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Murcia

05.10.08 -

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«La jodienda no tiene enmienda» Prostitutas, 'pajilleras' y casas de tolerancia han dado color a Murcia durante siglos
EN CUEROS. Una de las pocas fotografías que existen de varias prostitutas posando ante la cámara. La instantánea fue tomada hace casi 100 años en París; pero documentos similares circulaban por la Región y eran muy cotizados por algunos. / LV
La prostitución, remota faena que estos días vuelve a cuestionarse, no es el oficio más antiguo del mundo. Más bien lo sería el cotilleo. Porque ya la mismísima Eva bíblica, quien no tenía a nadie para engañar al atontado Adán, practicaba el chismorreo con la serpiente, que ponía a Dios a parir. Desde entonces y hasta ahora, han sido las meretrices tan necesarias para unos como odiadas por otros, y criticadas en público por casi todos. Murcia no será la excepción. Ni lo fue.

El diario El Liberal se refería en 1912 a esas «míseras, con todos los estigmas del vicio y le degeneración en sus rostros juveniles y marchitos, embrutecidas por el alcohol, pervertidas por las más viles abominaciones de la crápula, que han sido prostituidas por madres y celestinas».

Cuenta Emilio Estrella que el curioso gremio de fulanas estuvo situado, desde el siglo XV hasta bien entrado el XX, en la Calle de la Mancebía, después Cuesta de la Magdalena y hoy Calle de la Magdalena. En este lugar ordenó el regidor Francisco Quirós, en 1618, levantar el Asilo de Arrepentidas. Más tarde serían las Oblatas las encargadas de ocuparse de las mujeres marginadas

Las cantoneras o mozas del partido figuran en muchas actas municipales, donde se las describe como «mujeres mundanas que hacían mal de su cuerpo». El Ayuntamiento se encargaba de retirarlas de los burdeles en los jubileos, la Cuaresma y la Semana Santa. Eran trasladadas a la Casa de Recogidas fundada por Belluga, donde se las obligaba a rezar y ayunar, a cargo de los fondos del Consistorio. Entre ellas se encontraban las llamadas pajilleras, dedicadas sólo a la masturbación para preservar su virginidad.

Casas de tolerancia

En marzo de 1941 se legalizó la prostitución, prohibida desde 1935 por la República, aunque se establecieron sobre este negocio duras normas referidas a la higiene, la edad legal para ser prostituta -que se establecía en 23 años- o la trata de blancas; ley que perduraría hasta 1956.

La norma describiría los burdeles como «casas de tolerancia». Y es que, curiosamente, el régimen de Franco toleró a las prostitutas como un mal menor, incluso socialmente aceptado y que atraía desde padres de familia a curas. Eso sí, de puertas afuera, la meretriz debía parecer «una mujer honrada, como honrada debe ser la fachada de la casa de perdición donde habita», anuncia un diario.

El mismo año se creó en Murcia el llamado Patronato de Protección a la Mujer, entre cuyas funciones figuraba la tutela de menores que «cayeran en el vicio» y que eran internadas en las Oblatas. Entre 1943 y 1944, el patronato cifró en 30 prostíbulos con 180 «mujeres caídas», en su mayoría ubicados en la Cuesta de la Magdalena. Todas ellas tenían entre 23 y 35 años. Sin embargo, en una acertada tesis doctoral, Juan Francisco Gómez Westermeyer, demuestra que el número acaso fuera el triple.

El caso de la prostitución ilegal obliga a citar casos y eludir los nombres de sus protagonistas, entre otras cosas y por ejemplo, para no desvelar qué conocido industrial murciano mantuvo en su finca a una madre y una hija a cambio de «favores deshonestos», que provocaron un escándalo monumental en la ciudad. O aquella peluquería de la calle Santa Teresa, tapadera de un burdel clandestino cuya dueña fue condenada a dos años de prisión por corrupción de menores. Y otros dos años se impuso a un jornalero que fue sorprendido en la estación del Carmen cuando se disponía a viajar con dos menores a Cartagena para prostituirlas. Más suerte tuvo el empresario que fue denunciado por su esposa cuando le contagió la gonorrea que, a su vez, le había contagiado una sirvienta. Fue absuelto. Y a modo de colofón colorista, mítica resulta aquella conclusión de otro magistrado que, en una sentencia sobre un infiel reincidente, advertía no sin cierta sorna: «La jodienda no tiene enmienda».
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