
Un ejemplo paradigmático es el recientemente nombrado consejero de Cultura y Turismo del Gobierno de la Región de Murcia, Pedro Alberto Cruz. Su nombramiento por el presidente Valcárcel como director de una de las instituciones culturales públicas más importantes de la Región (el CENDEAC) fue el preludio de su meteórica carrera política hacia la Consejería de Cultura, primero, y de Cultura y Turismo, después. Ya su primer nombramiento fue una violación escandalosa del venerable principio liberal de capacidad y mérito, puesto que el único mérito de su currículum era el de ser sobrino predilecto del presidente Valcárcel. Desde entonces, el señor Cruz ha tratado de hacerse perdonar este pecado original cultivando una imagen de modernidad, independencia y progresismo liberal. Y ha podido hacerlo sin mayores problemas a base de financiar todo tipo de actividades culturales, cuanto más vanguardistas y alternativas mejor. Eso sí, con cargo a los dineros del contribuyente, en flagrante contradicción con las habituales diatribas de los autodenominados liberales contra lo que despectivamente llaman cultura subvencionada.
Hasta que las cosas se complicaron. O sea, hasta que las elites regionales del PP se enteraron de que un festival de arte alternativo financiado por la Consejería de Cultura incluía una performance de Leo Bassi, un bufón célebre por su irreverencia anticlerical cuya actuación iba a consistir en una crítica de la política del PP en la Región. Y que, para más inri, iba a coincidir con su congreso regional. Aquí se desvaneció la afición del sobrinísimo por la vanguardia y la transgresión. Haciendo mangas y capirotes de principios tan emblemáticos del liberalismo como las libertades de expresión y creación, suprimió de un plumazo la performance. Y ni la dimisión de los responsables del certamen ni la retirada de numerosos artistas programados en protesta por la censura han hecho que le tiemble el pulso. Cantó la gallina: el supuesto vanguardismo progresista se reveló como mero esnobismo.
Este caso es una buena muestra del pseudoliberalismo de demasiados políticos de nuestra derecha democrática, que luego son los primeros en quejarse airadamente de que se les estigmatice como carcas intolerantes. Y es que no se puede tener todo. No se puede ser enfant terrible y niño mimado a la vez. Tarde o temprano, al enfant terrible del PP murciano le tenía que suceder lo que le ha sucedido: que las presiones de esa derecha de la que tan empeñado parecía en desmarcarse lo colocaran en la tesitura de elegir entre el deshonor o la guerra. Al someterse a las presiones eligió el deshonor. Y, como suele ocurrir en estos casos, tendrá también la guerra.
Manuel Hernández Iglesias es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Murcia y coordinador de Unión, Progreso y Democracia en la Región de Murcia.








