
Por allí pasó la época dorada del jazz, de las big bands y de los maestros del maestro. «Este concierto será mi vida», avisó el multiinstrumentista de Falces, que lo mismo emociona al clarinete que al piano o consagra a Coltrane con el saxo. Entró con bastón, pero sacó su fuerza para seguir haciendo afición, años después de dejar el Whisky Jazz Club, aquel garito madrileño con olor a humo y madera que acogió a muchos de los grandes. Trasladó a los que se matricularon en su clase de elegancia hasta Grecia a bordo de su evocadora Suite Helenica, y se valió de la empatía con el pianista para recordar con el clarinete la belleza de los Fuegos fatuos de Manuel de Falla. Al pianoy en solitario, este jazzista nocturno e innovador convertido en profesor de conservatorio recordó a García Lorca con algunas coplas andaluzas y se despidió con un tributo a Thelonious Monk al clarinete. Un lujo de clase magistral.
Noche de campanillas
Era noche de campanillas, con The Manhattan Transfer esperando en el backstage y lleno hasta la bandera. El cuarteto de voces, archiconocidas tras varias décadas con la misma fórmula, llegó con las espaldas cubiertas por una competente banda que ayuda a dar brillo al swing clásico americano. Se podía cerrar los ojos y dejarse llevar a los clubs de jazz bailable de Harlem, ver en la tele a Lucille Ball y los destellos de Broadway. La conjunción de voces es casi perfecta, y se complementa con los roles asumidos por cada cantante. Así, la histriónica Cheryl pone los jugueteos vocales, scats y el tono chispeante, mientras su compañera Janis adopta la solvencia vocal. Alan Paul se estira con los blues y los ritmos más joviales, junto al más veterano, Tim Hauser, ideólogo del conjunto. Ya en la sexta edición del Festival cautivaron al público y de nuevo se llevaron cerrada ovación con los temas de su nuevo disco, Swing, a los que añaden parte del cancionero americano, piezas de Armstrong, Louis Jordan con un woogie boggie, Count Basie o Jon Hendriks. Llevan al climax final con las melodías más conocidas, coreadas por el auditorio al completo, esa sorprendente conversación telefónica con las alturas en Operator, o aquella de machacón estribillo Cuéntame cómo pasó. Acunaron al personal para despedirse con Chanson Dámour, en un divertido e infalible final de melodías de la memoria que hace que nadie quiera marcharse a dormir.








