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Cultura

CRÍTICA DE MÚSICA

25.02.09 -

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Como delicadeza musical para sobrellevar la crisis anunciaba el Aula de Cultura de este diario, La Verdad, contando con el patrocinio de la Fundación Cajamurcia, el recital de un insólito dúo formado por el soprano masculino José Ramírez y el arpista José Antonio Domené, ofreciendo músicas de una dulce expresividad centradas sustancialmente en el siglo salzillesco. Músicas de esas que, al decir de García Martínez en su exordio, «merecen ser recordadas por siempre».
Y, efectivamente, cualidades para el más placentero ejercicio de la memoria no le faltaban a ninguna de las piezas de canto elegidas por José Ramírez, «un señor con voz de soprano», como él mismo se definiría a preguntas del periodista, quien inició su canto con la bellísima Lascia ch´io pianga del Rinaldo de Haëndel, una de las páginas más sublimes salidas de la pluma del autor de El Mesías, y las compuso en abundancia, y lo terminó con otra no menos celebrada: el Nel cor piú non mi sento de La Molinara de Giovanni Paisiello, bien conocido por la excelencia de su música pero también por las rivalidades con sus colegas. Cantó ambas Pepe Ramírez sin afectación y con gusto, mostrando una madurez y un arte que ha sabido depurar con el paso del tiempo y que tal vez en el O del mio dolce ardor de Gluck alcanzaría su expresión más completa.
A pesar de que a José Antonio Domené le cumplía en este recital un papel esencialmente de acompañante, no pudo ocultar en sus dos intervenciones a solo, la Passacaglia de Haëndel y la Sonata de Mateo (Antonio Pérez de Albéniz, que, obviamente, no hay que confundir con Isaac Albéniz, una de las figuras señeras de la música española cuyo centenario de su fallecimiento celebramos este año), digo que no pudo ocultar este prometedor artista alberqueño sus excelentes maneras y sensibilidad para desarrollar todas las cualidades que exige la condición de virtuoso.
Tocó magistralmente Domené una y otra pieza, y aún pudo hacerlo en otras más, porque el recital, celebrado en el salón de actos literalmente abarrotado del Edificio Moneo de Murcia, resultó breve, si bien de una peculiar e intensa emotividad, que tuvo su prolongación en una preciosa canción, Adela, de Joaquín Rodrigo, de un sentimiento muy popular.
Aula de Cultura de
La Verdad
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