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Murcia

18.01.09 -

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Les cuento. Nos vimos por última vez el invierno pasado, en el afamado merendero huertano y alberqueño llamado Casa Mármol. Iba en su silla de ruedas, acompañado de hijos y nietos. Era domingo, soleado pero frío. Me alegró verle y volver a charlar juntos un rato. Charlar con Juanjo Rojo fue siempre una delicia. Por eso será difícil que, quienes le conocimos de cerca, podamos olvidarnos de este caballero casi medieval pero tremendamente actualizado. Y, sobre todo, eso: caballero, culto, ingenioso como pocos, para quien el sentido del humor y de la amistad han sido, hasta el final, el santo y seña de su más acendrada personalidad.
Charlamos y volvimos a contarnos -una vez más- nuestras vivencias comunes y otras muchas que no lo fueron. Como nuestro primer encuentro, él como capitán farmacéutico del Ejército del Aire y un servidor como soldado de primera del mismo Ejército, cumpliendo el servicio militar en la Farmacia de Aviación, detrás de la Catedral y, naturalmente, a sus órdenes. Imposible relatar las mil anécdotas que aquél año de convivencia pseudo laboral nos deparó. Después, como presidente del Real Murcia juvenil, tuvo a bien encargarme la dirección como entrenador del citado equipo, en sustitución del comandante Villalaín -todo unos campeones de España- y confiado en la amistad y en mi juvenil ejecutoria deportiva de entonces. ¡Qué magnífico equipo, qué experiencia tan entrañable!
Fue en el transcurso de esa charla -«Antonio, ¿qué pasa que ya no te leo en el periódico?» «Ya estoy jubilado y, además, creo que no merece la pena», le contesté-, fue entonces, digo, cuando me confesó, incluso con cierto rubor, seguramente su secreto mejor guardado:
- Pues sabes que yo sí sigo escribiendo. Incluso ¡tengo una web!
Tuve que insistirle, pero conseguí que me diera la clave: www.garcilaso de la huerta.com.
No me sorprendió en absoluto. Busqué en Internet y allí estaba: su página y su imagen a lo Garcilaso, que acompaña estas líneas. Todo increíble, pero absolutamente cierto. Y sus versos. Especialmente dedicados al amor que ya se le había ido para siempre, su amada Araceli, su querida esposa. Y a Murcia y su Huerta, de las que también se enamoró muy pronto, aunque siempre recordara a sus frías tierras burgalesas... Y a sus amigos… Y a España, de la que fue también un enamorado y un servidor insobornable… .
Bastaría este dato para comprender un poco de la personalidad de Juan José Rojo Martínez, el general farmacéutico del Ejército del Aire que acaba de emprender su vuelo más importante, más allá de las estrellas. Bastaría saber de qué es capaz un hombre acostumbrado a no doblegarse ante las dificultades de la vida y las decepciones de la vejez, para entender algo de la personalidad fuera de lo común de este Garcilaso de la Huerta tan sorprendente como entrañable. Cuando con más de noventa años se elige para tener como compañera de su soledad a los más modernos adelantos tecnológicos y al deseo de seguir creando, es que, sin duda, estamos ante alguien nada común, insólito y, al propio tiempo, profundamente admirable.
Así ha sido, en efecto -y seguro que bastante más- mi amigo Juanjo Rojo. Así y tremendamente socarrón, sensible y lúcido Su cuerpo material, ya inservible, se ha quedado aquí. Pero su espíritu indomable será, allá en los cielos, un ejemplo incuestionable de que las almas siguen siendo eternas.
Va por usted, mi general.
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