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04.12.08 -

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Los ataques terroristas en objetivos de Bombay han producido más muertos que el atentado de Atocha. El impacto psicológico y político no será menor. Un terrorista capturado ha manifestado que deseaban repetir lo ocurrido en Nueva York el 11 de Septiembre. Parcialmente lo han conseguido. Aunque menos espectaculares, el éxito cinematográfico de las Torres Gemelas será el sueño de los terroristas durante siglos, han logrado, primera similitud, acaparar la atención mundial durante días.
Hay más coincidencias. Como en Nueva York, los terroristas han golpeado lugares emblemáticos, un hotel legendario, la estación, etc., en la ciudad más importante de la India, la que simboliza su pujante modernidad. Bombay es el centro bancario, tecnológico y cinematográfico, «Bollywood» produce más films que Hollywood, de un país de 1.000 millones de habitantes. Los terroristas, como los jihadistas de Nueva York, parecen declarar la guerra a todo lo ligado a la modernidad. Lo moderno contiene todo lo que ellos detestan: la democracia, el razonamiento, la libertad.
Similar es asimismo la concienzuda preparación. Los terroristas han actuado sincronizadamente, debían ser numerosos, lo que explicaría el daño causado y que se tardase 60 horas en reducirlos, manejaban con enorme soltura las ametralladoras AK-47 y las granadas, lo que no se aprende en una semana («actuaban como nuestros comandos», escribe el Hindustan Times) y habían hecho un detallado estudio de los lugares a atacar, lo que les permitió, por ejemplo, moverse por el hotel Taj, un edificio de 565 habitaciones, con mayor conocimiento que las fuerzas de asalto indias. Es posible que algunos de ellos se hospedaran en sus objetivos.
No menos importante: los terroristas eran también carne de suicida aunque con efecto retardado, no se inmolaron instantáneamente pero sabían que normalmente perecerían después de su acto criminal.
La autoría de la canallada permanece confusa aunque la obsesión de los asaltantes por apoderarse de turistas estadounidenses, británicos o judíos apuntaría a un grupo islámico radical. Los jihadistas parecen haber hecho del antiamericanismo, del sentimiento antibritánico y el antisemitismo una parte sustancial de su ideología. Los sentimientos de difusa simpatía que esto despierta en algunos intelectuales europeos ha llevado a Bernard Henry Levy a llamarlo «el socialismo de los imbéciles».
Mientras se despejan las incógnitas puede extraerse alguna conclusión. La primera es universal: el modo de operar, ataques indiscriminados a pecho descubierto con prolongación de la lucha, había desaparecido en los años 70. Nuestras sociedades descubren que están inermes para luchar con un grupo de iluminados destructores y dispuestos a perecer. Reforzar los servicios de inteligencia parece perentorio.
Otra se refiere a la incidencia en la geopolítica. Israel, con excelentes relaciones con India, este país también considera con frecuencia al islamismo como una amenaza, y de la que es el segundo vendedor de armamento después de Rusia, ve que los judíos siguen siendo blanco de los terroristas hasta en lugares alejados.
De más calado es el efecto en las relaciones entre India y Pakistán, dos colosos poseedores del arma nuclear. Debido a la reivindicación de Cachemira, en la India hay una propensión a atribuir la paternidad de cualquier atentado a Pakistán. En el pasado, escribe el indio Shashi Taroor, «está probado que han sido financiados y guiados desde el otro lado de la frontera». El muy sangriento contra el Parlamento indio en el 2001 fue atribuido al grupo Jaish-e-Muhammad al que se suponen conexiones con el espionaje paquistaní. El incidente tuvo a ambos países al borde de la guerra.
El Presidente paquistaní Zardar ha negado vehementemente cualquier conexión con los hechos y recordado a su colega indio que él, como viudo de la asesinada Bhutto, también es víctima de un atentado de fanáticos. «No caigamos en la trampa de los terroristas», repite.
Una subida de la tensión entre los dos vecinos, muy peligrosa, tendría otro efecto nefasto más amplio. La concentración de tropas paquistaníes en el lado indio significaría sustraerlas de la lucha contra los insurgentes en las regiones que bordean Afganistán. Y eso afectaría allí a las fuerzas de la OTAN, entre las que están las nuestras.
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