Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |

Portada

04.03.09 -

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
No vieron zarpan juntos las naves hacia Troya, ni les tocó vivir unidos el tiempo de jugar a espadachines y rescatar princesas, pero los unió la vida en la edad ya madura en la que tanto se valoran la lealtad y una palabra sabia a tiempo. José Perona y Arturo Pérez-Reverte fueron muy amigos, se persiguieron a través de libros amados, y de paisajes soñados y arañados por la vida, y supieron hacer de su admiración mutua un pasaporte que les permitía sentirse muy libres compartiéndose. Ayer, Pérez-Reverte estaba herido. Habló con La Verdad de su amigo, el maestro de Gramática que él convirtió en personaje de La carta esférica. «Era uno de los hombres más inteligentes que he conocido, de una inteligencia extrema y una cultura extraordinaria», señala el autor de El Club Dumas. «Eso, precisamente», añade, «le hacía ser gruñón y encontrarse a disgusto en el mundo en el que estamos». De esa combinación de inteligencia y cultura «salía su carácter tan singular, tan admirable y que a los amigos tanto nos fascinaba», precisa Pérez-Reverte, tan buen conocedor de su «mezcla de malhumor y de inteligencia extrema». «Fue muy amigo mío», dice. Rotundo. Orgulloso. «Estuvo -recuerda- en todos los momentos importantes de mi vida profesional, de mi vida literaria; me acompañó siempre: presentaciones de libros, comidas de trabajo, acontecimientos, en la Academia...-». «El que Pepe me haya distinguido con el título de amigo a mí me hace sentirme mejor de lo que soy», indica. «Cuando me distinguía con su amistad, yo decía: algo bueno habré hecho para que Pepe Perona sea amigo mío». Sí, era «un tipo gruñón, aparentemente gruñón y malhumorado, pero que en el fondo tenía muchísima ternura. Era de esos amigos que hacen que uno se sienta satisfecho de sí mismo».
Ahora, el vacío. «Su desaparición, para cuantos lo respetábamos y admirábamos, deja un agujero enorme en nuestra vida» y un inmenso pesar «en nuestra memoria». Memoria para recordar a José Perona, quien un día, a la pregunta de si le quedaba algún respeto por sus semejantes, respondió: «Ninguno, ni siquiera por mí mismo. Me queda respeto por mi familia, por algunos amigos que me respetan. Yo aprendí a respetar sólo a quienes me respetan. Y respeto a la gente que tiene capacidad de pensamiento abstracto, porque estamos en una época donde la gente cree que vive porque tiene treinta días de vacaciones, y eso me parece una vulgaridad».
Opina

* campos obligatorios
Listado de comentarios
Vocento
SarenetRSS