personas que tienen resplandor, no todas».
«Los niños siempre son iguales en todos los tiempos, lo que cambia es el entorno y las costumbres. Pero el niño siempre está descubriendo el mundo», asegura.
¿Fue una niña feliz Ana María Matute? «A mi modo, pero no del todo. Como todos los niños me sentía muy incomprendida. En aquella época había una distancia enorme entre los Gigantes y los enanitos; ahora entre padres e hijos hay una confianza y una naturalidad que entonces no existía. Entonces había que pedir permiso para hablar».
¿Es ahora una niña feliz Ana María Matute? «Soy una vieja feliz que vive con su hijo y con su nuera a los que quiero con locura».
No se escribe según Ana María Matute para volver a rozar la infancia. Se escribe porque «se nace escritor, como otros nacen panaderos». «No es ni una profesión ni una vocación es una forma de ser, de estar en el mundo». Así que la Matute escribió su primer cuento a los cinco años. «Mi madre, cuando me casé, me dio los cuentos que había escrito de los cinco a los doce años. Lo que más me sorprendió es que ella los hubiese guardado», reconoce con un leve quiebro de voz".
De los cuentos, de los de érase de toda la vida, la Matute escoge para su estantería personal Peter Pan, Los once príncipes (Los cisnes salvajes), de Andersen, y El patito feo. ¿No le da pena que Peter Pan sea un chico? «Tenía que enamorar a Wendy». Ahora se podría solucionar. «También, también...», sonríe.
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