REGIÓN MURCIA

La esperanza nos mantiene firmes, reza una de las tejas prendidas a las paredes de El Buen Camino. Por esta asociación de ayuda al marginado, una de las que reciben la ayuda del banco de alimentos, han pasado ya más de 3.000 personas. Un 60% luchan contra su adicción a la droga. El resto tiene una batalla pendiente con su alcoholismo. «Tenemos una terapia que dura 18 meses y se estructura en tres fases», explica Francisco Martínez Valero, el director y alma máter de este centro; «el objetivo es que adquieran unos valores diferentes».
Antonio Jesús apenas lleva dos meses interno en el centro. Un accidente de tráfico le rompió cuatro costillas y permitió a su familia entrever que estaba en apuros. «Mi problema con el alcohol no empezó, lo he tenido siempre», balbucea; «He pasado por todas las adicciones».
Pronto sus coqueteos con las drogas comenzaron a pasarle factura y arañarle el bolsillo. «Comencé a atracar bancos para pagarme la droga». Antonio tenía 28 años cuando entró por primera vez a la cárcel. Ahora, a sus 50 años, está decidido a retomar la riendas de su vida.
Actualmente, son cerca de 70 las personas que viven en este centro donde se enseña, desde albañilería o pintura, hasta marroquinería o peluquería. Cada tres meses, El Buen Camino recibe del Estado una media de 1.200 kilos de alimentos. Una ayuda que les viene de perlas, pero que no consigue solucionar su problema de subvención.
El Buen Camino ha comenzado a comercializar, a través de su web (www.elbuencamino.org) los productos que sus miembros elaboran. Javier, tras varios años interno, se ha convertido en el monitor del área de marroquinería. Mientras trabaja con sus manos el cuero, relata una historia, que como la de sus compañeros, habla de adicciones. «Alcohólico y ludópata lo seré toda mi vida», reconoce, «pero, aunque cuesta, es posible salir».
Javier es un joven natural de Badajoz al que sus pasos le condujeron a este centro. Recién casado, Javier se trasladó a Palma de Mallorca con su mujer. Allí, asfixiado por su adicción al alcohol y el juego, trató de quitarse la vida. La separación de su esposa fue la gota que colmó el vaso. «Me dediqué a beber y jugar, hasta que pegué el batacazo».
Al igual que a muchos de sus compañeros, a Javier le dio un giro la vida a raíz de un accidente de tráfico. Conducía sobrio por una carretera de su Badajoz natal cuando perdió el control y dio varias vueltas de campana. Cuando se despertó sólo tenía una cosa clara: cambiar.








