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lGOLPE A LA CORRUPCIÓN URBANÍSTICA l UN EX ALTO CARGO DE LA COMUNIDAD EN EL CALABOZO

05.03.09 -

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Q ue Francisco Marqués no se iba a distinguir precisamente por su moderación es algo que quedó meridianamente claro, ya en octubre de 1995, cuando tomó posesión de su cargo como consejero de Sanidad de la Comunidad Autónoma de Murcia. Apenas llevaba un par de días al frente del departamento cuando tuvo el primero de lo que sería una innumerable serie de encontronazos. Porque jamás rehuyó una pelea ni esquivó un charco en el que pudiera meterse. Fue la entonces juez de Menores de Murcia, Ascensión Martín, la que tuvo el incierto honor de estrenarlo como púgil, y fue a cuenta del Centro Educativo Juvenil que el anterior consejero de Sanidad, socialista, había dejado a medio construir.
«Se trata de un proyecto faraónico con un coste exagerado», denunció Marqués, quien añadió: «No queremos caramelos de este tipo», en clara alusión a que el proyecto no seguiría adelante. Cuando el colectivo de magistrados, con la juez Martín a la cabeza, le recordó que el centro era absolutamente necesario para la reeducación social de los menores delincuentes, el todavía bisoño político demostró que no tenía mandíbula de encajador.
«Lo mejor que puede hacer es callarse -le espetó a la magistrada-; a lo que se debe dedicar es a juzgar y a cumplir con su trabajo, y dejar a los demás que trabajemos». Claro está, se lió parda.
En una fiel representación de lo que la cultura popular define como arrancada de caballo y parada de burro, acabó reculando, esbozando una especie de disculpas y, por supuesto, terminando de construir el centro de menores. En Sangonera se alza el edificio, para quien desee comprobarlo.
No se habían extinguido las llamas del primer incendio cuando ofreció una nueva demostración de que, con él de cocinero, política y corrección nunca iban a ligar una buena salsa. Se compró un enorme cartel en el que, sobre fondo azul, podía leerse: Dios bendiga a todo aquel que no me haga perder el tiempo. Entre su inseparable Luis Navarro, entonces director general suyo, y el siempre sufriente José Luis Gil, secretario general de la Consejería, lograron convencerlo, no sin ímprobo esfuerzo, de que renunciase a colocar el cartelón tras la mesa de su despacho. Se lo regaló a un joven redactor de temas sanitarios y hoy cuelga de una pared en la redacción de un periódico.
Hombre de agudísima inteligencia y volcánico verbo, este veterinario pasó en dos zancadas de analizar la salud de los cochinos que iban a ser sacrificados en la factoría de ElPozo a instalarse en los lugares más cálidos de la política regional: en el regazo del presidente Ramón Luis Valcárcel, que por aquel entonces no ocultaba la satisfacción que le producían las arremetidas de su consejero contra los miembros de la oposición. Con la socialista Teresa Rosiquetuvo, muchos años después, un enfrentamiento en la Asamblea Regional que acabó quedando para los anales. A cuenta del caso Zerrichera, que ahora le ha costado ser detenido. Acabó retando a la parlamentaria a acudir a la Fiscalía si tenía alguna prueba que le implicara. «Le doy tres días para hacerlo. Yo mismo le pagaré el taxi», la animó.
Con esas hechuras, Marqués se convirtió en poco tiempo en un claro referente del Gobierno regional. Era un elefante en una cacharrería, de acuerdo. Pero también muchas cosas más. Su condición de gran gestor la demostró cuando Murcia vivió la mayor epidemia de legionella registrada nunca en el mundo. La forma en que tomó las riendas del asunto, poniéndose al frente de todo el sistema sanitario, fue una de las claves de que aquello no acabase con cien murcianos en el cementerio, como preveían los estudios más optimistas.
Otro tanto ocurrió cuando un terremoto dañó irremisiblemente el antiguo Hospital General de Murcia. Sacó a los pacientes, ordenó su derribo y se enfangó en la tarea de construir uno nuevo: el actual Reina Sofía. Todo resultó mucho menos traumático de lo que cualquiera podría haber previsto.
En febrero del 2004 salió del Consejo de Gobierno para ser nombrado delegado del Gobierno en Murcia. Duró un mes y medio, hasta que -con los atentados del 11-M de por medio- Zapatero desalojó al PP del poder y con ello, y de rebote, mandó al paro a Marqués, que rápidamente fue bautizado como Francisco el Breve.
No tardó Valcárcel en recuperarlo para su Gobierno. Lo hizo consejero de Industria y Medio Ambiente y en ese cargo lo sorprendió el que acabaría siendo llamado caso Zerrichera. Marqués tenía encima de la mesa el informe contrario de los técnicos de Medio Natural para urbanizar la zona, pero el consejero tenía sus propias ideas: Era partidario de «compatibilizar el urbanismo con los espacios naturales, porque sino el medio ambiente lo matamos». Preguntaba a menudo si se podía urbanizar o no.
Semanas después de estallar el escándalo en el Ayuntamiento de Águilas, visitó los polémicos terrenos para mostrar que la finca estaba deteriorada por la actividad agrícola, principalmente la plantación de lechugas, y que no había fauna que proteger. No se paraba ante nada. Su presencia en la finca llamó la atención de los técnicos díscolos, a los cuales el entonces consejero enfureció al decir que no habían pisado el terreno, como él. Defendió a capa y espada la actuación de su departamento, aunque luego se vió el rosario de supuestas irregularidades y la marcha atrás de algunos de sus subordinados. Se despidió en abril del 2006 criticando «el acoso y derribo» del PSOE contra él por La Zerrichera, que tres años después de singladura judicial le ha explotado de lleno.
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