Les gusta, mecagüenlá, les mola un montón! Los divierte, los encandila, lo siguen con la mirada, embobados, le ríen sus ocurrencias. Es para ellos como la luz de la mañana que, en cuanto se crece un poco, acaba deslumbrándolos. Parece la petunia de ese panteón sombrío y marmóreo que es el hemiciclo. Y no hablo sólo de los del PP, que esos lo adoran, sino de la oposición, que sufre y disfruta a la vez con sus ocurrencias provocadoras, como la de aparecer en el plenario vestido de falangista, con la camisa azul mahón y la corbata oscura. Es una mezcla de masoquismo y fervor no disimulado lo que despierta en sus adversarios. Tan es como lo expreso que, si este Consejero gastara una nariz algo más corta, se lo llevarían a la cama.
Los del grupo socialista, que son los oficialmente progres, ven con estupor que el consejero Cruz lo es todavía más que ellos, por mucho que milite en la derecha. Este muchacho -El Niño, como lo llama el futbolero Angosto-practica una progresía nueva, actual, tan diferente de aquella de hace diez o quince años, que se tenía atribuida la izquierda en exclusiva. Pues no que hasta manifestó, el tío, que «el verdadero progresismo viene del PP».
Comoquiera que no me topé con Angosto en la cafetería, me subí a la planta noble para buscarlo. Y lo vi moviéndose sigiloso a cuatro patas, por debajo de los escaños. Se dio un susto tremendo cuando lo sorprendí. Y no tuvo más remedio que decirme la verdad. Estaba tratando de localizar a Kalimocho. Éste, según él, no es otro que el croata ese que anda por ahí tratando de localizar la esencia de Murcia.
El grupo socialista recibió a Pedro Alberto con chanzas y cachondeos. Tanto Martínez Bernal (PSOE), que es bordesico, como Pujante (IU) le preguntaron si era él mismo o su doble, aludiendo a esos juegos de magia virtual (¿o toda magia es virtual?) que constituyen la razón de ser del Consejero. Le dijeron de todo: frívolo, fantasma, derrochador, ególatra, mentiroso, chouman, pero, como el propio Ciudadano corroboró, con un puntico admirativo y hasta puede que envidioso, creo que les gustaría tenerlo en sus propias filas.
Los de la derecha -aún cuando no pocos de ellos son meapilas y se escandalizan por nada- andaban exultantes con el chiquillo. No paraban de aplaudirle, igual o más que si se tratara de Valcárcel. Por lo que me dije a mí mismo: «¡Cuidado, nene, que el jefe es el jefe! ¡No vayamos a joderla ahora!». Ya Pujante, que es filósofo, le advirtió: «Va a durar usted poco en el cargo».
El muchacho tiene un buen discurso y maneja los gestos. Acepta el chaparrón de los que se le oponen con una sonrisa y responde con ironía. Como hizo cuando pregonó las virtudes del humor, cuya práctica, para un mejor vivir, aconsejó a sus adversarios. Ni corto ni perezoso, les soltó: «El primer signo de inteligencia es el sentido del humor. Y ustedes no lo tienen». Y añadió: «Saquen sus consecuencias».
Fue un pleno atípico. Hubo un momento en que se estableció un diálogo entre el Consejero y los del PSOE. Y Belén (PP) lo pasó mal la chica para poder traerlos al orden. Presidía la rubia, porque Celdrán se había largado a cambiarle el agua al canario o a comprobar si el coche de algún periodista estaba aparcado en la explanada peatonal.
La exaltación de los del PP pudo deberse, aunque sólo en parte, a que ese día se habían zampado un caldero, cuentan que exquisito, que les preparó Ginés en la cafetería-restaurante de la Asamblea. Con acompañamiento de aperitivos y toda la leche, y por sólo doce euros. Fueran mayores o menores los efectos del caldero, Pedro Alberto se desmelenó y cantó, convencido: «¡Todos somos Kalimocho!» (o como diablos se llame el jodío croata).
¡Qué risera, oye!