Escribo desde el estupor y la rabia que me han invadido esta tarde, al conocer que un joven de unos 22 años, irritado porque alguien le había rayado accidentalmente la puerta del coche, ha rastreado toda una urbanización de La Manga hasta dar con quien él consideraba autor del desperfecto. Y, convertido en juez de su propio pleito, le ha asestado supuestamente una paliza con la que se ha llevado a la tumba a un hombre todavía joven, de 42 años, casado y con dos hijos menores.
En la película Sin Perdón, magníficamente dirigida y protagonizada por Clint Eastwood, el viejo pistolero William Munny admite, después de abatir a un vaquero de un disparo: «Es duro matar a un hombre, porque pierde todo lo que tiene y todo lo que pueda llegar a tener». No habla de bienes materiales. Habla del amor de sus padres y hermanos, de la sonrisa de sus hijos, de la conversación de sus amigos, de la brisa del mar sobre su rostro...
Todo eso era lo que Alejandro Monerri García tenía, y aspiraba a seguir teniendo, y ahora le ha sido arrebatado de manera tan brutal como estúpida: por una simple raya en la pintura de un coche.
Decía esta misma semana el forense Emilio Pérez Pujol que estamos creando monstruos: jóvenes egoístas, caprichosos, egocéntricos, irritables y violentos, acostumbrados a ver satisfechos todos sus deseos de forma instantánea, sin instrumentos para afrontar la más leve frustración...
Se me dirá, con razón, que son muchos los jóvenes que no responden a ese perfil. Es cierto. Son aquéllos que, con bastante más templanza y cerebro que el macarra de turno, prefieren pasar por cobardes y no hacer frente a las provocaciones, antes que afrontar el riesgo de acabar muriendo. O de tener que acabar matando.








